Seducir al Diablo

Capítulo 7: Las cláusulas del infierno

Brisa tardó tres respiraciones completas en encontrar la voz.

—Una esposa de mentira —repitió, como quien prueba una palabra en un idioma que no domina—. Treinta días. Con anillo y todo.

—Con anillo y todo.

—Usted me conoce desde hace dos días.

—Desde hace tres semanas, según mis cuentas. Dos días en persona.

—Eso es peor.

—Probablemente.

Dante dejó la hoja sobre el escritorio y la empujó con dos dedos hasta el borde, donde ella podía leerla sin tocarla. No insistió. No la presionó. Se limitó a retroceder un paso y a cruzarse de brazos, apoyado contra el ventanal, con la luz gris de la mañana recortándole los hombros. Era una forma de esperar que Brisa empezaba a reconocer: no pedía, no suplicaba, simplemente se quedaba quieto el tiempo suficiente para que la otra persona se sintiera incómoda por hablar primero.

Ella no iba a darle ese gusto.

Se acercó al escritorio, tomó la hoja y la leyó de pie, sin sentarse, sin prisa. El papel era grueso, de un blanco puro, sin membrete ni logotipo, impreso con una tipografía clásica que le recordó, con un escalofrío, la de la nota del taller. Pero no. No era la misma. Esta era más seca, más legal, sin la elegancia deliberada de aquella otra. Se obligó a no pensar en eso y empezó a leer.

CONTRATO DE ACUERDO PERSONAL ENTRE LAS PARTES.

Primera cláusula: la señorita Brisa Carrillo, en adelante la Contratada, se compromete a desempeñar durante treinta días naturales consecutivos el papel de esposa del señor Dante Ferguson, en adelante el Contratante, ante terceros, medios, socios, familiares y cualquier otra persona que el Contratante designe.

—Aquí dice Brisa Carrillo —observó.

—Es su nombre.

—Hace un rato usted me estaba pidiendo que siguiera siendo Elena Vega.

—Para Salazar. Para la torre. Para el mundo, sí. Pero un contrato con un nombre falso no tiene validez. —Una pausa breve—. Y yo no firmo nada que no pueda hacer cumplir.

—Qué considerado.

—Es una cuestión de principios.

—Qué raro oírle esa palabra.

—Lea, por favor.

Brisa volvió al papel. Segunda cláusula: el matrimonio sería simulado, sin consecuencias legales, patrimoniales ni civiles más allá de las previstas en el presente documento. Tercera: la Contratada residiría en el penthouse del Contratante durante el plazo acordado, en una habitación propia con llave. Cuarta: la Contratada aparecería en público del brazo del Contratante en todos los eventos que este señalara, con la vestimenta, el trato y la conducta propios de una esposa enamorada.

—Enamorada —dijo en voz alta, levantando una ceja.

—Es un adjetivo contractual.

—Lo sé leer. Lo que no sé es cómo pretende que lo cumpla.

—Usted es actriz.

—Soy estafadora. Es distinto.

—¿En qué?

—En que yo cobro por adelantado.

Dante dejó escapar un soplo de aire que casi era una risa. Brisa apartó la mirada, molesta consigo misma por haberla buscado, y siguió leyendo. Quinta cláusula, sexta, séptima. Reglas sobre las fotografías, sobre las declaraciones a la prensa, sobre los viajes. Una cláusula de confidencialidad absoluta, escrita con una dureza casi feroz. Una cláusula de protección: durante el plazo del contrato, la Contratada recibiría escolta permanente, y su familia, Rosa Carrillo, residente en la calle Dyckman, recibiría la misma.

Se detuvo en esa línea. Releyó el nombre de su madre, escrito en negro sobre blanco, con una fría precisión administrativa que le provocó una sensación de vértigo.

—Mi madre está en el contrato.

—Sí.

—Como si fuera un anexo.

—Como si fuera la razón principal. —Dante se separó del ventanal—. No me pareció justo que usted aceptara ayudarme y que ella quedara sin amparo. Si prefiere quitarla, la quito. Pero no lo recomiendo.

—No pienso quitarla.

—Bien.

—Pero quiero que quede claro que no es un anexo.

—Queda claro.

—Y que si le pasa algo...

—No le va a pasar nada.

—Eso no es una promesa.

—No. Es una intención. Las promesas las dejo para los políticos.

Brisa pasó la página. Octava cláusula: compensación económica, un monto que le hizo parpadear dos veces. Novena: el Contratante cubriría todos los gastos de la Contratada durante el plazo, incluidos los de su domicilio actual, que quedaría protegido de cualquier acción de desahucio. Décima: la Contratada podría abandonar el acuerdo en cualquier momento, salvo en los tres casos enumerados en el anexo B, que se mantenía en sobre cerrado.

—¿Qué hay en el anexo B?

—Tres circunstancias en las que sería peligroso que usted se marchara.

—Qué amable de su parte.

—Es por su bien.

—Todo lo que me dice es por mi bien.

—Casi siempre lo es.

—Casi.

—Casi. —Sonrió, y esa sonrisa le cruzó la boca como una sombra rápida—. Siga.

Pasó a la siguiente hoja. Y allí, en la parte inferior, ocupando un recuadro propio con un borde fino que lo distinguía del resto, había una cláusula distinta. Más corta. Más fría. Escrita en un tono que no pertenecía al lenguaje legal sino a otra cosa, algo más antiguo, más personal.

Cláusula treinta. Si la Contratada logra seducir al Contratante antes de la finalización del plazo, entendiéndose por seducción el hecho de que este, por voluntad propia y sin coacción, le entregue el control de su voluntad, el Contratante la dejará marchar con todo lo que ella pueda llevarse. Si, por el contrario, la Contratada se enamora del Contratante, entendiéndose por ello el reconocimiento voluntario de ese sentimiento ante testigos, la Contratada pertenecerá al Contratante para siempre.

Brisa leyó la cláusula una vez. Luego otra. La tercera vez movió los labios sin sonido, como una niña que repasa una lección que no entiende.

Levantó los ojos.

—Esto no es un contrato.

—Es un contrato.

—Esto es una apuesta.

—También.

—Es una locura.




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