Seducir al Diablo

Capítulo 6: El huésped de los guantes

Durante unos segundos nadie dijo nada.

En el despacho del piso cuarenta y dos solo se oía el zumbido discreto del aire acondicionado y, muy lejos, como si perteneciera a otro edificio, el timbre amortiguado de un teléfono que nadie atendía. Adaeze Okafor seguía en el umbral con la carpeta apretada contra el pecho. Dante, de espaldas, con las manos en los bolsillos, contemplaba la ciudad a través del ventanal. Y Brisa, con la taza todavía entre los dedos, sentía que cada latido de su corazón se oía en toda la habitación.

Víctor Salazar estaba abajo. A cuarenta y dos pisos de distancia, en un vestíbulo de mármol blanco, sentado quizá en uno de esos sillones de cuero que nadie usaba, con sus guantes oscuros y su sonrisa pequeña. Y ella llevaba, en el fondo de un bolso, una caja de zapatos que olía a tabaco de pipa y que contenía una tarjeta con la misma marca que reposaba, discreta y elegante, en el mango de un abrecartas de plata.

—¿Cuánto lleva esperando? —preguntó Dante, sin volverse.

—Diez minutos, señor. Pereira lo hizo sentar en el área de visitas. Dice que no tiene cita, pero que usted lo recibirá.

—Dice bien.

—¿Lo hago subir?

—Todavía no.

Dante se giró despacio. Su rostro había recuperado la máscara de siempre, esa calma metálica que parecía no tener fisuras, pero Brisa, que ya había aprendido a leerlo, notó el leve endurecimiento de la mandíbula y una arruga fina, casi invisible, entre las cejas.

—Adaeze, ofrézcale un café. Del malo, el de la máquina del vestíbulo. Dígale que estoy terminando una llamada con Tokio y que bajaré en un momento. Que se siente. Que no se impaciente.

—¿Y si pregunta por la señorita?

—No preguntará. Y si lo hace, es la señorita Vega, mi nueva asistente. Contratada hace dos días. Competente, tímida, sin ninguna importancia.

Adaeze asintió con la cabeza, lanzó a Brisa una mirada breve y compasiva, y salió cerrando la puerta con suavidad. El clic de la cerradura resonó en el despacho como el golpe de un martillo pequeño.

Dante cruzó la habitación en tres zancadas y se detuvo frente a Brisa, tan cerca que ella tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada. Olía a cedro y a café recién hecho. Y había algo en sus ojos, un brillo severo, casi urgente, que no había visto antes.

—Tenemos unos minutos —dijo en voz baja—. Escúcheme con mucha atención.

—Lo hago.

—Salazar cree que usted trabaja para él. Eso significa que cree que usted es la mujer que le va a traer el contrato envuelto en un lazo. No sabe que usted me lo ha contado todo. No sabe que anoche vigilaba su barrio. No sabe que yo sé. ¿Lo entiende?

—Entiendo.

—Para él, usted sigue siendo Elena Vega. Y yo sigo siendo un hombre que no sospecha nada.

—O sea, que vamos a actuar.

—Vamos a actuar. Usted a su manera. Yo a la mía.

—No me gusta actuar sin ensayar.

—Pues improvise. Dicen que lo hace muy bien.

Brisa soltó una risa nerviosa. Dante no sonrió, pero algo se suavizó levemente en su rostro.

—Va a subir aquí. Se sentará frente a mi escritorio. Yo hablaré con él. Usted tomará notas, servirá café y no dirá nada, a menos que él le dirija la palabra. Si lo hace, responda con la voz de Elena. Tímida. Breve. Sin ninguna importancia.

—¿Y si me pregunta algo peligroso?

—Mire el suelo. Ruborícese. Diga que no sabe.

—No sé ruborizarme a voluntad.

—Lo hace extraordinariamente bien cuando yo la miro.

El comentario cayó como una gota de plomo derretido. Brisa abrió la boca, la cerró, y notó que el calor le subía por el cuello hasta las mejillas, de modo que, justo en ese instante, el rubor llegó solo, sin ensayar, rojo y completo.

—Perfecto —murmuró Dante, y por un segundo sus ojos grises centellearon con un destello casi travieso—. Así.

—Es usted insoportable.

—Me lo han dicho.

—No lo diga como si fuera un cumplido.

—Es el único que sé hacer.

Brisa apartó la mirada, avergonzada y furiosa, y fingió ocuparse de la taza. Dante dio un paso atrás, recobrando la distancia, y su voz volvió a hacerse seria.

—Una cosa más. Su bolso.

—¿Qué pasa con mi bolso?

—Lleva dentro algo que le dio su madre.

Brisa se quedó paralizada.

—¿Cómo lo sabe?

—No lo sé. Lo supongo. —Dante la miró con una atención peligrosa—. Usted llegó con el bolso apretado contra el cuerpo como si dentro llevara un recién nacido. Lo dejó sobre la silla, pero lo ha mirado cuatro veces en los últimos tres minutos. Y cuando vio el abrecartas, su primera reacción fue mirar el bolso, no a mí.

—Está equivocado.

—Si lo estoy, dígamelo.

Brisa lo miró. Pensó en las mil mentiras que podía decir. Pensó en el rostro de su madre, en el sobre de manila con el sello de cera, en la tarjeta color crema. Pensó en su padre y en un coche negro sin matrícula. Y comprendió, con una claridad que le heló los dedos, que si le entregaba esa caja a Dante, lo perdería todo: su ventaja, su seguridad, quizá la última pieza que le quedaba de su padre.

—No pienso decirle qué hay en mi bolso —dijo, con firmeza.

—No se lo he pedido.

—Pero lo ha insinuado.

—Le he hecho una observación. —Dante inclinó la cabeza—. Lo que usted haga con ella es asunto suyo.

—¿No va a insistir?

—No.

—¿Por qué?

—Porque usted ya me dijo, en el motel, que no quería que le mintiera. Y yo le dije que no le prometía contárselo todo. Esto es lo mismo. —Hizo una pausa—. No espero que usted me lo cuente todo tampoco.

Brisa se quedó un momento en silencio. Sintió una punzada rara, mezcla de culpa y de alivio, y se dio cuenta de que, de todas las posibles reacciones de ese hombre, la que menos esperaba era la renuncia a saber.

—Gracias —murmuró.

—No me las dé. Pero sí le pido una cosa.

—Dígame.

—Que no deje ese bolso a la vista de Salazar. Ni lo mire. Ni lo toque. Si él lo ve, y usted lo mira, sabrá que hay algo.




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