CAPÍTULO 2: EL PASADO TIENE OJOS NEGROS
PERSPECTIVA DE ZAHORÍ
El aeropuerto es un caos organizado. La gente fluye como un río turbio: algunos corren con la desesperación de los que llegan tarde, otros permanecen estáticos, mirando el reloj con la paciencia de quien espera una segunda oportunidad. El ruido ambiental es un zumbido constante de conversaciones solapadas, llanto de niños y anuncios metálicos. Entre toda esa marea humana, sentí varias miradas clavarse en mi espalda, un fenómeno al que me he acostumbrado hace años, pero que hoy decidí ignorar. Mi objetivo era claro: el carrusel de equipaje.
Cuando finalmente localicé mi maleta, una mano masculina, firme y decidida, se adelantó para arrebatarla de la cinta antes que yo.
—Oh, lo siento mucho. Pensé que era mi equipaje. Aquí tienes, discúlpame —dije, arqueando una ceja.
Lo analicé de arriba abajo. Era un hombre bien parecido, con facciones marcadas y una presencia que destacaba entre la multitud gris del aeropuerto.
—No te preocupes. Puedo invitarte algo para disculparme por el inconveniente —respondió él, ofreciéndome una sonrisa que pretendía ser encantadora.
—No lo sé —dije, inclinando la cabeza con una chispa de malicia—. ¿No se molestará tu mamita por aceptar invitaciones de desconocidas?
El hombre palideció al instante. Señalé justo detrás de él, donde una mujer mayor, con expresión de vinagre, nos observaba con un odio palpable. El sujeto se puso rojo, balbuceó una disculpa ininteligible y prácticamente huyó, arrastrado por el brazo por su madre, quien lo reprendía con dureza. La escena me provocó una risa seca. Decidí ignorar las suites corporativas y dirigirme a un hotel de lujo en el centro; prefería la neutralidad de un terreno desconocido antes de que Yuma supiera que mi llegada se había adelantado.
Tras una ducha reconfortante y varias horas de sueño para sacudirme el cansancio del vuelo, decidí que merecía un poco de diversión antes de sumergirme en el abismo de los problemas financieros de mi hermano. Me enfundé en un vestido negro ajustado, con un escote que dejaba poco a la imaginación y un corte que acariciaba mis rodillas. Complementé el conjunto con botas de cuero al mismo tono, alisando mi cabello negro hasta que pareció una capa de seda sobre mis hombros.
El club nocturno era un viejo conocido, aunque sus paredes lucían una pintura más moderna, su esencia seguía siendo la misma: un templo de música ensordecedora y secretos enterrados bajo luces de neón. Pedí un cóctel fuerte y me perdí en la pista. Sin embargo, a las cuatro horas, un sujeto se pegó a mi espalda. El aliento a alcohol barato que desprendía me revolvió el estómago. Intenté alejarme, pero él apretó mi cintura con una presión violenta.
—¿A dónde vas, linda? Yo sé que te gusta —murmuró, intentando forzar un beso.
Forcejeé, pero el agarre era férreo. Justo cuando estaba a punto de propinarle un golpe en la garganta, una figura masculina emergió de la penumbra y separó al borracho de mí con una brusquedad que hizo tambalear al agresor.
—¡Aléjate de ella! —rugió una voz profunda.
—¡¿Qué rayos te pasa?! ¡Ella es mi chica! —gritó el borracho, recuperando el equilibrio.
—Claro que no —intervine, recuperando la compostura—. No quiero tener nada que ver con este sujeto.
—Eres una... —el borracho intentó lanzarse contra mí, pero el desconocido le dio un empujón tan preciso que el hombre terminó de espaldas contra el suelo.
—Te dije que te alejaras.
Cuando el desconocido se giró hacia mí, el tiempo pareció detenerse. Tenía el cabello marrón oscuro y unos ojos negros tan profundos que me sentí succionada por ellos. Era el hombre más guapo que había visto en años.
—Vamos —dijo, señalando una zona privada.
—¿Por qué? —pregunté, dudando. Entonces, notó un hematoma en mi brazo—. Deberíamos tratar esa herida.
Acepté. En la pequeña habitación, mientras curaba mi piel con una delicadeza que desmentía su fuerza bruta, el ambiente comenzó a cargarse de una tensión eléctrica.
—Gracias por ayudarme —dije, rompiendo el silencio—. Es bueno saber que todavía quedan caballeros en este mundo. ¿De qué forma puedo pagarte?
—Ese nunca fue mi intención —respondió, mirándome con curiosidad.
—Ya que tanto insistes, dejémoslo así. Tal vez en un futuro te lo cobre —respondí, cruzando las piernas para acentuar el efecto de mi vestido.
El deseo fue una descarga. Por primera vez en mi vida, di el primer paso, inclinándome para besarlo. Él no se resistió; al contrario, me recibió con un hambre que me dejó sin aliento.
—Creo que deberíamos parar —dijo, con la voz agitada.
—Dame una razón para no hacerlo.
—No quiero que te arrepientas mañana.
—¿Quién eres tú? —pregunté, intentando recuperar el aliento.
—Alguien que tenías que conocer.
Sin esperar más, nos fuimos a su apartamento. La intensidad fue tal que, en el momento cúspide, el sonido de un teléfono interrumpió el hechizo. Él se separó, frustrado, y yo aproveché para explorar la estancia. Mi mirada se clavó en un cuadro: él, junto a mi hermano, frente a un edificio corporativo. Mi sangre se heló.
—¿Es un amigo tuyo? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
—Sí, mi socio y mejor amigo. Perdón, preciosa, surgió algo importante.
Cuando cerró la puerta tras de mí, caminé por el pasillo sintiendo una extraña mezcla de miedo y fascinación. ¿Qué tan cercano era a Yuma? ¿Había cometido un error o el destino simplemente se burlaba de mí?
PERSPECTIVA DE ZAHORÍ (LA OFICINA)
A la mañana siguiente, me vestí con la armadura necesaria: pantalones de tubo, camisa gris impecable, un moño negro a modo de corbata y tacones que resonaban contra el suelo como disparos. Mi cabello recogido en una cola de caballo alta me daba un aspecto severo, casi intimidante.
Llegué al edificio corporativo, una mole de acero y cristal que mi hermano había convertido en su campo de batalla personal. Subí al piso cuarenta con la seguridad de quien posee el edificio. Al llegar a su oficina, una chica joven con aspecto algo descuidado y rodeada de dulces me miró con estupefacción.
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Editado: 10.07.2026