Secretos entre reinos

Juliette

Quedé paralizada ante el impacto de su mirada. La luz de las farolas del salón de banquetes atravesaba el cristal de la limusina, acentuando el contraste entre sus ojos, de un azul tan intenso y frío que cortaba el aliento, y los míos, grises como el cielo de una tormenta a punto de estallar.

Aldricht permaneció erguido frente a mí con su traje de gala perfectamente tallado. Bajo la tela fina de esa camisa de mil libras se adivinaba una complexión imponente: un cuerpo atlético, amplio de hombros y marcado hasta el último músculo, moldeado por años de peleas brutales en la jaula de Las Cuevas. Ni de lejos imaginaba que bajo esa fachada de príncipe pulcro, su torso, sus brazos y su espalda estaban cubiertos de tinta negra, una armadura de tatuajes ocultos que contaban la verdadera historia de The Fog. Pero para mí, en ese momento, solo era un tirano enfundado en seda.

Él me recorrió con la vista despacio, desde las ondas de mi pelo pelirrojo que caían despeinadas sobre la espalda del vestido de novia, hasta mi figura delgada, acorralada entre los pliegues del tul.

—Esa mirada gris tuya promete un infierno, Juliette —murmuró, deslizándole una mano por la mejilla con una lentitud que me erizó la piel—. Pero tu fragilidad es engañosa. Sé perfectamente qué hay detrás de ese cabello de fuego.

—No soy frágil, Aldricht —le espeté, zafándome de su tacto con un movimiento rápido de cabeza—. Y este pelo pelirrojo no es solo un color. Es un aviso de lo que te espera si intentas doblegarme.

—Lo sé —sonrió él, con ese azul helado brillando en la penumbra—. Por eso me casé contigo.

El chófer nos abrió la puerta del vehículo. El estruendo de los invitados y las cámaras nos recibió de golpe al bajar a la alfombra roja. Aldricht me ofreció su brazo, con la espalda recta y esa imponente presencia física que infundía respeto a cualquiera que se cruzara en su camino.

Me enganché a él, sintiendo la dureza de su brazo bajo la chaqueta. La recepción iba a ser una tortura de cuatro horas, pero mientras caminábamos entre reyes, diplomáticos y las sombras de la mafia que acechaban en los rincones, apreté los dientes. Éramos dos fuerzas opuestas: el príncipe negro de ojos azules y la heredera pelirroja de ojos grises. La guerra acababa de empezar, y ninguno de los dos estaba dispuesto a perder.

Hola mis lectores/as los siento mucho por este mini capítulo,pero espero que les guste.

Como ya dije no pronde más notas del autor,de vez en cuando pondré una.

La cosa se pone interesante ¿No creen?

Hasta la próxima.📚




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