Seductora Experta

CAPÍTULO 10: EL SILENCIO Y EL DESEO

CAPÍTULO 10: EL SILENCIO Y EL DESEO

PERSPECTIVA DE SEBASTIÁN

Estar en París no era lo que me imaginaba. En mis planes, esto habría sido un viaje de negocios frío, metódico y estrictamente profesional. Pero estar aquí, en esta habitación con una sola cama, junto a Zahorí, ha transformado toda la dinámica en algo que me resulta difícil de controlar.

Ella se movió en el otro extremo del colchón, y pude escuchar su respiración entrecortada. Sabía que no estaba dormida, aunque intentaba fingir que sí. La luz de la luna se filtraba por el ventanal, iluminando el perfil de su rostro. Se veía tan diferente a la mujer implacable que vi el otro día despidiendo a Arturo; aquí, envuelta en la penumbra, parecía la misma niña que conocí hace años, con esa mezcla de fragilidad y fuerza que siempre me ha fascinado y aterrorizado a partes iguales.

Cerré los ojos, tratando de alejar los pensamientos de Mindy, de todo lo que me contó sobre cómo Zahorí me había protegido en el pasado. ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué nunca me dijo nada? Cada vez que creo que la entiendo, ella da un paso que me descoloca.

Me giré lentamente, asegurándome de no hacer ruido. A pesar de la distancia que ella intentaba mantener, el calor que emanaba su cuerpo era un imán. Recordé el conejo de cristal que le regalé. Cuando le vi los ojos cristalizados al recibirlo, supe que había tocado una fibra que ella creía haber sellado bajo llave.

—No estás dormida, Zahorí —susurré, rompiendo el silencio de la habitación.

Ella no se movió, pero su respiración se detuvo un segundo antes de volver a su ritmo normal.

—Tú tampoco —respondió ella con la voz ronca, sin darse la vuelta. —Es difícil dormir cuando siento que estamos en medio de una tregua armada —admití. Me armé de valor y me acerqué un poco, hasta que nuestros hombros casi se tocaron—. ¿Por qué no puedes ser sincera conmigo? Aunque sea por una sola noche, lejos de la empresa y de las máscaras.

Zahorí se tensó. Lentamente, se giró para quedar frente a mí. La oscuridad apenas nos permitía vernos, pero podía sentir la intensidad de su mirada. —¿Qué quieres que te diga, Sebastián? ¿Qué quieres que confiese? —Quiero saber por qué me protegiste de Katy. Quiero saber qué otras cosas has hecho por mí que no tengo idea —solté, lanzando la bomba sin previo aviso.

Vi cómo sus ojos se abrían con sorpresa. Se quedó muda, procesando que yo sabía algo que ella había mantenido oculto durante años. —¿Cómo te enteraste...? —su voz apenas fue un hilo. —Eso no importa. Lo que importa es que siempre te vi como mi enemiga, como alguien que quería destruirme, cuando resulta que quizás eras la única que me cuidaba.

Ella soltó una risa amarga y se cubrió el rostro con las manos. —Fuiste tan ciego, Sebastián. Siempre tan orgulloso, tan lleno de rabia por cosas que ni siquiera comprendías. No te protegí porque quisiera tu gratitud, lo hice porque... —se detuvo abruptamente, cortando la frase.

Me acerqué más, ignorando el miedo a su reacción. Estábamos tan cerca que podía sentir el aroma de su perfume, un aroma que me recordaba a todos esos años perdidos. —¿Porque qué, Zahorí? ¿Porque qué?

Ella no respondió. En lugar de eso, buscó mi mano bajo las sábanas. Fue un contacto breve, una chispa eléctrica que recorrió mi columna vertebral. Por un momento, el odio, el orgullo y los años de competencia desaparecieron, dejando solo el deseo crudo que había estado ignorando desde que la vi en el club, antes de saber que era ella.

—Mañana tenemos una reunión que definirá nuestro futuro —dijo ella, recuperando un poco de su frialdad—. Si fracasamos, todo lo que Yuma y yo hemos hecho se vendrá abajo. No es momento para hablar del pasado. —El pasado es lo único que nos impide avanzar, Zahorí.

La miré, viendo cómo su determinación flaqueaba. Por primera vez, no vi a la socia de mi mejor amigo, no vi a la ejecutiva fría. Vi a la mujer que me hizo prometer hace años que la ayudaría a descubrir la verdad. —Dormiremos —sentenció ella, dándose la vuelta otra vez—. Mañana será un día largo.

Me quedé mirando su espalda, sintiendo la frustración de no haber conseguido las respuestas que buscaba. Pero mientras cerraba los ojos, su mano todavía buscaba la mía bajo la sábana. Quizás, después de todo, la tregua no estaba tan armada como pensaba. Mañana, frente a los inversores, tendríamos que ser un equipo, pero esta noche, en París, éramos dos náufragos intentando no ahogarse en lo que sentíamos el uno por el otro.

¿Qué te parece? ¿Crees que mañana, durante la reunión con los inversores, podrán mantener esa "tregua" o la tensión entre ellos terminará afectando el negocio? ¡Dime si quieres que continúe con el capítulo de la reunión!




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.