Seductora Experta

CAPÍTULO 9: BAJO EL CIELO DE PARÍS

CAPÍTULO 9: BAJO EL CIELO DE PARÍS

PERSPECTIVA DE ZAHORÍ

Durante todo el fin de semana, mi mente se convirtió en un laberinto con un único habitante: Sebastián. Su comportamiento reciente desafiaba toda lógica. El hombre que solía mirarme con desconfianza y responder a cada una de mis provocaciones con un despliegue de arrogancia, ahora se mostraba extrañamente dócil. Demasiado amable. Demasiado comprensivo. Su mirada parecía buscar algo en mí que yo no estaba lista para entregar.

El eco de mis propios pasos sobre el parqué de mi departamento fue interrumpido por el sonido de la cerradura. Arti entró cargando una carpeta, con esa expresión de perpetuo cansancio que adoptaba cuando el trabajo se acumulaba.

—Zahorí, ¿qué haces ahí sentada en la oscuridad? Es hora de irnos —dijo, dejando las llaves sobre la mesa del recibidor. Asentí en silencio, poniéndome de pie con un suspiro que pareció arrastrar toda la incertidumbre de los últimos días. —Sí... —lo miré fijamente—. ¿Ya sabes exactamente lo que tienes que hacer? Arti me sostuvo la mirada, arrugando el entrecejo con evidente escepticismo. —¿Estás completamente segura de que quieres que haga esto? —preguntó, cruzándose de brazos. —Sebastián se está comportando de una manera que me aterra, Arti —comencé a caminar en círculos por la sala, gesticulando con frustración—. Ha estado atento, detallista, midiendo sus palabras... cosas que jamás ha sido conmigo. ¿Y si resulta que descubrió que padece una enfermedad terminal? ¿Y si está a punto de morir y por eso quiere hacer las paces con el mundo?

Arti soltó una carcajada seca y volteó los ojos con dramatismo. —No creo que se trate de una tragedia médica, nena. Estás sobreanalizando las cosas. —No lo sé —insistí, asintiendo repetidas veces para intentar convencerme a mí misma—. Solo necesito que sigas su rastro discretamente. Averigua qué rayos le está pasando, con quién habla, qué hace cuando no está en la oficina. ¿Me lo prometes?

Él soltó un largo suspiro de resignación, pero terminó por asentir. —Está bien. Monitorearé sus movimientos mientras estés fuera.

En ese instante, la pantalla de mi teléfono se iluminó con una notificación. Es Sebastián. El mensaje era conciso: ya estaba en la terminal del aeropuerto esperando por nosotros.

Con la ayuda de Arti, cargamos las maletas y nos dirigimos al aeropuerto de la ciudad. Al llegar, la figura de Sebastián destacaba entre la multitud junto a Yuma. Mi hermano me dedicó una sonrisa cargada de una complicidad que me hizo desconfiar de inmediato, mientras que Sebastián mantenía una expresión neutra, casi indescifrable. Tras una rápida despedida de Yuma y de Arti, nos embarcamos en el vuelo de primera clase.

Al acomodarme en el asiento contiguo al de Sebastián, lo observé de reojo. Tenía ojeras marcadas y una rigidez en los hombros que delataba una absoluta falta de sueño. Parecía que el fin de semana también había sido un calvario para él. Estuve a punto de romper el hielo y preguntarle si se encontraba bien, pero antes de que pudiera articular palabra, él se colocó unos lentes oscuros, se puso los audífonos de diadema y se reclinó en el asiento, cerrando los ojos.

¿Acaso me está ignorando a propósito después de su escenita de disculpas?, pensé, sintiendo un pinchazo de irritación. Para distraerme, saqué mi teléfono y revisé el chat cifrado de Raúl.

Zahorí: Ya estoy en el avión. Despegamos en un momento. Cualquier novedad con las cuentas de la empresa, me avisas de inmediato. Raúl: Qué bueno. Por cierto, gracias por la gestión del apartamento que me conseguiste. Me encanta la vista de este lugar, es perfecta para trabajar sin ser molestado. Zahorí: Solo lo mejor para mi mejor informante, y lo sabes. ¿Todo el sistema de respaldo está listo por si hay alguna brecha en el servidor principal mientras estoy fuera? Raúl: Ya sabes que sí. Todo está bajo llave digital. Por cierto, ¿cuándo me darás unas vacaciones de verdad? Este trabajo de fantasma agota. Zahorí: Te prometo que te las daré pronto, solo tenemos que cerrar esta fase con inversiones Frox. Nos vemos al regresar.

Guardé el dispositivo. Al no tener nada más que hacer, decidí imitar a mi compañero de viaje. Me acomodé contra la ventanilla y dejé que el zumbido de los motores del avión me arrastrara al sueño.

Cuando abrí los ojos, el capitán anunciaba que estábamos a pocos minutos de iniciar el descenso. Me estiré un poco y, al girar la cabeza, me di cuenta de que Sebastián ya no dormía. Tenía la pantalla de su teléfono encendida y observaba con fijeza una imagen digitalizada. Me incliné ligeramente y ahogué una exclamación al reconocer la fotografía: éramos nosotros dos, junto a Yuma, durante nuestro segundo año de secundaria.

—Por Dios... no me acordaba de que vestía esa ropa tan ridícula —comentó Sebastián, soltando una risa suave, desprovista de malicia. —Era la moda en ese momento, no te burles —respondí, sintiendo una calidez extraña en el pecho al compartir ese instante de ligereza con él—. ¿Por qué estás viendo fotos tan antiguas precisamente ahora?

Sebastián bloqueó la pantalla del teléfono con un movimiento pausado y giró el rostro hacia mí. Sus ojos, despojados de las gafas de sol, me escudriñaron con una intensidad que me obligó a sostenerle la mirada.

—Solo estaba pensando en todas las tonterías que hice cuando era joven —confesó, con una nota de melancolía en la voz—. En cómo fui capaz de pasar por alto tantas cosas... o tal vez simplemente no quise verlas. No lo sé. Su tono me desconcertó. —¿Desde cuándo te dio por ponerte filosófico y pensar en ese tipo de cosas, Sebastián? —le pregunté, arqueando una ceja—. Éramos unos niños. Todos cometimos errores en esa época. Él no apartó los ojos de mí. Su mirada parecía albergar un destello de esperanza, una vibración idéntica a la de aquel niño que en el zoológico prometió ayudarme a buscar la verdad. El mismo brillo del que, en secreto y en silencio, me había enamorado hacía años. —¿Hasta tú cometiste errores, Zahorí? —preguntó en un susurro. Sostuve el aire en mis pulmones por un segundo antes de responder. —Hasta yo.




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