CAPÍTULO 1: EL PRECIO DE LA MENTIRA
PERSPECTIVA DE ZAHORÍ
El sol brillaba con una intensidad casi insolente, como si ignorara deliberadamente el peso de las verdades que se ocultaban bajo su luz. Los pájaros trinaban en las copas de los árboles, los niños reían ajenos a cualquier preocupación y los adultos caminaban con el paso automático de quienes creen que su rutina está a salvo. Es un día tranquilo, de esos en los que la paz parece un estado natural, pero en mi mundo, esa calma es apenas el decorado de una emboscada. Nada puede salir mal si lo tienes todo controlado, pero todo puede pasar si decides subestimar al enemigo.
—Buenos días, Zahorí —la voz del hombre frente a mí era una mezcla de nerviosismo y una falsa confianza que me resultó patética.
Ajusté mis lentes oscuros, observándolo con la frialdad de un cirujano examinando un tumor. Alex era el prototipo del hombre promedio: traje de oficina algo deslucido, cabello negro indomable y una mirada que intentaba ocultar un pánico creciente.
—Te ves hermosa esta mañana —añadió, intentando el halago fácil.
—Buen día, Alex. Agradezco tus cumplidos, pero guardemos las formalidades para otro momento. Por favor, toma asiento —mi tono, desprovisto de calidez, lo hizo obedecer de inmediato. Se sentó con una alegría forzada que se desmoronaba ante el evidente temor que le brotaba por los poros.
—¿Cómo te sientes hoy, Alex?
El hombre respiró con alivio, como si la pregunta fuera un salvavidas—. Pues, la verdad, me siento muy feliz de verte, Zahorí. No sabía que te gustaba tanto venir a este parque.
Le dediqué una sonrisa que no llegó a mis ojos y comencé a observar el entorno. Los niños corrían a nuestro alrededor, ajenos a la transacción de vidas que estaba a punto de ocurrir.
—Me gusta venir de vez en cuando para observar a los niños. Me recuerda a mi propia infancia, cuando el mundo era dulce, sencillo e inocente. Cuando no existía la traición —hice una pausa deliberada, clavando mis ojos tras los cristales negros en él—. ¿Crees que soy todavía esa niña, Alex?
Él me recorrió con la mirada, un intento de inspección que le costó caro. Crucé las piernas con parsimonia, permitiendo que el dobladillo de mi vestido subiera apenas unos centímetros por encima de la rodilla. Fue suficiente. El rostro de Alex se tiñó de un rojo carmesí en un instante.
—No, Zahorí. Definitivamente no eres una niña. Eres una mujer hermosa, brillante e increíblemente inteligente —dijo, mientras sus manos, temblorosas, buscaban el nudo de su corbata para aflojarlo.
Me quité los lentes oscuros, revelando unos ojos que no conocían la compasión.
—Entonces, explícame, con esa inteligencia que me atribuyes, por qué razón pensaste que podrías lavar dinero a través de mi empresa sin que yo me diera cuenta.
El cambio fue instantáneo. Su rostro pasó del rojo al blanco cadavérico en un suspiro. Sus ojos, desorbitados, buscaron desesperadamente una salida en el horizonte del parque.
—¿De qué estás hablando? Zahorí, yo jamás... jamás haría algo así.
Intentó soltar una risa nerviosa, un sonido seco que se ahogó en el aire pesado. Me incliné sobre la mesa de metal, invadiendo su espacio vital hasta que sus codos chocaron con los míos.
—Te lo dije hace un momento, Alex: ya no soy la niña tonta e ingenua que creíste poder manipular.
—¡Mira, Zahorí! —exclamó, bajando la voz hasta un susurro desesperado—. ¡Necesitaba ese dinero! Mi esposa está enferma, no sabía qué hacer... fue desesperación.
—Alex, ambos sabemos que tu esposa goza de una salud perfecta. Ayer mismo los vi jugando tenis en el club. ¿O acaso fue otra persona quien ocupaba tu lugar?
El temblor en sus manos se hizo evidente. Se inclinó hacia adelante, intentando un último acto de bravuconería.
—No sabes en lo que te estás metiendo. La gente para la que hice ese trabajo es peligrosa. Si intentas hacer algo, no dudaré en hablar con ellos. ¿Quién sabe de lo que serían capaces si les dices que fui yo quien les entregó la información a la policía?
Me recosté en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho con un aburrimiento calculado.
—¿En serio? Hablé con ellos esta mañana. No tuvieron ni el más mínimo problema en negar cualquier trato contigo. Para ellos, no eres más que un cabo suelto.
Se levantó de golpe, volcando la silla hacia atrás.
—¡Eso es mentira!
Lo miré con una ceja levantada, dándole el tiempo suficiente para que notara a los dos hombres que, desde hacía minutos, se habían posicionado estratégicamente a sus espaldas. Su rostro se descompuso al entender la realidad.
—Mi esposa me sacará de esto. Es abogada, te demandaré hasta dejarte en la calle.
Rodé los ojos, cansada del drama. Saqué un sobre de mi bolso de piel y lo arrojé sobre la mesa.
—Me hablas de la misma esposa a la que has engañado sistemáticamente desde hace tres años. Además, dudo mucho que quiera ayudarte cuando se entere de que no solo le fuiste infiel, sino que gastaste el dinero que habían ahorrado juntos para comprarle regalos caros a tu amante. Las fotos están ahí, Alex. En alta resolución.
El hombre intentó lanzarse sobre mí en un ataque de furia desesperada, pero antes de que pudiera rozarme, las manos de mi seguridad lo inmovilizaron contra el suelo.
—Alexander Guzmán, queda usted detenido por lavado de activos, extorsión, soborno y alteración al orden público. Tiene derecho a guardar silencio. Si no puede pagar un abogado, la corte le asignará uno.
Vi cómo le colocaban las esposas y se lo llevaban. Solté un suspiro largo, sintiendo cómo el cansancio, ese invitado que siempre llega tras una larga jornada de caza, se instalaba en mis hombros.
—Señorita Zahorí —el oficial Steven se acercó, entregándome un sobre grueso—. Gracias por su ayuda nuevamente. Aquí está la recompensa estipulada por la captura de Guzmán. Sin usted, hubiera sido imposible rastrearlo.
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Editado: 10.07.2026