Seductora Experta

CAPÍTULO 3: EL TEJIDO DE LAS SOMBRAS

CAPÍTULO 3: EL TEJIDO DE LAS SOMBRAS

PERSPECTIVA DE SEBASTIÁN

Si existe un manual titulado “Cómo arruinar una existencia en menos de 24 horas”, estoy convencido de que mi vida actual es el apéndice principal. El amanecer no trajo consigo una nueva esperanza, sino una acumulación de desgracias que me hicieron cuestionar si el cosmos se había confabulado específicamente contra mi cordura.

Primero, la bofetada de realidad: la mujer que me hizo perder el control la noche anterior —aquella que despertó en mí un hambre que no sabía que poseía— resultó ser Zahorí. La misma Zahorí con la que compartí cajas de arena, juegos y desprecios durante toda nuestra infancia. Ella, la niña que me dedicó sus miradas más gélidas antes de desaparecer en el tiempo, había vuelto, y el odio que sentía por ella, lejos de disiparse, se había transformado en algo mucho más peligroso y difícil de catalogar.

Segundo, la logística se desmoronó. Mi despertador, ese aliado fiel, decidió silenciarse. El resultado fue una carrera contra el reloj que perdí estrepitosamente. Tercero, llegué a la cafetería cuando la fila ya serpenteaba por toda la manzana. Y cuarto, como si el destino necesitara el remate perfecto, un desconocido se estampó contra mí, dejando mi traje gris claro —mi único traje limpio— impregnado con una mancha de café que parecía un mapa de mis frustraciones.

—¡Esto es el apocalipsis personal! —exclamé, frotando la tela sin esperanza alguna.

—Toma, pide dos. El hombre que estaba detrás de mí no esperó a que le pidiera ayuda. Me extendió un café humeante—. Tal vez no sea la solución a tus problemas, pero hará que el día sea, al menos, pasable.

Lo miré con suspicacia. Era alto, rubio, con unos ojos grandes y negros que escaneaban el mundo con una despreocupación irritante. Su sonrisa era demasiado perfecta, demasiado ensayada.

—Gracias, supongo. ¿Cómo te regreso el favor? —¿Puedes indicarme dónde queda esta dirección? —me mostró un papel con un membrete que conocía demasiado bien. —De hecho, trabajo ahí. Si quieres, te acompaño —dije, sintiendo que no perdía nada.

Subimos al ascensor. El silencio era pesado, solo interrumpido por el leve tintineo de una caja que él cargaba con un cuidado casi religioso.

—¿Qué llevas ahí? —pregunté, señalando el contenido con la barbilla. —Un regalo para una amiga —respondió, y en sus ojos vi una devoción que me puso los pelos de punta. —Debe ser una persona muy especial. —Yo diría que es una brujita muy sexy —soltó con una chispa de picardía que me hizo arder la sangre—. ¿Sabes? Ella tiene un efecto... magnético.

Las puertas se abrieron. Salimos al vestíbulo. El rubio se dirigió a la recepción con la seguridad de quien posee el edificio.

—Buenos días, ¿está la señorita Zahorí?

Me detuve en seco. La mención de su nombre resonó en mis oídos como una sentencia. Antes de que pudiera procesarlo, un grito agudo rompió la atmósfera corporativa. Vi a Zahorí correr a través de la oficina, sus tacones resonando contra el suelo, hasta que se lanzó a los brazos del tipo al que llamaba "Arti". Él la recibió con una naturalidad tan íntima que sentí una punzada de celos, tan violenta y repentina que me tomó por sorpresa. ¿Por qué me importaba? ¿Por qué me dolía ver cómo ella le sonreía a otro?

—¡Qué bueno que llegaste! —dijo Zahorí, ignorándome por completo, como si yo fuera un mueble más en el mobiliario de la empresa.

No pude evitarlo. Solté un gruñido, una queja que escapó de mi garganta con la suficiente fuerza para cortar su burbuja de felicidad. Zahorí giró la cabeza, su mirada transformándose al instante en esa máscara de frialdad que me dedicaba desde que éramos pequeños.

—Estamos en horario de oficina, Zahorí —dije, intentando proyectar autoridad—. Aquí trabajamos, no es el lugar para... escenas de ese tipo.

—¿Escenas? —preguntó ella, con un tono sarcástico—. Verdad que este lugar es hermoso, ¿verdad, Arti? —lo ignoró deliberadamente, tomándolo del brazo mientras ambos se dirigían a su despacho.

Caminé hacia la oficina de Yuma, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello. Yuma estaba sentado frente a su escritorio, inmerso en documentos financieros, con esa calma irritante que lo caracterizaba.

—Tenemos que hablar —dije sin saludar—. Zahorí está convirtiendo esto en un circo. —Buenos días para ti también, Sebas. ¿Cómo estás? Yo estoy bien, gracias por preguntar —respondió él, sin levantar la vista. —No es momento para bromas. Zahorí se acaba de abrazar con un tipo en medio de la oficina. No sé quién es, no sé qué hace aquí, y no me gusta nada. —Dijo que las cosas iban a cambiar. Contratarla fue tu idea tanto como la mía, ¿recuerdas? —¡Eso no significa que deba convertir mi despacho en su dormitorio privado! —Si se siente tan cómoda con él, debe ser por algo —dijo Yuma, cerrando su carpeta—. La mandaré a llamar para aclarar el protocolo. ¿Feliz?

Salí de allí con el ceño fruncido. Me dirigí a su oficina, resuelto a confrontarla. Al llegar, la puerta estaba entornada. Las risas que escapaban del interior eran como clavos en mi pecho. Abrí de golpe, sin pedir permiso. La imagen frente a mí fue un golpe al plexo solar: Zahorí estaba sentada al borde de la mesa, con la camisa entreabierta, y Arti estaba frente a ella, con una evidente erección que desafiaba cualquier norma social.

—¿Así es como planeas "elevar la empresa"? —espeté, sintiendo que mi rostro se tornaba rojo de furia—. Si necesitan un hotel, les aseguro que la ciudad tiene muchos.

Zahorí me miró, no con vergüenza, sino con un desafío arrogante. —No te preocupes, Sebas. Planeo ir a uno en un rato. ¿Era todo? ¿O necesitas interrumpir más cosas privadas?

Pasó a mi lado con la barbilla en alto, rozándome el hombro con una intención clara de provocarme. Me quedé a solas con Arti. Sus ojos negros no perdían detalle de mi lenguaje corporal, observándome como a una pieza de ajedrez que ya había derrotado.




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