Me quedé a solas en el salón, saboreando el trago amargo mientras el silencio de la finca se mezclaba con el chasquido del hielo en la copa. A través de los ventanales blindados, la niebla espesa del norte empezaba a devorar el jardín, cubriendo las siluetas de Lucas y sus hombres apostados en el perímetro.
Terminé el whisky de un trago, dejé el vaso sobre la mesa de caoba y subí las escaleras a paso lento.
Al llegar al descansillo, me dirigí directamente a mi dormitorio. El cansancio de la jornada diplomática me pesaba en los hombros, pero la adrenalina de tener a esa pelirroja al otro lado de la pared me mantenía completamente alerta. Me quité el reloj de oro, lo dejé sobre la mesilla y me desabroché los botones de la camisa uno a uno.
Me deshice de la prenda de seda y la tiré sobre la silla.
Por primera vez en todo el día, mi cuerpo quedó al descubierto en la penumbra de la habitación. Mis brazos, anchos y formados en el combate, lucían los trazos de serpientes oscuras y runas antiguas que bajaban hasta mis muñecas. En mi pecho y en los abdominales marcados, la tinta negra dibujaba un mapa de sombras: espinas, calaveras y el símbolo de la mafia británica ocupando gran parte de mi torso, conectándose sobre los hombros hasta cubrir mi espalda por completo. Era la piel de The Fog, la marca imborrable de las guerras que había librado antes de que el mundo me llamara príncipe.
Caminé en silencio hacia la puerta divisoria que conectaba con su habitación. Sin hacer ruido, giré el pomo de bronce. Tal como le había dicho, no tenía cerrojo.
La puerta se abrió un par de centímetros sin emitir un solo chirrido.
A través de la rendija, la vi. Juliette se había quitado el pesado vestido de novia y vestía solo un camisón de seda fina que dejaba al descubierto sus hombros y su figura delgada. Estaba de espaldas a mí, frente al tocador, intentando quitarse el intrincado recogido del pelo. Sus ondas pelirrojas caían despacio sobre su espalda pálida mientras sus ojos grises, reflejados en el espejo, buscaban frenéticos el abrecartas de plata sobre la mesa.
—Buscabas esto, ¿verdad? —dije en voz baja, dando un paso al frente para cruzar el marco de la puerta.
Juliette se giró en redondo de un salto, sofocando un grito en la garganta y pegando la espalda contra el tocador.
—¡Te dije que no cruzaras...! —empezó a espetarme con furia, pero las palabras se le congelaron en la boca de golpe.
Sus ojos grises se abrieron de par en par, fijos en mi torso desnudo. La vi recorrer despacio cada centímetro de mi piel: la definición marcada de mis músculos, la tinta negra que cubría mis brazos, las cicatrices casi invisibles que cruzaban mis pectorales y la envergadura de mi espalda tatuada. El contraste entre la imagen del heredero de traje pulcro y el monstruo marcado por la mafia que tenía delante la dejó sin aliento.
—Te lo advertí, Juliette —murmuré, dando un paso lento hacia ella—. En esta casa no hay secretos. Ni tampoco puertas que me mantengan fuera.
Hola mis lectores/as este capitulo es corto por qué mi mente no colabora,pero prometo esforzarme hasta el día que termine el libro.
Hasta la próxima.📚