Secretos entre reinos

Juliette

El agua de la lluvia me corría por la cara, metiéndoseme en los ojos y pegándome los mechones pelirrojos que se habían escapado de la coleta. La espalda me ardía por el impacto de haber estado pegada a su pecho desnudo, pero la humillación de haberme dejado atrapar tan fácil me dolía mucho más.

Me limpié las gotas de los ojos con el dorso de la mano y volví a encararlo.

Aldricht estaba ahí de pie, impasible bajo la tormenta. Sus ojos de un azul eléctrico me escudriñaban con la misma frialdad con la que un depredador mide a su presa. Las gotas de agua resbalaban por las formas marcadas de sus pectorales, bajando por las serpientes y las espinas de tinta negra que cubrían su abdomen hasta perderse en el borde de su pantalón táctico.

—Estás dudando, Juliette —provocó, alzando las manos de nuevo y dando un paso corto hacia mí—. En el momento en que lo piensas medio segundo, ya estás muerta.

—Cállate —espeté entre dientes.

Esta vez no me abalancé a lo loco. Me obligué a respirar, a ralentizar el pulso y a observar. Noté la tensión en sus hombros anchos y el peso de su postura, ligeramente inclinada hacia la derecha. Sabía que él esperaba que cometiera el mismo error, que buscara la fuerza bruta.

Amagué con la derecha, lanzando un golpe directo a su cara solo para obligarlo a subir la guardia. Tal como esperaba, Aldricht movió el brazo con un reflejo impecable para desviar mi puño. Pero antes de que cerrara la distancia para volver a atraparme por detrás, me dejé caer hacia abajo, giré sobre la hierba mojada y le propiné una patada rasante al tobillo izquierdo.

El golpe impactó de lleno.

Aldricht no cayó al suelo —era demasiado pesado y firme para eso—, pero el impacto lo hizo perder el equilibrio por un milisegundo, obligándolo a dar un paso en falso hacia atrás para no irse abajo.

Aproveché esa brecha. Me incorporé de golpe, agarré el abrecartas de plata que había guardado en el bolsillo trasero de mis vaqueros antes de bajar y le apoyé la punta roma directamente sobre la nuez de su garganta.

Los dos nos quedamos inmóviles. La lluvia caía con violencia entre nosotros.

Respiraba con dificultad, con el pecho subiendo y bajando bruscamente, pero mantuve el pulso firme con la punta del metal helado rozando la piel tatuada de su cuello. Mis ojos grises se clavaron en los suyos sin parpadear.

—Lección aprendida, Fog —le susurré con una sonrisa amarga y victoriosa—. Nunca des por sentada a una Vüllet.

Lucas, que observaba desde el porche, soltó un silbido bajo y divertido.

Aldricht no se movió ni un milímetro. La punta del abrecartas apenas le hacía presión, pero en lugar de enfadarse, una sonrisa lenta, oscura y peligrosamente atractiva se dibujó en sus labios. Desvió la mirada hacia el metal en su cuello y volvió a fijar sus ojos azules en los míos.

—Nada mal, mi pequeña fiera —murmuró con la voz baja y rasposa—. Pero si vas a usar una hoja contra mí... asegúrate de no dejar que te agarre la cintura mientras lo haces.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí la presión de su mano alrededor de mi cadera, pegándome de nuevo contra su cuerpo caliente antes de que me diera tiempo a apretar el metal.

Me quedé sin aliento. La velocidad con la que anuló mi ventaja me dejó clara la abismal diferencia de fuerza entre los dos. Su mano, grande y firme, me apretaba la cadera con la presión justa para mantenerme inmóvil, pegada a su torso desnudo y empapado. Sentía el latido sordo y constante de su corazón retumbando contra mi pecho, mientras el agua de la lluvia nos chorreaba por el rostro a ambos.

Su aliento cálido mezclado con el frío de la mañana me rozó la mejilla. Con la otra mano, Aldricht sujetó despacio la muñeca con la que yo sostenía el abrecartas. No me la apretó con violencia; simplemente aplicó una fuerza sutil pero inflexible, obligando a mis dedos a ceder hasta que el metal cayó sobre la hierba empapada.

—Casi me sorprendes —murmuró al oído, con esa voz grave que vibraba en mis entrañas—. Usaste la cabeza. Pero te confiaste antes de cerrar la jugada.

—Déjame ir —exigí entre dientes, intentando no delatar lo mucho que me afectaba tener sus ojos de un azul eléctrico tan cerca de los míos, fijos en mi rostro con una intensidad de cazador.

—Te dejaré ir cuando entiendas que la velocidad no sirve de nada si tu enemigo no teme perder la vida —respondió, bajando la vista por un milisegundo hacia mis labios antes de volver a clavar su mirada en mis ojos grises—. "El Diablo" no se habría quedado quieto con una lámina en el cuello, Juliette. Habría atravesado la hoja con tal de arrancarte la traquea.

Un escalofrío me recorrió la espalda, pero me negué a bajar la mirada.

—Entonces enséñame a matarlo antes de que me toque —le espeté con una frialdad que pareció encender una chispa de satisfacción en su rostro.

Aldricht me soltó la cadera despacio, dando un paso atrás y dejándome recuperar el aliento. Se agachó con una agilidad felina, recogió el abrecartas del suelo y me lo tendió por el mango, devolviéndomelo.

—Esa es la actitud, señora Krenchtym —dijo, pasándose la mano por el pelo negro empapado para echárselo hacia atrás, dejando al descubierto todos los rasgos afilados de su cara—. Vete dentro, cámbiate esa ropa mojada y desayuna. A las diez te quiero en la galería de tiro del subterráneo.

Giré sobre mis talones sin responderle, agarrando el metal con fuerza. Al pasar junto a Lucas, el matón me dedicó una inclinación de cabeza con una sonrisa de respeto contenido.

—Tiene buen pie para las patadas rasantes, señora —comentó Lucas divertido.

—La próxima irá a su cabeza —le respondí helada, antes de cruzar el umbral de la finca.

Subí las escaleras dejando un rastro de agua a mi paso. Cuando entré en mi habitación y me miré al espejo del tocador, vi a una chica de pelo pelirrojo despeinado, con la cara lavada por la lluvia y los ojos grises ardiendo en determinación. Aldricht creía que me estaba adiestrando para ser su pieza de ajedrez, pero mientras me quitaba la ropa mojada, me juré a mí misma que usaría cada lección de The Fog para ser yo quien terminara controlando el tablero.




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