Seductora Experta

CAPÍTULO 4: EL ARTE DEL ENGAÑO

CAPÍTULO 4: EL ARTE DEL ENGAÑO

PERSPECTIVA DE ZAHORÍ

El sol apenas empezaba a filtrarse por los cristales del edificio cuando ya estaba yo instalada en mi oficina. El silencio de la mañana era mi mejor aliado; me permitía analizar, procesar y, sobre todo, planear. Había llegado temprano con un objetivo innegociable: entrevistar a cada uno de los empleados, desde el personal de mantenimiento hasta los directivos de alto rango. Quería conocer el pulso de esta empresa, detectar las grietas y, sobre todo, encontrar el talento oculto que Yuma y Sebastián habían pasado por alto debido a su gestión emocionalmente cargada.

Fue un proceso agotador. Escuché ideas brillantes, algunas mediocres y otras que simplemente no tenían lugar en la visión que yo tenía para el futuro. Sin embargo, entre el montón de propuestas, una destacó: era una idea fresca, audaz, que encajaba perfectamente con lo que yo estaba construyendo. Cuando finalmente terminé con el último papeleo, el peso de la jornada me golpeó, pero fue un cansancio satisfactorio. Necesitaba un respiro.

Al abrir la puerta de mi oficina, mis ojos se encontraron con la silueta más bienvenida de todas.

—¡ARTI! —grité, olvidando por completo mi fachada de mujer de negocios impasible. Corrí hacia él y me lancé a sus brazos, sintiendo un alivio genuino. Él me recibió con esa calidez que solo él sabía darme, un refugio en medio de este nido de víboras.

—Qué bueno que ya llegaste, lo necesitaba —susurré.

De repente, un gruñido gutural rompió nuestro momento. Sebastián estaba allí, observándonos con una cara de pocos amigos que, honestamente, solo me hizo querer provocarlo más.

—Estamos en horario de oficina, Zahorí. No puedes comportarte así aquí —soltó él, con un tono autoritario que me hizo rodar los ojos internamente. ¿Quién se creía que era?

—Verdad que es hermoso este lugar, ¿no, Arti? —lo ignoré, centrándome en mi amigo—. Ven, te muestro dónde estarás trabajando.

Arti asintió con una sonrisa brillante y tomó la caja con mis pertenencias. Entramos a mi oficina y cerré la puerta, dejando afuera el ambiente denso y tenso del corredor.

—Bienvenido a la trinchera, Arti. —Es muy linda tu oficina, Zahorí. Tiene clase. Y ese hombre que acaba de regañarnos... vaya, está muy lindo. Corrijo: está más que lindo, está re-bueno —dijo Arti, guiñándome un ojo.

No pude evitar soltar una carcajada sonora. —Oh, vamos, Zahorí, tú sabes que es la verdad. Ahora te tengo envidia por haber pasado toda la noche intentando descifrarlo en aquel club.

Me senté en mi silla, sintiendo cómo la risa aliviaba la tensión. —No pasamos la noche juntos, Arti. Ni siquiera cerca. —Pero estuvieron a punto. Dime, ¿no regresaron viejos sentimientos al verlo de nuevo?

Me quedé en silencio. La pregunta de Arti golpeó donde más duele. ¿Regresaron? La verdad era más compleja: nunca se fueron del todo. Esa noche, en el club, cuando nuestras pieles se rozaron, estuve a un milímetro de entregárselo todo. Estaba dispuesta a olvidar cada rencor, cada desplante del pasado, y disfrutar de esa química que ni diez años de distancia habían logrado apagar. Pero luego, el choque con la realidad, la foto en su apartamento, el socio de mi hermano... todo eso fue un balde de agua fría.

Decidí no responder. Empecé a vaciar la caja para no enfrentar la mirada escrutadora de mi mejor amigo. Entre carpetas y documentos, mis dedos rozaron algo rígido: un marco de fotos. Lo saqué lentamente.

—Pensé que tal vez la querrías aquí. Para que nunca pierdas de vista tus verdaderos objetivos —dijo Arti con una voz suave.

Mis ojos se cristalizaron. La foto era antigua. Éramos nosotros tres cuando el mundo era un lugar menos cruel. Yo, a mis nueve años, con mi piel blanca y cabello negro, vistiendo ese ridículo vestido de princesa rosa que mi madre insistía en ponerme. A mi lado, mi hermano, Yuma, con apenas cinco años, presumiendo su cabello pelirrojo, con la pelota de playa que era su posesión más preciada. Y luego estaba él: Sebastián, a los siete, con sus ojos negros clavados en mí con una intensidad que, incluso en esa foto, me dejaba sin aire.

Eran recuerdos enterrados. Los guardé en el cajón más profundo de mi escritorio, como quien esconde un secreto que aún quema. Al seguir buscando, encontré una foto de Arti, posando de manera sugestiva para una revista, algo que me hizo reír a carcajadas.

—Solo por si acaso necesitas una distracción visual —bromeó él. —¿No te parece demasiado sexy? —pregunté, riendo mientras la colocaba sobre mi escritorio como un trofeo. —Amiga, me he visto más sexy y tú lo sabes. Deberías seguir mi ejemplo. Por cierto, ¿qué esperas para ponerte en marcha?

Arti se acercó y, con una naturalidad pasmosa, empezó a desabotonar mi camisa de oficina. —Espera, Arti, ¿qué haces? —dije entre risas. —Tenemos que aprovechar este cuerpo que Dios te dio para hacer razonar a ese sexy amigo tuyo. Solo imaginar la cara que pondría...

La puerta se abrió de golpe. Otra vez Sebastián. Esta vez, su mirada era de puro fuego. —¿Así te comportas en horas de oficina? —espetó, con un veneno que me hizo subir la guardia.

—No te preocupes, Sebas. Planeo ir a un hotel en un rato, así que no te pierdas la función —respondí con una sonrisa cargada de desafío. Vi cómo sus ojos se oscurecían. Se veía increíblemente sexy cuando estaba furioso, algo que me enfurecía aún más. —Yuma te está llamando —dijo él, cruzándose de brazos, con esa postura altiva que me daban ganas de golpear.

Salí de la oficina envuelta en una furia fría. Llegué al despacho de mi hermano y me senté frente a él, esperando el regaño.

—Sabes que detesto estar en medio de sus peleas. Parecen adultos, actúen como tales —dijo Yuma, suspirando. —Arti y yo no somos nada —le aclaré, riendo—. Para empezar, Arti es gay. Es mi mejor amigo, nada más. Y si lo contraté, es porque es el mejor en lo que hace. —Entiendo, pero Sebastián no lo sabe, y eso causará conflictos. —No le digas nada. Arti aún no está expuesto al mundo, son pocos los que saben su preferencia.




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