🧭Después de almorzar, la mayoría de los estudiantes se dispersaban para ir a sus próximas clases, otros al patio, y unos pocos al césped bajo la sombra de los árboles.
Aneth se levantó de la mesa con su bandeja vacía en mano.
— Bueno, novato, yo me voy al laboratorio de diseño. Tengo que adelantar un proyecto y luego... quién sabe, tal vez tomarme un cafecito. — dijo con ese tono libre y relajado que la caracterizaba.
Pero Sam, en lugar de asentir o despedirse, se quedó viéndola con los ojos más grandes y húmedos que había usado hasta ese momento.
— ¿Y yo...? ¿Qué hago...?
Aneth se giró, lo observó un segundo y suspiró.
— Tienes clase de historia del arte, ¿no? Segundo piso, salón 204.
Sam se levantó de golpe, rodeando la mesa y parándose frente a ella como si fuese una súplica de vida o muerte.
— ¡Acompáñame! Por favor… por favor, Aneth.
— ¿Sam?
— Me pierdo, me confundo, los salones son iguales, los pasillos se multiplican, y las escaleras me odian. Literalmente. Casi me caigo en la última.
— …
— Además… todos me miran raro.
— Porque eres bonito.
— ¡Aneth! No digas eso tan casualmente… — protestó, ocultando el rostro entre las manos, rojo hasta las orejas.
Ella soltó una carcajada y dejó la bandeja a un lado.
— Está bien, conejito. Pero solo porque suplicas lindo.
— ¡Gracias! Eres la mejor. Prometo que te invitaré un juguito después.
— Más te vale. limón con maracuyá, sin hielo.
— Anotado.
Mientras caminaban por los pasillos, Sam no se despegaba de ella. Cada vez que alguien lo miraba, él bajaba la cabeza o se escondía un poco detrás de su amiga.
Aneth no decía nada, pero por dentro pensaba:
“Si alguien llega a romperle el corazón a este niño… lo descuartizo.”
Ya frente al salón 204, Sam miró la puerta como si fuera la entrada a un mundo desconocido.
— ¿Y si me siento en el lugar de alguien...? ¿Y si el profe me odia...? ¿Y si...?
— Sam.
— ¿Sí…?
— Respira. Vas a estar bien. Si alguien te molesta, me lo dices. Y si el profe te odia, lo seduzco.
— ¡ANETH!
Ella le guiñó un ojo y le abrió la puerta.
— Ve, conejito. La clase ya empieza.
— ¿Esperarás aquí...?
— No, pero pasaré a buscarte al final, ¿vale?
— ...¿De verdad?
— Sí, Sam. Te juro que no te abandono.
— ...Gracias.
Sam entró finalmente, y mientras se sentaba, no pudo evitar pensar que Aneth era su burbuja segura. Su refugio. Pero también supo que no siempre iba a estar ella cerca.
Y que algún día, alguien más lo iba a mirar con esa misma intensidad…
...y quizá, no sabría cómo defenderse.
🎭: Un cumplido que no lo es
La clase de historia del arte había comenzado. Sam intentaba concentrarse mientras el profesor hablaba sobre las influencias barrocas en la arquitectura moderna, pero su mente divagaba. Dibujaba pequeñas figuras en el borde de su cuaderno, y de vez en cuando miraba hacia la ventana.
A mitad de la clase, un estudiante entró tarde y se sentó justo al lado de Sam. Era alto, de cabello castaño claro, con un pendiente en la oreja y una chaqueta de cuero sobre su uniforme. Lo miró una vez, luego otra, como si lo estuviera analizando.
Sam sintió el peso de esa mirada. Se removió en su asiento, incómodo, pero no dijo nada.
— ¿Nuevo? — preguntó el chico, en voz baja.
— Ah... sí. Soy Sam. Primer semestre.
El tipo asintió, apoyando un brazo sobre el respaldo de la silla, claramente relajado.
— Se nota...
— ¿Eh...?
— Tienes esa energía… medio dulce, medio torpe. Como los cachorros que se pierden en los centros comerciales.
— ...¿Eso es bueno o malo? — preguntó Sam, confundido.
— Oh, no te preocupes. Es lindo. Algunos aquí aman ese tipo de... pureza. — dijo con una sonrisa que parecía amable, pero no terminaba de sonar sincera.
Sam intentó sonreír, incómodo.
— Gracias... supongo.
— De nada. Aunque… si sigues con esa carita, más de uno va a querer "enseñarte" cómo funciona la universidad.
— ¿Enseñarme…?
— Ya lo verás.
Y con una mirada lenta, el chico volvió su atención al profesor como si no hubiera dicho nada extraño.
Sam, en cambio, sintió una extraña sensación en el pecho. No sabía si lo acababan de halagar o le habían advertido algo raro…
Todo se sentía muy confuso.
Cuando la clase terminó, Sam salió rápido a buscar a Aneth. Apenas la vio esperándolo junto a una columna del pasillo, corrió hacia ella como un niño buscando a su hermana mayor.
— ¡Aneth! —
— ¿Qué pasó ahora, conejito? —
— Un chico me habló en clase… creo que fue amable, pero… no sé. Me dijo algo raro.
Aneth frunció el ceño.
— ¿Qué te dijo exactamente?
Sam repitió las frases, palabra por palabra.
Aneth se cruzó de brazos.
— Eso no fue un cumplido, Sam. Eso fue una forma elegante de decirte que pareces fácil de manipular. Te está tanteando.
— ...¿Qué? ¿En serio?
— Sí. Muchos lo hacen así, disfrazan las intenciones con sonrisas y frases suaves.
— Yo solo... no supe cómo responder.
— Está bien. Por eso me tienes a mí. — le dijo, pasándole un brazo por los hombros.
— No quiero que piensen que soy... fácil.
— Lo que piensen los demás es problema suyo. Lo que importa es que tú sepas quién eres, y que nadie te haga dudar de eso.
— ...Gracias, Aneth.
Aneth lo miró de reojo, sonriendo con ternura.
— Igual admito que sí tienes cara de cachorro.
— ¡Aneth!
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Editado: 24.08.2025