Sed de venganza

LAZOS DE FUEGO Y SANGRE

El pacto ha sido sellado. Puedo sentirlo en cada célula de mi cuerpo, en la forma en que mi loba despierta dentro de mí después de tanto tiempo dormida, zumbando contra mis huesos como una corriente eléctrica. Cuando salimos de la cabaña, Christian aún sostiene mi mano con tanta fuerza que casi me duele. Casi. Pero el dolor es bienvenido porque significa que esto es real.

Mi padre nos sigue, sus pasos son silenciosos en aquella oscuridad. Es extraño tenerlo aquí, vivo, respirando el mismo aire que yo después de creer durante semanas que estaba muerto. Es extraño y al mismo tiempo, me da rabia porque todo ese tiempo que pasé consumida por la venganza, él estaba al otro lado del territorio, cazando a los mismos demonios que yo quería destruir.

—Tenemos poco tiempo —dice mi padre cuando llegamos al auto—. La Orden sabrá que el pacto ha sido realizado. Los cazadores ancestrales pueden sentir cuando el poder cambia de manos.

Christian abre la portezuela del copiloto para mí.

—¿Cuánto tiempo? —pregunto.

—Dos noches. Quizá menos. —Mi padre se sienta en el asiento trasero, y puedo verlo a través del espejo retrovisor, evaluando a Christian con una intensidad que probablemente lo haría cuestionar su decisión de dejarme ir con este hombre si no supiera que ya es demasiado tarde para eso—. Cuando intenten atacar, iremos directo a su guarida. Es la única manera de terminar esto.

—¿Y si no lo conseguimos? —pregunto, aunque ya sé la respuesta.

Nadie responde. El auto avanza en la oscuridad, los árboles pasan como sombras borrosas. Christian mantiene una mano sobre mi muslo, su tacto es posesivo y calmante al mismo tiempo.

—Lina. —Mi padre se inclina hacia adelante—. Necesito que entiendas algo. El pacto que hiciste con Christian no solo te ha unido a él. También te ha marcado. Los cazadores ancestrales reconocerán esa marca. Para ellos, eres ahora una amenaza aún mayor.

—Bien. —La palabra sale de mi boca antes de que pueda pensarla—. Que sepan que estoy aquí. Que sepan que los espero.

Christian gira la cabeza hacia mí y sonríe. Es una sonrisa depredadora, llena de orgullo posesivo. Su mano se desliza más alto en mi muslo.

—Esa es mi loba.

Cuando llegamos al territorio de Christian, todo ha cambiado. Los guardianes nos ven llegar y, en lugar de su actitud vigilante habitual, se arrodillan. El cambio en mi energía es visible, palpable. No soy más la extraña que Christian trajo. Soy su pareja. Soy una alfa de verdad, ahora.

Lucil está esperando cuando entramos a la cámara principal. Sus ojos se abren de par en par cuando nos ve, cuando siente el cambio en nosotros. Quiero correr hacia ella, quiero explicarle todo, pero Christian me mantiene a su lado, su mano nunca deja mi espalda.

—Reúne al consejo en mi despacho —ordena a uno de sus guardias—. Ahora.

El silencio que sigue es absoluto. Esta es la primera orden importante que Christian da conmigo a su lado como su verdadera pareja, y todos lo saben. Todos lo sienten.

Cuando llegamos al despacho, Tatiana ya está allí. Y su expresión... Dios, su expresión es un mapa de emociones que no puede procesar. La rabia, la envidia, la humillación. Todo está escrito en su rostro.

—Así que fue verdad —dice, su voz es veneno puro—. Fue verdad todo lo que pasó entre ustedes en esa cueva.

Christian me suelta solo para cerrar la puerta. Luego vuelve a mí, besándome en la frente con una deliberación que es casi cruel en su ternura. Lo hace sabiendo exactamente quién está mirando. Lo hace porque es marca, porque es reclamación, porque es guerra.

—Lina ahora es mi pareja oficial —dice Christian con una voz llena de autoridad—. Eso significa que cualquiera que la desafíe, desafíará al alfa. —Sus ojos encuentran los de Tatiana—. ¿Entiendes?

—Perfectamente, alfa —responde Tatiana, pero sus manos están apretadas en puños.

Mi padre entra entonces, y el silencio se hace aún más denso. Tatiana lo mira como si viera un fantasma.

—¿Él es...?

—Mi padre —termino, mi voz es firme—. Y ha estado cazando a la Orden de la Sombra desde la noche de la masacre. Así que todos esos secretos que guardaba, todas esas ausencias misteriosas. . . ahora tienen sentido.

Christian me acerca más a él.

—La Orden atacará en dos noches —explica mi padre—. Cuando lo hagan, ustedes estarán listos. El relicario que Lina porta ahora contiene el poder de ambos: el de Christian y el tuyo. Es una brújula viviente hacia el corazón de su guarida.

—¿Eso significa que Lina será el cebo? —pregunta Lucil, quien ha entrado sin ser anunciada. Su expresión es una mezcla de preocupación y resolución—. ¿Correrá el riesgo?

—No corre riesgo —dice Christian, su tono no admite discusión—. Porque estaré con ella. Siempre.

Veo la forma en que la manada reacciona a eso. La aceptación. El respeto. Incluso Tatiana se inclina, aunque sus ojos arden de veneno.

Cuando el consejo se va, cuando solo quedamos Christian, mi padre y yo en el despacho, todo cambia nuevamente. La fachada de poder se cae. Lo veo en los ojos de Christian cuando me mira, en cómo su mandíbula se tensa.




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