Secretos entre reinos

Aldricht

La recepción fue la comedia diplomática habitual, pero mi atención jamás se desvió del perímetro ni de la fiera pelirroja que llevaba colgada del brazo.

Juliette actuó su papel con una gracia letal. Ante los ministros y las familias de la corte, sonreía con una elegancia impecable, pero cada vez que el público nos daba la espalda, esos ojos grises como el plomo me clavaban dagas invisibles. Su figura delgada parecía frágil envuelta en metros de seda blanca, pero yo sabía de qué estaba hecha: era puro fuego envuelto en un cuerpo delgado y desafiante.

A las tres de la mañana, la limusina nos dejó por fin en la finca del norte. Las rejas de hierro fundido se cerraron tras nuestro paso y las luces de los tres Anillos de Seguridad iluminaron los jardines. Lucas y sus hombres ya estaban desplegados en los muros. Aquí no había reyes ni prensa. Solo mi territorio.

Juliette bajó del coche antes de que el chófer pudiera rodearlo, agarrando la cola del vestido con una furia contenida que no molestaba en ocultar. Entró al vestíbulo principal de piedra y madera oscura, mirando los techos altos como si estuviera entrando a una prisión de máxima seguridad.

—Tu celda de lujo está en el segundo piso, a la izquierda —le dije, quitándome la chaqueta de gala y tirándola sobre el respaldo de un sillón de cuero.

Ella se giró en redondo, cruzándose de brazos mientras la cascada de su pelo pelirrojo caía en ondas sobre sus hombros.

—¿Y la tuya está lo suficientemente lejos como para no tener que oírte respirar? —espetó con una sonrisa venenosa.

—La mía está justo al lado —respondí, caminando despacio hacia ella mientras me desabrochaba los botones superiores de la camisa y me aflojaba la corbata de seda negra—. Hay una puerta conectada en el medio. Y no tiene cerrojo del lado de tu habitación.

Su mirada gris se encendió al instante. Dio un paso atrás, pero su espalda chocó contra la barandilla de la gran escalera de roble.

—Ni se te ocurra, Aldricht —advirtió en un hilo de voz, con la barbilla en alto—. No voy a ser la esposita sumisa que te calienta la cama por las noches.

Me detuve a un solo paso de ella. Apoyé una mano en la barandilla, acorralándola sin llegar a tocarla, dejando que el contraste entre mi sombra y su piel pálida hiciera el trabajo.

—Nunca me han gustado las mujeres sumisas, Juliette. Me aburren —le susurré, dejando que mis ojos azules la recorrieran desde la curva de su cuello hasta la fijeza de su mirada—. Y no te traje aquí para encerrarte. Te traje para que la mafia ucraniana no te convierta en un cadáver y para asegurarme de que entiendes que, a partir de hoy, tu vida me pertenece a mí tanto como la mía a ti.

Me quité la corbata por completo y empecé a desabrocharme los botones del puño, sintiendo la piel de mis brazos arder bajo la tela de la camisa. Todavía no era el momento de enseñarle las marcas de tinta que cubrían mi cuerpo, el mapa de mi verdadero imperio grabados en mi piel desde los nudillos hasta la espalda, pero el tono de mi voz le dejó claro que no estaba hablando el príncipe de Krenchtym. Hablaba The Fog.

—Sube a tu habitación —ordené en tono suave pero tajante—. Mañana empieza el verdadero entrenamiento para que aprendas a defenderte. Porque si vas a ser la reina del infierno, vas a tener que aprender a no quemarte.

Juliette me sostuvo la mirada durante tres largos segundos, respirando agitadamente antes de darse la vuelta con un movimiento rápido de su vestido y subir las escaleras sin decir una sola palabra.

Escuché el portazo de su habitación retumbar en la planta alta. Me serví un vaso de whisky en el mueble bar del salón, mirando el reflejo de mis ojos azules en el cristal.

La guerra dentro de mi propia casa acababa de comenzar.




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