Seducir al Diablo

Capítulo 5: La caja de zapatos

El coche de Mateo avanzaba por el Bronx con la serenidad de un barco que no tiene prisa por llegar a ningún puerto.

Brisa iba en el asiento trasero con la bolsa de papel crema sobre las rodillas, el abrigo todavía húmedo y la sensación extraña de estar viviendo un día que le pertenecía a otra persona. Afuera, la ciudad terminaba de despertarse. Las cortinas metálicas de las tiendas subían con un estruendo de cadenas, los repartidores descargaban cajas de naranjas frente a una frutería, y en la esquina de una avenida ancha una mujer con un delantal rojo barría la acera con una dedicación casi litúrgica.

Mateo conducía en silencio. Tenía unas manos grandes, de nudillos anchos, apoyadas con suavidad sobre el volante, y una manera de mirar por el retrovisor, sin insistencia, que a Brisa le recordaba la de su propio padre cuando la llevaba a la escuela en un Chevrolet que se calaba en cada semáforo. No había música. Solo el murmullo del motor y el rítmico golpeteo de los limpiaparabrisas, que habían empezado a moverse por su cuenta cuando una llovizna ligera volvió a caer.

—¿Lleva mucho tiempo trabajando para él? —preguntó Brisa, por romper el silencio.

—Ocho años, señorita.

—Es bastante.

—Es lo que dura un buen matrimonio, dicen. —Mateo sonrió con los ojos—. Aunque el señor Ferguson es bastante más tranquilo que mi esposa.

—¿De verdad?

—Con mi esposa no se puede discutir. Con el señor Ferguson, a veces, sí.

Brisa soltó una risa breve. Se sorprendió de poder reírse, después de esa noche, de ese amanecer, de ese estacionamiento con olor a gasolina. Miró por la ventanilla. Los edificios iban cambiando de forma y de color, de los bloques de ladrillo rojo del Bronx a las fachadas más bajas y desordenadas de Washington Heights, con sus banderas dominicanas colgando de los balcones, sus toldos descoloridos, sus palmeras de plástico en las ventanas.

—¿Cómo es él? —preguntó—. De verdad. No el de los periódicos.

Mateo tardó en responder. Los limpiaparabrisas hicieron dos pasadas completas antes de que hablara.

—Es un hombre que no se permite descansar —dijo por fin—. Y eso, con los años, se nota. Duerme poco, come mal, trabaja a deshoras. Se enfada cuando alguien se equivoca por descuido, pero jamás por error. Y tiene una costumbre que pocos saben: todos los viernes por la noche, cuando ya no queda nadie en la torre, le lleva un café a Pereira, el guardia del vestíbulo, y se sienta con él un rato a hacer crucigramas.

—¿Crucigramas?

—Es pésimo. Siempre se equivoca con las palabras de tres letras. Y Pereira se lo cobra con burlas.

Brisa se quedó callada. Sin querer, la imagen se dibujó en su cabeza: Dante Ferguson, el hombre al que Wall Street llamaba El Diablo, sentado en un taburete incómodo frente a un guardia bigotudo, rascándose la barbilla ante una casilla en blanco. Era una imagen tan absurda y tan tierna que le dolió.

—No se lo cuente a nadie —añadió Mateo, con una media sonrisa—. Él cree que nadie lo sabe.

—Yo no diré nada.

—Lo sé. Por eso se lo cuento.

El teléfono de Brisa vibró sobre su regazo. Un mensaje, de un número ya conocido, ahora guardado en su memoria con la cautela con que se guarda un animal salvaje.

El horario cambia. Siete y media. Tómese el tiempo que necesite con su madre. Hoy el café lo preparo yo. D.

Brisa frunció el ceño. Leyó el mensaje dos veces. Algo en esa última frase, hoy el café lo preparo yo, le produjo un cosquilleo inesperado en el estómago, algo parecido a la risa y algo parecido al miedo.

—¿Qué dice? —preguntó Mateo, sin apartar la vista de la carretera.

—Que llegue a las siete y media.

—Entonces tenemos tiempo.

—¿Usted ya lo sabía?

—Yo solo conduzco, señorita. —Su sonrisa se ensanchó—. Pero sí. Me lo dijo anoche.

—¿Anoche?

—Cuando preparó el termo. Lo llenó él mismo, en la cocina de su casa, a las cuatro de la mañana, con una cafetera que nunca usa. Y dijo: si viene, estará fría y cansada. Si estará fría, al menos que el café esté caliente.

Brisa no supo qué contestar. Apretó el teléfono contra el pecho y miró hacia afuera, donde la lluvia dibujaba hilos en el cristal, y se dijo que debía de ser el cansancio, o el frío, o el hambre, lo que le estaba haciendo temblar las manos.

La calle Dyckman amaneció ante ella con su aire de siempre, sencillo y terco, pero con una novedad que Brisa tardó un momento en identificar. Había coches nuevos aparcados a lo largo de la acera, discretos, oscuros, demasiado limpios para el barrio. En el portal del edificio, junto a la puerta pintada de verde esperanza, un hombre alto, de unos treinta y cinco años, con traje gris y un auricular casi invisible en la oreja, vigilaba la calle con las manos entrelazadas a la espalda. Y en la ventana del primer piso, detrás de la cortina de encaje, la silueta menuda de Rosa Carrillo se movía de un lado a otro con una energía de general en campaña.

Mateo detuvo el coche frente al portal.

—Le espero aquí.

—Gracias.

—Tómese el tiempo.

Brisa bajó. El aire estaba húmedo y olía a lluvia y a café recién hecho. El hombre del traje gris se volvió hacia ella, ladeó la cabeza en un saludo respetuoso y habló sin moverse del lugar.

—Señorita Carrillo. Soy Ismael. Estoy a su servicio.

—Buenos días, Ismael. —Brisa extendió la mano, y él, desconcertado, la estrechó con cierta torpeza—. Antes que nada, quiero que sepa que yo no necesito servicio. Lo que necesito es que me diga la verdad.

—Por supuesto.

—¿Cuántos son?

—Cinco, señorita. Dos aquí, dos en el edificio de enfrente, uno en la furgoneta.

—¿Hay alguien en la parte trasera?

—Karina cubre el patio de atrás y la escalera de incendios.

—¿Hay armas?

Ismael vaciló un instante. Después asintió con la cabeza, sin dramatismo.

—Sí, señorita. Pero no las verá. Y no las usaremos salvo que sea imprescindible.




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