Seductora Experta

CAPÍTULO 5: LA MÁSCARA Y EL ABISMO

CAPÍTULO 5: LA MÁSCARA Y EL ABISMO

PERSPECTIVA DE SEBASTIÁN

Por mucho que mi orgullo intente negarlo, la propuesta que Zahorí presentó ante los inversores es, sencillamente, brillante. Nunca imaginé que ella pudiera articular una visión tan precisa y escalable. Sin embargo, lo que detesto, lo que hace que la bilis me suba por la garganta cada vez que la observo, es esa facilidad con la que parece utilizar su presencia y su cuerpo como una herramienta de negociación. ¿En verdad no le importa que su hermano esté presente cuando coquetea con los poderosos? ¿Es tan superficial que necesita ese tipo de validación para sentirse poderosa?

Y luego está Arti. Ese sujeto es un enigma que me genera urticaria. ¿Por qué nunca se acerca a nosotros cuando estamos en una reunión de alto nivel? Se mantiene siempre en la periferia, como un ave de rapiña, tomando notas en esa maldita libreta de cuero, observándolo todo con esos ojos negros que parecen ver a través de mis intenciones. ¿Qué es lo que documenta con tanta obsesión? Cada vez que intento acercarme, él se esfuma o Zahorí interviene. La duda se está convirtiendo en una obsesión que me impide dormir.

Después de la reunión con los empresarios, Yuma nos arrastró a su restaurante favorito para celebrar. El ambiente era extraño. Ellos dos hablaban con esa complicidad de quienes comparten secretos enterrados, mientras yo me sentía como un espectador en una obra de teatro donde no me dieron el guion.

—Zahorí, ¿puedo preguntarte algo? —dije, interrumpiendo el flujo de la conversación. Ella me miró, con esa curiosidad fingida que tan bien sabe manejar—. ¿Por qué tu "amiguito" Arti nunca se acerca a nosotros? Me parece sospechoso que, justo cuando mencionamos su nombre o necesitamos su aporte, él se retire, manteniéndose siempre a la distancia.

Zahorí soltó una sonrisa cínica. —Arti trabaja para mí, Sebastián. No se acercó a la reunión porque no es socio. No es tan complicado de entender. —¿Y qué me dices de ahora? Él está ahí afuera, en la barra, y no ha dejado de escribir en su libreta desde que llegamos. —Estaba terminando un reporte que le encargué. —¿Qué clase de reporte? —insistí, inclinándome hacia ella. —Hermanito —dijo ella, lanzándole una mirada a Yuma—, ¿tengo que informarle cada movimiento que hago con mis empleados?

Yuma, para mi sorpresa, se encogió de hombros, poniéndose del lado de su hermana. Me crucé de brazos, sintiendo la frustración burbujear en mi pecho. Pero la tensión se disipó cuando una voz femenina nos interrumpió.

—¡Zahorí! ¡No puedo creer que seas tú! —Una camarera corrió hacia nuestra mesa y se lanzó a los brazos de Zahorí.

La chica se llamaba Isabella. Mientras hablaban, pude ver una faceta de Zahorí que desconocía: la calidez, la empatía, un brillo real en sus ojos que no tenía nada que ver con su faceta de ejecutiva fría. —Zahorí fue una salvación para mí en Europa —explicó Isabella, mirándola con una devoción casi absoluta—. Sin ella, no habría podido volver a casa. Mis padres son los dueños de este restaurante, pidan lo que quieran, todo corre por mi cuenta.

Me quedé atónito. ¿Quién era realmente la mujer que tenía enfrente? Por un momento, vi a esa Zahorí amable, la que con una sola mirada te robaba el aliento, pero el momento se desvaneció tan rápido como llegó. La frialdad regresó a su rostro cuando Isabella se retiró.

—Me alegra que esté bien, pero tenemos que volver al trabajo —dijo, cortando cualquier sentimentalismo.

Los días siguientes fueron una montaña rusa de eficiencia y confusión. Zahorí resultó ser implacable. Descubrió que la mejor idea para el nuevo proyecto no venía de un ejecutivo, sino de una empleada de limpieza. La premió frente a todos, pero en el proceso, comenzó a mover piezas en la empresa que yo ni siquiera podía rastrear.

El conflicto estalló un martes por la mañana. Estaba en mi oficina cuando escuché gritos. Al salir, vi a Arturo, uno de nuestros empleados con seis años de antigüedad, vociferando contra todos. Arti estaba a un lado, grabando la escena con su celular, sin inmutarse.

—¡¿QUÉ RAYOS ESTÁ PASANDO AQUÍ?! —rugí.

—¡Señor Sebastián, la señorita Zahorí me ha despedido sin justificación! —gritó Arturo, fuera de sí—. ¡Llevo seis años aquí, no pueden echarme por unos chismes!

Fui directo a la oficina de Yuma, pateando la puerta. Zahorí estaba ahí, imperturbable. —¿Qué demonios crees que estás haciendo? —le grité—. ¡Despediste a Arturo! ¡Él es parte de la historia de esta empresa! ¿Te crees dueña de todo para jugar con el sustento de la gente? ¡Esto no es un juego!

Yuma intentó calmarme, pero estaba fuera de control. El resentimiento acumulado de años de odio hacia ella se condensó en ese momento. —¿Tú crees que esto es ayudar? ¿Despedir a los antiguos solo porque no se arrodillan ante ti? ¿O es que no quiso acostarse contigo y te vengaste?

El sonido de la bofetada fue seco, un eco que silenció todo el piso.

—¿Quieres saber por qué lo despedí? —Zahorí hizo una señal a Arti, quien entregó un documento. Ella me lo arrojó a la cara—. Léelo, Sebastián. El señor Arturo nos ha estado robando dinero sistemáticamente durante años. Él es la razón por la que la empresa estaba estancada.

Mis ojos recorrieron las cifras, las pruebas de transferencia, las pruebas de fraude. Todo estaba ahí, meticulosamente documentado. —Podría enviarlo a la cárcel, pero tuve misericordia por su familia. Ahora, debido a su escándalo, no me deja opción. Y que esto sirva de advertencia: no me importa el rango, si robas, pagas. Pueden verificar los detalles en el servidor interno bajo el hashtag #justiciazahori.

Se dio la vuelta y se fue. Yuma se quedó conmigo, con una expresión de decepción profunda. —Esta vez te pasaste, Sebas. Ella está salvando la empresa y tú solo buscas razones para odiarla. —¡No tenía derecho a actuar sin nuestro permiso! —Tienes razón en la forma, pero ella tiene razón en el fondo. Y si no aprendes a llevarte bien con ella, tal vez el que deba irse de esta oficina seas tú.




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