Seducir al Diablo

Capítulo 8: El cuento del caballito azul

El vaso de chocolate caliente rodó por el asfalto y dejó un hilo marrón y humeante que serpenteó hasta la rejilla de una alcantarilla.

Brisa no lo recogió. Se quedó sentada en el banco de hierro, con el teléfono todavía en la mano y la mirada fija en una pantalla que se había oscurecido sola, tal como se oscurecen las cosas cuando uno deja de tocarlas. A su alrededor, la plazoleta seguía con su vida de mediodía: los niños corriendo detrás de las palomas, una pareja de ancianos compartiendo un bocadillo bajo un árbol casi desnudo, un vendedor de maní tostado que gritaba su mercancía con una cadencia monótona y alegre. Nadie la miraba. Nadie parecía haber notado que acababa de caerse el cielo.

Caballito azul.

Había leído esas dos palabras tantas veces en los últimos segundos que ya no tenían sentido, se habían convertido en sonidos sueltos, en dos piedras pulidas que giraban sin parar en su cabeza. Pero debajo de ese ruido blanco, muy al fondo, algo se movía. Algo que no era una idea sino una sensación, un olor, la memoria de un tacto. Una voz grave y cansada, con acento de barrio, que le decía en la penumbra de un cuarto de niña: cierra los ojos, mi reina, que ahora viene el caballito.

Se llevó una mano a la boca.

—Papá —murmuró.

Se obligó a respirar. Cuatro segundos, aguantar, cuatro segundos. Después se levantó con las piernas flojas, recogió el vaso vacío con un pañuelo de papel, lo tiró a una papelera cercana y echó a andar hacia la boca del metro con el bolso apretado contra el costado y la cabeza muy alta, como caminan las mujeres que acaban de enterarse de algo terrible y no quieren que el mundo se entere de que lo saben.

Antes de bajar las escaleras, volvió a mirar el mensaje. Pulsó el número desconocido. Sonó un tono largo, hueco, y una voz grabada, femenina y neutra, le informó de que el número marcado no existía. Probó otra vez, por si acaso. La misma voz. El mismo vacío.

Una amiga, había escrito. Una de las pocas que quedan.

—Qué conveniente —murmuró, y se sorprendió de que su voz sonara tan firme.

Hizo lo que hacía siempre. Bajó al andén, esperó el primer tren sin subirse, miró quién subía y quién no, estudió las caras, los zapatos, las manos. Un adolescente con auriculares. Una mujer con un carrito de la compra. Un hombre gordo que leía un periódico en un idioma que no reconoció. Subió al segundo vagón del tren siguiente, se bajó dos estaciones después, cambió de línea, volvió a cambiar, y al cabo de cuarenta minutos de laberinto subterráneo emergió en Port Authority con la certeza, casi científica, de que nadie venía detrás. O de que, si alguien venía, lo hacía con una maestría que ella no iba a descubrir esa tarde.

El autobús a Paterson olía a calefacción y a bocadillo de queso. Brisa se sentó junto a la ventanilla, con la mejilla apoyada contra el cristal frío, y dejó que la ciudad se fuera deshaciendo a su paso: primero los edificios altos, luego los puentes, luego los depósitos de combustible y las autopistas entrelazadas, luego las casitas bajas de ladrillo y los patios con trampolines oxidados. Era un paisaje feo y honesto, y le sentó bien.

Cerró los ojos.

Tenía siete años. Quizá ocho. Estaba en la cama, bajo la manta de lana que su madre le había tejido con restos de tres ovillos distintos, de modo que tenía franjas verdes, amarillas y rojas, y Julián Carrillo, su padre, estaba sentado en el borde del colchón, enorme y torpe, con el uniforme de portero todavía puesto, oliendo a lluvia y a betún. Venía de la guardia de la tarde. Tenía los ojos rojos, las manos frías, pero sonreía.

—¿Quieres el cuento del caballito azul? —preguntaba.

—Siempre.

—Entonces cierra los ojos.

Y ella los cerraba. Y él, con esa voz que no era de narrador sino de hombre simple, empezaba: había una vez un niño que vivía en una casa con muchas puertas. Y todas las puertas estaban cerradas, menos una. Pero esa puerta abierta daba a un lugar muy oscuro, y el niño tenía miedo. Hasta que un día encontró un caballito de madera, pintado de azul, con una pata rota. Y el caballito le dijo...

Brisa abrió los ojos.

Siempre se había quedado dormida antes de que el caballito dijera nada. Siempre. Era el final de cada noche: la voz de su padre, la puerta abierta, el niño asustado, el animalito de madera, el sueño que le cerraba los párpados como un telón. Nunca había sabido qué decía el caballito. Nunca había preguntado. Y después, claro, su padre había muerto, y el cuento había quedado enterrado con él, intacto, incompleto, como una casa sin techo.

Había una pata rota.

Un hombre sin infancia en ningún expediente. Un cajón cerrado con llave. Un caballito de madera azul, tosco, descolorido, apartado con el dorso de la mano con una vergüenza que ahora ella entendía.

—No puede ser —susurró.

El autobús frenó con un quejido. Una mujer con bolsas de plástico le pidió permiso para pasar. Brisa se apartó, con la cabeza dándole vueltas, y comprendió que durante todo el trayecto había estado mordiéndose el interior de la mejilla hasta saborear la sangre.

La casa de Yesenia Reyes, prima de Tommy, era una de esas viviendas adosadas de dos plantas, con porche de madera, jardín delantero ocupado por una virgen de cemento y una puerta principal que no se había cerrado del todo en treinta años. Estaba en una calle tranquila del este de Paterson, entre una iglesia evangélica y un taller de reparación de bicicletas, y desde el jardín se oían, a todo volumen, los gritos de tres niños, el estruendo de una olla de presión y una telenovela venezolana.

Brisa llamó al timbre. Nadie contestó. Volvió a llamar. Un grito de mujer sonó desde el interior.

—¡Kevin, abre la puerta, que yo estoy en la cocina!

—¡Yo no, que estoy jugando!

—¡Dayana!

—¡Tampoco, que estoy peinando a la muñeca!

—¡Luisito!

—¡Es que me estoy comiendo el cereal!

—¡Dios mío, ¿es que en esta casa nadie hace nada?!




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