CAPÍTULO 6: CRISTAL, SOMBRAS Y TREGUAS
PERSPECTIVA DE ZAHORÍ
Entré en mi oficina como un vendaval, azotando la puerta con una fuerza que hizo vibrar los cristales. Me desplomé en mi silla, pero la furia no se evaporó; se transformó en un nudo opresivo en mi pecho. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía Sebastián, el hombre que compartió mis juegos de infancia, mirarme a los ojos y escupirme que yo era capaz de sabotear el legado de mi propio hermano? El dolor era una daga fría. Todo el esfuerzo, las horas sin dormir analizando balances, el haber saneado la empresa de Arturo y sus fraudes, la estrategia con los inversores... ¿nada de eso contaba?
—Oh, no. Otra vez estás hablando entre dientes y apretando los puños hasta que se te ponen blancos —la voz de Arti me sacó de mi trance. Entró con una bandeja de bocadillos gourmet—. Pensé que el azúcar te vendría bien. El estrés no le sienta nada bien a tu cutis.
Tomé una galleta, aunque no tenía hambre. El crujido en mi boca fue el único sonido en la habitación. —¿Cómo se le ocurre que sería capaz de arruinar el trabajo de mi vida? Es de Yuma, sí, pero es mío también. Es nuestra sangre, Arti. ¿Acaso no ve lo que he construido en estas pocas semanas?
Caminé por la oficina, sintiéndome una leona enjaulada. Cada paso era una descarga de energía negativa. —Tal vez si le contaras más sobre tus asuntos, sobre lo que realmente haces tras bambalinas, él no tendría espacio para esas dudas —sugirió Arti, apoyándose en el marco de la puerta. —¿Para qué? ¿Para que me diga que mis métodos son cuestionables? ¿Para que use la información en mi contra? No, gracias. Prefiero que crea lo que quiera. Estoy mejor sola. Me crucé de brazos, cerrando cualquier posibilidad de diálogo interno. —Pero te ahorrarías muchos problemas innecesarios, Nena. Sabes que el orgullo es una mala brújula. —¿Estás de su lado? —lo fulminé con la mirada. —Sabes que siempre estaré contigo, pero admito que esta empresa no es un feudo privado. Es de tu hermano, y sí, también de él. La transparencia, a veces, es la mejor armadura.
Guardé silencio. El peso de sus palabras era innegable, aunque mi orgullo se negaba a admitirlo. En ese momento, mi teléfono vibró sobre la mesa. Era una notificación cifrada: Raúl mandó más información. Tenemos que movernos.
—¿Alguna vez me vas a presentar a ese tal Raúl? —preguntó Arti, arqueando una ceja. —Puede ser. Algún día —sonreí de lado—. A Raúl no le gusta aparecer en público, es un fantasma en el sistema. Solo lo hará si la situación llega a un punto de quiebre. —Claro que es necesario conocerme —bromeó Arti—. Soy tu mejor amigo, ¡debería tener acceso al menos a su voz! —Ya veremos. Por ahora, tenemos trabajo real.
Los días siguientes fueron una coreografía de evasión. Concentré mi energía en el papeleo, enviando reportes a la oficina de Sebastián exclusivamente a través de Arti. No quería verlo, no quería escuchar su voz justificándose. Me sentía dolida, y el dolor, cuando se siente como una traición, se traduce en silencio.
Una tarde, mientras Yuma y yo almorzábamos en el restaurante de Isabella, mi hermano rompió la tregua. —¿Por cuánto tiempo más vas a estar molesta? Sebastián cometió un error, pero han pasado semanas. ¿No crees que es tiempo de perdonarlo? Dejé mi jugo sobre la mesa con un golpe seco. —Sería más fácil si él tuviera la decencia de disculparse, Yuma. ¿Cómo puede pensar que soy capaz de hundirnos? Dios, por mucho que choque con él, tú eres mi hermano. Jamás movería un dedo para lastimarte.
Antes de que Yuma pudiera replicar, alguien tropezó cerca de nosotros. Era Isabella, la camarera, con una bandeja equilibrada con maestría. —Lo siento mucho —dijo con una sonrisa radiante, acomodando los platos. Sus ojos se detuvieron en Yuma—. No sabía que tenías un hermano, Zahorí. —Es mi único hermano, así que es propiedad privada —bromeé. Todos reímos, pero noté algo diferente en Isabella. Sus ojos brillaban de una manera distinta cuando miraba a Yuma. —¿Sabes? —dije, viendo una oportunidad—. Tengo una propuesta para un proyecto de restaurantes. Me encantaría reunirme contigo y que me des tus ideas. La verdad, de gastronomía sé poco, y tu visión sería perfecta. Ella pareció sorprendida, pero asintió encantada. —Estaré feliz de ayudarte, Zahorí.
Cuando se retiró, Yuma me miró, con el cuello de la camisa pareciendo quedarle un poco apretado de repente. —¿En serio quieres invertir en un restaurante? —No sería mala idea tener uno nuestro. Ampliaría el mercado, y el concepto de "lugar exclusivo" nos daría una ventaja competitiva. ¿No te parece? —me reí internamente de su nerviosismo—. Eso sí, por ser mi primera inversión en este sector, será mejor que me acompañes, Yuma. Así evitamos roces con Sebastián. —¿Estás segura de que esa es la única razón? —pregunté, inclinándome hacia adelante. Yuma se ajustó la corbata, carraspeando con fuerza. —Pues claro, no tengo más razones. ¿Qué otra habría?
Eres tan obvio, hermanito.
Regresamos a la oficina y puse en marcha el plan: una reserva elegante, ropa enviada a la casa de Isabella, y el ambiente perfecto para que esos dos se dieran cuenta de lo que era evidente para todo el mundo.
Estaba inmersa en mis pensamientos frente a la computadora cuando un golpe suave, casi vacilante, sonó en mi puerta. —Adelante.
Mi mandíbula se tensó al ver quién entraba. Era Sebastián. Se quedó en el umbral, mirando a Arti, quien no parecía tener ninguna intención de irse. Sebastián esperó, pero al ver que Arti permanecía firme como una estatua, suspiró y se dirigió directamente a mí.
—Zahorí... yo... quería disculparme —dijo, con una voz que sonaba extrañamente sincera, despojada de su habitual arrogancia—. Nunca debí dudar de tu lealtad a la empresa. He sido un idiota, y espero que, por el bien de todos, podamos empezar de cero.
Lo miré con duda. Sebastián no era un hombre de disculpas fáciles. Algo tramaba, o quizás, el peso de su propia culpa lo había aplastado. Pero por el bien del proyecto y de Yuma, decidí aceptar la tregua, aunque fuera con cautela.
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Editado: 10.07.2026