Me quedé congelada contra la madera dura del tocador, sintiendo cómo el corazón me martilleaba el pecho como un pájaro enjaulado.
La vista se me nubló por un instante antes de volver a enfocarse en él. Toda mi vida había estado rodeada de diplomáticos, de hombres en trajes a medida de tres piezas y modales ensayados frente a los espejos de la corte. Pero lo que tenía enfrente en este momento era algo completamente distinto.
Aldricht era una contradicción aterradora. Su cuerpo estaba perfectamente definido, marcado por un entrenamiento feroz y una fuerza física que la seda de sus camisas apenas dejaba entrever. Pero eran los tatuajes lo que me cortó la respiración. La tinta negra serpenteaba por sus brazos anchos, trepaba por sus hombros y dibujaba una red oscura de espinas y símbolos peligrosos que cubrían su pecho y se perdían en su espalda. Era el mapa de un monstruo. La armadura visible de The Fog.
Tragué saliva, obligándome a despegar la mirada de su torso para clavarla en sus ojos de un azul helado. Me negaba a dejar que me viera temblar.
—Veo que te gusta entrar sin llamar —dije en un hilo de voz, intentando que sonara afilada, aunque el camisón de seda fina me hacía sentir peligrosamente desarmada ante él.
—Te dije que no había cerrojos de tu lado, Juliette —recordó Aldricht, dando otro paso lento hacia mí.
La penumbra de la habitación hacía que la tinta de su piel pareciera cobrar vida propia. Con cada centímetro que recortaba, el espacio se volvía más sofocante. El olor a su perfume mezclado con ese ligero matiz a humo denso me envolvía por completo.
—Sal de mi habitación —le ordené, irguiendo la espalda y apretando los puños a los costados—. Me da igual la mafia ucraniana, me da igual tu imperio y me dan igual tus malditos tatuajes. Sal de aquí ahora mismo
Aldricht se detuvo a escasos centímetros de mí. La diferencia de altura me obligaba a levantar la barbilla para mantenerle el pulso visual. Levantó una mano despacio; sus nudillos marcados y cubiertos de tinta rozaron la piel expuesta de mi hombro pelirrojo. El contraste de su mano dura contra mi piel fría me hizo soltar un jadeo contenido.
—No me voy a ir—susurró él, bajando la voz a un tono tan grave que retumbó en mis entrañas—. Esta es mi casa, eres mi esposa y afuera hay decenas de hombres dispuestos a matar por ti o por mí. Acostúmbrate a mi presencia, porque a partir de esta noche, mi sombra es lo único que va a cubrirte.
Sus ojos azules brillaron con una determinación implacable. En ese instante entendí que la verdadera prisión no era la finca ni los francotiradores de los tejados; la verdadera jaula eran los brazos del hombre que acababa de jurarme fidelidad en el altar.
Hola mis lectores/as nuestro Fog se está poniendo las pilas.
Hasta la próxima.📚