Mis pies descalzos tocan el barro frío mientras avanzo hacia la cabaña. La puerta está entreabierta, una invitación silenciosa que no necesita palabras. Detrás de mí, siento a Christian manteniéndose en la sombra, fiel a su palabra. Su presencia es un muro de fuego a mis espaldas.
Respiro profundo.
Empujo la puerta.
La cabaña es pequeña, iluminada apenas por la tenue luz de un brasero en la esquina. Y entonces lo veo. De pie junto a la ventana, observando la noche con la misma intensidad que yo. Su silueta es familiar, pero también extraña. Como si nunca lo hubiera conocido realmente.
—Padre.
La palabra sale como una acusación.
Se gira lentamente. Sus ojos —mis ojos— me observan con una mezcla de culpa, orgullo y algo que se parece peligrosamente al miedo.
—Lina. —Su voz es grave, ronca, como si no hablara desde hace siglos—. Gracias por venir.
—¿Gracias? —mi risa es amarga—. ¿Me dejas creer que estabas muerto durante meses y ahora dices gracias como si esto fuera un té de familia?
Se mueve un paso hacia mí, pero se detiene. Nota la rabia en mi cuerpo, la forma en que mis manos están apretadas en puños.
—Sabía que no era seguro. Si regresaba...
—Si regresabas qué, papá —interrumpo, mi voz es filosa como vidrio—. ¿Si regresabas, la masacre hubiera sido peor? ¿O es que todo era parte del plan? ¿Dejar que mi familia muriera mientras tú escapabas con tus secretos?
El silencio que sigue es ensordecedor. Afuera, puedo escuchar el viento moviendo los árboles. Adentro, solo se escucha el sonido de mi respiración acelerada.
—No fue así —dice finalmente, y su voz es lo más cercano a la angustia que he escuchado—. Yo no sabía que irían por tu madre. Creí que venían por mí. Creí que tenía tiempo de sacarte de allí.
—¿Y dejaste a mamá? ¿La dejaste allí?
—No. —Su mandíbula se tensa—. Traté de detenerlos. Pero aquello que viste esa noche... lo que crees que fue mi muerte... fue un cambio. Una transformación que aprendí hace años. Un truco que solo unas pocas familias conocen. —Se acerca, esta vez sin dudas—. Tenía que parecer que estaba muerto. Tenía que convencer a quienquiera que estuviera detrás de todo esto de que ya no era una amenaza.
Levanto la mano, deteniéndolo.
—¿Quién? ¿Quién está detrás, papá? Porque Christian dice que tú lo sabes. Dice que has estado cazando a esos traidores todo este tiempo en lugar de venir por mí.
Su expresión cambia. El dolor se mezcla con culpa.
—Porque si venía por ti, te convertía en un blanco —dice con intensidad—. Estabas más segura escondida, olvidada, libre de las marcas de nuestro linaje. Pero entonces Christian te encontró, y ese maldito relicario que te dio...
—Me permitió pasar la prueba de fuego —digo, y veo cómo sus ojos se abren de par en par—. Ahora pertenezco a su manada. Ahora tengo poder.
—Ahora eres su propiedad.
Las palabras caen como un hacha. Detrás de mí, desde el umbral, escucho un gruñido bajo. Apenas perceptible. Christian recordándole a mi padre que aunque hayamos entrado en territorio neutral, hay límites.
Mi padre lo nota también. Su mandíbula se aprieta.
—Él no es lo que crees —dice, dirigiéndose a mí pero con los ojos en la sombra donde Christian se mantiene—. Los alfas de su linaje tienen una historia de consumir a quienes aman. De convertir la pasión en control.
—Eso es lo que quiero —suelto, y me sorprende mi propia honestidad—. Quiero que me consuma. Quiero que lo que hay entre nosotros sea tan total que no haya espacio para dudas.
Un silencio pesado inunda la habitación. Mi padre me observa como si fuera una extraña.
—No eres la niña que dejé atrás.
—No. —avanzo hacia él—. Soy algo más. Y ahora dime qué necesito saber. ¿Quién ordenó la masacre? ¿Por qué? ¿Y qué es ese símbolo que vi en el intruso?
Mi padre camina hacia una mesa donde hay un mapa, papeles, anotaciones cifradas. Todo aquello que un hombre que finge su muerte necesitaría para seguir una vendetta privada.
—El símbolo ancestral representa a la Orden de la Sombra —comienza, sus dedos trazan líneas en el mapa—. Una facción que cree que los híbridos como nosotros somos una abominación. Que los pactos entre humanos y lobos han corrompido el linaje puro. La masacre fue un mensaje. Una advertencia.
—¿Un mensaje para quién?
—Para mí. —Su voz es hielo—. Porque descubrí algo que no debía. Una conspiración que llegaba mucho más alto de lo que cualquiera imaginaba. Incluye alfas, brujas, y seres que ni Christian conoce completamente.
Desde la oscuridad, escucho pasos. Christian entra completamente en la cabaña. Sus ojos son oscuridad pura.
—¿Qué seres? —pregunta, y su tono no es una pregunta. Es una exigencia.
Mi padre lo enfrenta sin miedo, aunque sé que debería tenerlo. Nadie enfrenta a Christian sin miedo.
—Cazadores ancestrales. Los que existían antes de que los lobos tuvieran nombres. Los que cazan a los cazadores. —Mira a Christian directo a los ojos—. Y están aquí. En tu territorio. Han estado aquí desde hace meses.