Seductora Experta

CAPÍTULO 7: ESTRATEGIAS Y SECRETOS

CAPÍTULO 7: ESTRATEGIAS Y SECRETOS

PERSPECTIVA DE YUMA

Mi primer recuerdo de infancia es, curiosamente, una disputa. Veía a mi hermana mayor y al que, con el tiempo, se convertiría en mi mejor amigo, Sebastián, peleando a gritos por ver quién tenía el derecho de cargarme primero. Desde que tengo uso de razón, he sido el espectador forzado de sus constantes guerras. Algunas discusiones eran por nimiedades, otras por temas que hoy, con la perspectiva de la madurez, considero estúpidas. Sin embargo, en aquel entonces, el mundo parecía detenerse cuando ellos dos chocaban.

A medida que crecimos, el supuesto odio mutuo se intensificó. O al menos, eso era lo que ambos juraban a los cuatro vientos. Pero yo, que he crecido bajo la sombra de esa dinámica, sé lo que hay debajo. He sido testigo de actos de bondad que ambos han realizado por el otro, escondidos bajo capas de cinismo y orgullo. Por eso, durante años, mantuve la esperanza de que esa chispa se transformara en algo más constructivo, en una amistad real o incluso en algo que solo ellos dos podrían entender. Hoy, sin embargo, soy más pragmático: pedir que dejen de pelear es como pedirle al sol que no brille. Es su naturaleza.

Ahora, como adulto, mis preocupaciones han mutado. Ya no me desvelo por sus rabietas. Mi foco está en la empresa. Aunque Zahorí ha entrado en nuestras vidas como un huracán de eficiencia, ayudándome a enderezar el rumbo que Sebastián y yo habíamos perdido, no puedo permitirme delegarle toda la responsabilidad. Confío en ella, es innegable, pero sus métodos... sus métodos son tan poco convencionales que rozan lo esotérico. No obstante, mientras los resultados financieros sean positivos y no estemos violando ninguna ley, no tengo más remedio que apoyarla.

Por eso hoy me encuentro aquí, vistiendo uno de los mejores trajes de mi guardarropa —escogido meticulosamente por ella, por supuesto—, frente a uno de los restaurantes más caros de la ciudad. El objetivo es una cena de negocios con una nueva socia. O eso creía yo hasta que la vi llegar.

—Hola, siento llegar tarde —dijo una voz que me descolocó por completo.

Al girarme, el aire abandonó mis pulmones. Isabella lucía un vestido verde fosforescente que se ajustaba a su figura como una segunda piel, con un escote brillante y una abertura que dejaba ver sus piernas. Sus pendientes de diamantes destellaban bajo las luces de la entrada, pero nada brillaba tanto como sus ojos marrones claros.

—¿Yuma? ¿Estás bien? —preguntó, sacándome de mi estupor. —Sí, todo bien. ¿Entramos?

Una vez dentro, el mesero nos guió hacia un salón privado para dos personas. —Disculpe, creo que hay un error —dije, confundido—. Nuestra reserva es para tres personas. El mesero sonrió con una suficiencia que me irritó. —No hay error, señor. Este espacio fue reservado exclusivamente para ustedes por la señorita Zahorí.

Mi cara pasó de la confusión a una vergüenza absoluta. En ese instante, mi celular vibró. Un mensaje de mi hermana: “Espero que disfrutes. Me gusta como mi cuñada, no lo eches a perder, hermanito ;) P.D.: También reservé una suite en el hotel por si quieren prolongar la noche”. Me puse rojo, no, me puse del color de un tomate maduro. ¿Cómo demonios me había descubierto? Miré a Isabella, quien también revisaba su teléfono con el rostro encendido. ¿También la había acorralado a ella?

—Isabella, si te sientes incómoda con esta encerrona, podemos irnos —dije, tratando de recuperar algo de dignidad. —No, está bien —respondió ella, desviando la mirada hacia el menú—. Podemos quedarnos, si tú deseas...

La cena fluyó de una manera que jamás imaginé. Descubrimos que teníamos una conexión natural. Isabella me contó una versión de su historia que me dejó helado: había caído en una red de trata de personas tras una oferta de trabajo falsa, y fue Zahorí quien la rescató en un operativo policial.

—Espera, ¿mi hermana trabajó con la policía? —pregunté, estupefacto. —Ella nunca te contó nada, ¿verdad? —Isabella se rió con dulzura—. Zahorí es una caja de secretos, Yuma. Ha salvado a más personas de las que imaginas.

Esa noche me di cuenta de que no conocía a mi hermana tanto como creía. Pasamos horas hablando, riendo, y para cuando la dejé en su casa, sentía que un nuevo capítulo de mi vida había comenzado.

—Tal vez para la próxima podamos cenar solos, sin las sorpresas de tu hermana —dijo ella al despedirse. —Eso me encantaría —respondí, dándome de bruces con la acera al intentar caminar con elegancia hacia mi coche.

Cuando llegué a casa, otra nota de Zahorí me esperaba: “Qué lástima que no terminaste con una noche feliz. Mañana tenemos un viaje de negocios para cerrar un trato importante. Prepárate. Atte: tu brujita sexy”.

Bien, hermanita. Si quieres jugar, jugaremos.

A la mañana siguiente, tras un café compartido con Isabella que incluía un dibujo de corazón que casi me hace infartar, llegué a la oficina. Zahorí me esperaba.

—Buenos días, hermanito. Pasaste una buena tarde, ¿eh? —se burló con una risita maliciosa. —Tengo los boletos de avión y la reserva del hotel listos —dije, entregándole los papeles con una calma fingida. —Salir con Isabella te hizo eficiente, ¿o qué? —se rio, pero su sonrisa se borró cuando leyó los detalles del viaje. —¿ESTO ES UNA BROMA? —gritó al ver que ella y Sebastián debían compartir habitación por falta de disponibilidad. —Pensé que sería una gran oportunidad para que se llevaran mejor —dije, encogiéndome de hombros. —¡Ya nos llevamos bien! ¡Él se disculpó y me dio un regalo! —protestó. —Genial. Entonces no hay problema con que vayan al viaje juntos —sentencié—. No hay más discusión, Zahorí.

La vi salir de mi oficina echando humo por los oídos. Se acabó el juego de las muñecas; ahora, el tablero lo manejo yo.




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