Secretos entre reinos

Juliette

Su tacto en mi hombro era de fuego, pero la furia que me ardía por dentro me devolvió la voz de golpe. No me había criado en el palacio de los Vüllet para ser la presa de nadie, por muy peligrosa que fuera la sombra de The Fog.

Le aparté la mano de un manotazo seco, rompiendo el contacto.

—No me toques —le espeté, dando un paso lateral para zafarme del rincón del tocador—. No soy de tu propiedad, Aldricht. Firma los papeles que quieras, llena esta finca de matones o enséñame todos los tatuajes que te dé la gana, pero no me vas a acorralar en mi propia habitación.

Aldricht no se movió. Se quedó de pie en el centro de la estancia, con los brazos tatuados ligeramente separados del torso y una paciencia glacial que me sacaba de mis casillas. Sus ojos de un azul eléctrico me siguieron mientras yo cruzaba al otro lado de la cama, buscando distancia.

—Tienes agallas, Juliette —murmuró, girando la cabeza despacio hacia mí—. Pero la soberbia no te va a salvar cuando los ucranianos decidan atravesar los portones.

—Sé cuidarme sola —repetí por enésima vez, cruzándome de brazos sobre el pecho para ocultar el temblor involuntario de mis dedos.

—Ya vimos cómo te cuidaste en la cueva —atacó él, recortando la distancia de nuevo con dos pasos largos y fluidos—. Si no llego a tiempo, esa cabezonería tuya habría terminado en una tragedia. ¿Crees que Geffer o "El Diablo" van a tener compasión porque tengas los ojos grises y un apellido aristocrático? En este mundo solo sobreviven los que saben a quién responder.

Se detuvo al borde de la cama, imponiendo su figura sobre la mía. La sombra de su torso desnudo se proyectaba sobre la pared como una amenaza constante.

—No voy a responder ante ti —dije, bajando la voz pero clavándole una mirada cargada de veneno—. Si quieres a una mujer a la que manejar como a uno de tus matones, te equivocaste de boda.

Una sonrisa oscura se dibujó en la comisura de sus labios.

—No me equivoqué de boda —respondió en un tono sedoso que me erizó el vello de la nuca—. Quería a alguien con la suficiente rabia como para no romperse cuando el mundo se venga abajo. Y créeme, Juliette... te vas a alegrar de tener mi sombra cubriéndote antes de que termine la semana.

Sin romper la mirada, se dio la vuelta despacio, dejando al descubierto el impresionante mapa de tinta negra que cubría su espalda. Caminó hacia la puerta divisoria, se detuvo en el umbral y me miró por encima del hombro.

—La puerta se queda abierta —sentenció—. Que duermas bien, señora Krenchtym.

El chasquido suave de la madera al encajarse dejó la estancia en un silencio pesado. Me quedé sola en la penumbra, escuchando el ritmo acelerado de mi propio corazón, sabiendo que la noche apenas comenzaba y que dormir bajo el mismo techo que Aldricht era estar a un solo paso del abismo.

. . .

Me pasé la noche en vela, dando vueltas en la cama mientras observaba la rendija de luz que se filtraba bajo la puerta divisoria. El silencio de la finca del norte era casi irreal, solo interrumpido por el viento del exterior y el eco de mis propios pensamientos.

Al sonar las siete de la mañana, no aguanté más. Me quité el camisón, me puse unos pantalones vaqueros negros, una camiseta ajustada del mismo color y me recogí la cascada de pelo pelirrojo en una coleta alta. Necesitaba aire. Necesitaba moverme antes de que las paredes de esta celda de lujo terminaran de asfixiarme.

Bajé las escaleras de roble en absoluto silencio. El vestíbulo principal estaba desierto, pero al acercarme a los ventanales traseros que daban al patio de entrenamiento, me detuve en seco.

Allí estaba él.

Aldricht estaba al aire libre, bajo la llovizna fina de la mañana. Solo llevaba unos pantalones de chándal gris y sus botas tácticas. Su torso, cubierto de esa compleja red de tatuajes oscuros, brillaba por el agua y el sudor mientras golpeaba un saco de boxeo pesado con una fuerza y velocidad aterradoras. Cada impacto sonaba como un disparo seco en mitad del valle. Sus músculos se contraían con una precisión matemática, y la tinta negra de su espalda parecía moverse con él como si tuviera vida propia.

A unos metros, Lucas apoyaba la espalda contra una columna de piedra, observando el perímetro con una pistola al cinto.

Me obligué a salir por la puerta acristalada. El aire frío de la mañana me golpeó la cara, pero no di un paso atrás. Los pasos de mis botas sobre la grava hicieron que Lucas se girara al instante, llevándose la mano a la funda del arma antes de reconocer mi melena pelirroja y relajarse con un suspiro.

Aldricht detuvo el puño a milímetros del saco. Se quedó inmóvil un segundo, respirando con fuerza, antes de girarse despacio hacia mí. Sus ojos de un azul eléctrico, enmarcados por las gotas de agua que le caían por el frente, me clavaron la mirada.

—Te dije que el entrenamiento empezaba hoy, Juliette —dijo con voz grave y entrecortada por el esfuerzo—, pero no esperaba que vinieras a buscarme tan temprano.

—No he venido a buscarte a ti —le contesté, manteniendo mis ojos grises firmes en los suyos—. He venido a recordar cómo se respira sin que me ahogues con tu presencia.

Aldricht soltó una risa baja y se quitó las vendas de las manos, dejando al descubierto sus nudillos marcados. Se acercó a mí con esa caminata pausada de depredador, sin importarle que la lluvia le empapara la piel tatuada.

—Pues me alegro de que hayas bajado vestida para la ocasión —murmuró, deteniéndose a solo un metro de mí y señalando el centro del patio—. Porque la primera lección de supervivencia en este imperio empieza ahora mismo. Cógeme las manos si puedes, prometida.




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