CAPÍTULO 8: EL PESO DE LOS SECRETOS
PERSPECTIVA DE SEBASTIÁN
Tenía dos años y ella cuatro cuando peleamos por ver quién cargaba primero a Yuma. A los cuatro y seis, nuestra batalla fue por unos juguetes. A los diez y doce, por quién tenía más amigos. A los catorce y dieciséis, por la atención de las chicas que empezaban a rodearme. A los dieciocho y veinte, por ver quién llegaba primero a la universidad de mayor prestigio. Y entonces, a los veinte años, ella se fue.
Desde que tengo memoria, Zahorí y yo hemos vivido en un estado de guerra perpetua. Algunas peleas eran superficiales, otras marcaban el alma. Pero el día que ella se marchó, sentí un vacío inmenso. Fue una mezcla extraña de tristeza, soledad y, debo admitirlo, una paz egoísta al pensar que por fin podría vivir mi vida sin su sombra. Sin embargo, no todo fue oscuridad. Hubo momentos de una pureza que hoy, años después, me hacen cuestionar todo lo que creo saber de ella.
Recuerdo una tarde, cuando nuestras madres nos llevaron al zoológico. Yo tenía cinco años, Zahorí siete y Yuma tres. Estábamos rodeados de animales, pero ella, con esa intensidad que siempre la caracterizó, nunca se apartó del área de los conejos.
—Llevas toda la tarde aquí, Zahorí. Hay otros animales —le dije, frustrado. Ella me miró con una sonrisa que conservo grabada en la memoria: —Sebastián, ¿sabes lo que significa mi nombre? —negué con la cabeza—. Significa "persona que tiene el don de descubrir lo que está oculto". Mi nombre es como el de un conejo; ellos escarban la tierra para encontrar su alimento. Al igual que ellos, yo siempre buscaré la verdad, sin importar qué tan profundo deba cavar.
Al decir esto, cargó al pequeño conejo, y ver el brillo en sus ojos hizo que mi corazón latiera con una fuerza inusitada. —Me gustaría ayudarte —le dije, dejándome llevar por su energía. —Eso me encantaría —respondió, y en ese instante, no éramos enemigos; éramos aliados.
Es inevitable no sonreír ante ese recuerdo. Hace que mi corazón se acelere, por eso no me fue difícil elegir el regalo de cristal para ella. Sin embargo, mis cavilaciones fueron interrumpidas por una alarma en mi teléfono. Abrí la aplicación que me permitía monitorear, en secreto, lo que sucedía en la oficina de Zahorí. La vi entrar, furiosa, seguida por ese sujeto que tanto detesto: Arti.
—¿Y ahora qué hizo Sebastián? —preguntó ella, sentada con frustración. —Él no hizo nada, es mi hermano —respondió Zahorí—. Quiere que vaya al viaje de negocios con Sebastián.
Mis ojos se abrieron de par en par. ¿Yuma quería eso?
—Pensé que todo estaba mejor entre ustedes —dijo Arti con una familiaridad que me encendió la sangre. —Ha estado mejor, y quiero que siga así. ¿Te imaginas si nos quedamos a solas? —dijo ella, apoyándose en el escritorio—. No sé qué podría pasar. —Nena —insistió Arti, ignorando mi furia tras la pantalla—, ¿te preocupa quedarte a solas con él porque pueden pelear, o porque pueda pasar algo más?
Zahorí se sonrojó profundamente y frunció el ceño. —No seas ridículo. —Entonces aprovecha esta oportunidad para acercarte más a él y, de una vez por todas, decirle toda la verdad.
¿La verdad? ¿De qué verdad habla? ¿Qué es lo que Zahorí me oculta? Antes de que pudiera escuchar más, ella se levantó y salió de la oficina. Minutos después, llamaron a mi puerta. Era ella, con la carpeta del proyecto en la mano.
—Yuma quiere que vayamos al viaje juntos —me dijo, sentándose con las piernas cruzadas. Su postura era defensiva, pero sus ojos buscaban algo en los míos—. La reunión es con el señor Bruno, de inversiones Frox. Es el proyecto más grande que he manejado, Sebastián. Necesito que esto salga bien. —Te comprendo —respondí, tratando de mantener la calma—. Y no te preocupes, te apoyaré en todo.
Ella levantó una ceja, dudando, pero asintió. —Salimos el lunes.
Esa noche, buscando distraerme, terminé en un bar. Todo me parecía aburrido hasta que, por un descuido, choqué con una chica y su bebida terminó en el suelo. —Oh, lo siento mucho —dijo ella. Al levantar la mirada, sus ojos se abrieron como platos—. ¿Sebastián? ¿Eres tú? —Disculpa, ¿te conozco? —pregunté, confundido. —Soy Mindy, la amiga de Katy.
Katy. La chica más popular de la escuela, mi exnovia, el fantasma de mi adolescencia. Mindy había cambiado tanto que me costó reconocerla. Ahora era periodista, una mujer segura de sí misma. Charlamos un rato sobre el rumbo de nuestras vidas, hasta que el tema inevitable salió a la luz: mi empresa y el video que se había hecho tendencia: la humillación de Zahorí al señor Arturo.
—Por cierto, ¿quién es esa chica? —me preguntó Mindy—. Necesito una entrevista con ella. —Es Zahorí —respondí, y la expresión de Mindy cambió radicalmente. —¿Zahorí? ¡Por Dios! Se ha vuelto más increíble de lo que era. Me alegra que, después de todo, tú y ella por fin estén juntos.
Me quedé helado. —¿Zahorí y yo? ¿Por qué habríamos de estar juntos? —Todo el mundo pensaba que se gustaban por cómo se protegían —dijo ella con nostalgia—. ¿No lo sabías? En secundaria, cuando Katy estaba jugando contigo tras haber estado con medio colegio, fue Zahorí quien la enfrentó. La amenazó con sacar todos sus secretos si no se alejaba de ti. No sé de dónde sacó tanta información, pero la hizo temblar.
Cada palabra era un golpe. —También peleó con unos tipos que querían cobrarte dinero —añadió Mindy—. Siempre decía que, sin importar el costo, protegería a quienes amaba.
Mindy se fue poco después, dejándome solo con un nudo en el estómago que amenazaba con asfixiarme. ¿Ella hizo todo eso por mí? ¿Por qué jamás me enteré? ¿Qué más he ignorado durante todos estos años?
Pasé el fin de semana en vela, con un solo nombre martilleando en mi cabeza: Zahorí. El viaje del lunes ya no era una simple reunión de negocios; era una cacería de respuestas.
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Editado: 10.07.2026