Sed de venganza

VERDADES ARDIENTES

El silencio que sigue a sus palabras es ensordecedor.

Alguien que creíste que estaba muerto.

Las palabras reverberan en mi mente como un grito que rebota en las paredes de piedra. Mi mano aprieta la suya con tanta fuerza que casi puedo sentir la rigidez de sus huesos bajo mi agarre desesperado. No es miedo lo que corre por mis venas en este instante. Es algo mucho más peligroso: esperanza envenenada.

—Dilo ya —exijo, mi voz tiembla de impaciencia y rabia contenida—. No juegues conmigo, Christian. No ahora.

Avanzamos por los pasillos subterráneos, el silbido de la multitud aún retumbando a nuestras espaldas, la aceptación de la manada colgando sobre nuestros hombros como una corona mojada. Pero no hay triunfo en este momento. Solo preguntas que queman más que el fuego que acaba de consumirnos en esa cámara.

Christian me arrastra hacia su despacho sin soltar mi mano. Es un gesto de posesión tan evidente que hasta los lobos de más alto rango desvían la vista respetuosamente. La Madre de la manada nos observa pasar, y juraría que veo una sonrisa en sus labios, como si supiera exactamente lo que está por ocurrir.

Una vez dentro, Christian cierra la puerta con una fuerza que hace temblar los libros en sus estantes. El despacho es exactamente como lo imaginé: rico, oscuro, dominante. Paredes forradas de madera, iluminación tenue, y todo —absolutamente todo— impregnado de su aroma.

—Tatiana vio entrar a esa figura en el bosque hace tres meses —comienza, soltando mi mano para caminar hacia una ventana que da a las cavernas iluminadas de la manada—. Dijo que la reconoció. Que se parecía a... —hace una pausa que me mata—, a tu padre.

El aire sale de mis pulmones de golpe.

—No. —La palabra es un rechazo absoluto, pero tiembla—. Vi morir a mi padre. Lo vi...

—¿Lo viste morir? ¿O viste a alguien que se parecía a él morir? —pregunta, girándose para clavarme sus ojos oscuros—. Pequeña, tu familia vivía entre dos mundos. ¿No es posible que tu padre haya hecho lo mismo que tú? ¿Que se haya ocultado?

Mi cabeza da vueltas. Mi pecho sube y baja como si acabara de correr millas. No... no puede ser. Él estaría aquí. Haría algo. Haría cualquier cosa por encontrarme.

A menos que no supiera que estaba viva.

—¿Dónde? —exijo—. ¿Dónde está?

Christian avanza hacia mí con esa confianza territorial que lo caracteriza. Toma mi rostro entre sus manos —grandes, cálidas, dominantes— y me obliga a mirarlo directo a los ojos.

—En la frontera norte del territorio. Con esa figura misteriosa que llegó la noche que nos conocimos. Están conspirando contra mi manada, Lina. Y según mis hombres, también contra la tuya. Si tu padre está vivo, no está aquí para salvarte. Está aquí para algo mucho más oscuro.

Siento como si el suelo cediera bajo mis pies. Como si la realidad que he construido estos meses —basada en la sed de venganza, en la idea de que todos en mi familia estaban muertos, en la certeza de que estaba sola— colapsara en un instante.

—¿Cuándo? —pregunto, y mi voz suena como la de una extraña—. ¿Cuándo lo viste?

—Hace una semana. Mis exploradores no estaban seguros hasta que el símbolo que vimos en el rostro del intruso coincidió con descripciones antiguas de símbolos de protección familiar. Tu padre los lleva también, ¿verdad? —me pregunta con esa perspicacia que hace que odie cuánto me conoce ya.

Me pierdo en sus ojos. Busco respuestas en esa oscuridad, pero lo único que encuentro son más preguntas. Mis manos suben hasta su pecho, necesitando algo sólido, algo real en medio de esta tormenta de revelaciones.

—Si estoy aquí —susurro—, si pasé la prueba de fuego y pertenezco a esta manada ahora... ¿qué significa eso? ¿Me ayudarás a encontrarlo?

Christian sonríe, pero no es la sonrisa que me esperaba. Es más fiera, más peligrosa. Mueve su cabeza cerca de la mía, sus labios rozan mi sien.

—Te ayudaré porque ahora eres mía, Lina. Porque tu verdad es mi verdad. Pero también porque necesito saber qué juego está jugando tu padre. Y tú... —sus labios bajan hasta mi cuello, depositando un beso que me quema—, tú serás el anzuelo perfecto.

Retrocedo, apartándome de él aunque cada fibra de mi cuerpo protesta.

—¿Un anzuelo? ¿Eso soy para ti? —pregunto, el dolor se siente cortante en mis palabras.

Christian me sigue, acorralándome contra su escritorio. Su ropa aún está manchada de la prueba, de fuego y ceniza, pero sus ojos brillan claros y decididos.

—No, pequeña loba. Eres mucho más que eso y lo sabes. —Toma mis muñecas con una mano, manteniéndome en su lugar—. Pero también eres la única que puede acercarse a tu padre sin despertar sospechas. La única que puede descubrir qué quiere.

Lucho contra su agarre, pero no es violencia lo que siento. Es frustración. Rabia. Deseo.

—Y después, cuando sepa todo lo que necesitas saber, ¿qué? ¿Me descartarás como descartaste a Tatiana?

Christian suelta un rugido bajo, casi primitivo. Levanta mi barbilla con su pulgar, obligándome a enfrentar su mirada.

—Tatiana nunca fue importante. Tú... —y aquí su voz pierde toda la dureza, convirtiéndose en algo casi vulnerable—, tú no puedes ser descartada, Lina. He pasado siglos en este mundo sin creer en los mitos de los lazos de alma, de los pactos que trascienden la vida misma. Pero contigo... todo cambia. Tu aroma, tu espíritu, la forma en que combates por lo que quieres. Todo en ti me reclama de formas que nunca pensé posible.




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