La vi salir al patio con los puños apretados y esa melena pelirroja recogida en una coleta que apenas lograba ocultar la furia que le encendía el rostro. Llevaba ropa negra, ajustada a su figura delgada, y la determinación en sus ojos grises era tan intensa que ni la llovizna de la mañana lograba apagarla.
Es indestructible. O al menos cree que lo es. Y esa es la clase de arrogancia que te mata en mi mundo.
Me quité las cintas de las manos sin despegar la mirada de la suya. Sentía el agua fría resbalar por mi torso al descubierto, mezclándose con el sudor del entrenamiento y mojando la tinta negra que me cubría los brazos y la espalda. A mi izquierda, Lucas se hizo a un lado con una sonrisa socarrona, sabiendo perfectamente lo que iba a pasar.
—Cógeme las manos si puedes, prometida —la desafié, manteniendo la voz baja pero tajante.
Juliette no lo pensó dos veces. El orgullo le ganó al instinto de conservación. Se lanzó hacia adelante con una rapidez sorprendente, buscando agarrarme de las muñecas para derribarme o hacerme perder el equilibrio. Tenía agallas, pero su técnica era pura rabia sin control.
Antes de que sus dedos rozaran mi piel, me deslicé a la derecha con un movimiento fluido. Le atrapé el brazo extendido con la mano izquierda, tiré de ella aprovechando su propio impulso y giré sobre mi eje para pegarla contra mi pecho. En menos de un segundo, la tenía acorralada desde atrás: mi brazo derecho le cruzaba el torso, sujetándola con firmeza pero sin lastimarla, mientras la espalda de ella quedaba completamente pegada a mi piel mojada y tatuada.
Juliette soltó un jadeo, intentando clavarme los talones en las botas tácticas y forcejeando con todo el cuerpo.
—¡Suéltame, Aldricht! —exclamó entre dientes, respirando agitadamente.
—Primera lección, Juliette —le susurré al oído, dejando que la humedad de mi aliento le rozara la piel del cuello—. Nunca ataques a un enemigo sin medir su alcance. En la calle no te van a dar una segunda oportunidad.
—No eres mi maestro —espetó ella, tratando de propinarme un codazo en las costillas que bloqueé fácilmente con la cadera.
—No, no soy tu maestro —sonreí contra su cabello mojado, apretando el agarre solo lo suficiente para que sintiera el contraste entre su fragilidad aparente y la fuerza con la que yo controlaba cada uno de sus movimientos—. Soy tu marido. Y la persona que va a asegurarse de que, la próxima vez que te cruces con "El Diablo" o con la gente de Geffer, no necesites que nadie venga a rescatarte.
La sentí congelarse por un instante. Sus ojos grises, reflejados en el ventanal de piedra de la finca, me miraron a través del cristal con una mezcla de odio puro y un destello involuntario de desconcierto.
Le solté los brazos de golpe y me di la vuelta, dejándola respirar mientras el agua de la lluvia seguía cayendo sobre nosotros.
—Otra vez —ordené, volviendo a alzar las manos—. Hasta que aprendas a leerme los movimientos.