CAPÍTULO 12: ENTRE LA FURIA Y LA ENTREGA
PERSPECTIVA DE ZAHORÍ
Dentro de la cabaña, el bullicio era constante. Me mostraron un vestido de encaje blanco que, aunque no era una pieza de alta costura, fue adaptado con maestría para lucir como el traje nupcial más elegante. Mientras el equipo de moda me ajustaba el corsé, me maquillaban y colocaban el velo, me sentía como una espectadora de mi propia vida.
Cuando estuve lista, me guiaron hacia el exterior. La noche en la montaña había caído con una intensidad gélida, pero el jardín estaba bañado en una calidez dorada gracias a cientos de pequeñas luces amarillas que destellaban entre los árboles. El sonido de un violín comenzó a flotar en el aire, marcando el compás de mi caminata. A pocos metros, rodeado de nuestros anfitriones, estaba Sebastián.
Al cruzar miradas, el tiempo pareció detenerse. Se veía impecable con su traje oscuro, y verlo allí, esperando por mí en una ceremonia que jamás imaginé, hizo que mi corazón golpeara mi pecho con una fuerza casi dolorosa.
—Yo, Sebastián, te acepto a ti, Zahorí, como mi futura esposa —dijo él, con una intensidad en los ojos que me desarmó por completo. Ojalá hubiera una chispa de autenticidad en esa mirada, algo que no fuera solo parte del contrato.
—Yo, Zahorí, te acepto a ti, Sebastián, como mi futuro esposo —mi voz sonó quebrada, un hilo apenas audible. Traté de contener las lágrimas, pero el peso de la farsa me estaba partiendo el corazón en mil pedazos.
—Ahora, los novios pueden besarse —anunció el oficiante.
Había olvidado ese detalle. Sebastián no dudó ni un segundo. Se acercó, su mano rodeó mi mejilla con una delicadeza que me robó el aliento y sus labios encontraron los míos. El beso fue dulce, adictivo, una tortura perfecta que me hizo sentir un vacío insoportable al separarnos.
—Tengo el honor de presentarles al matrimonio Gray —exclamó alguien, y los aplausos estallaron a nuestro alrededor.
Durante la cena, me limité a sonreír y asentir, asumiendo mi papel con una máscara de hierro. Sin embargo, todo cambió cuando mi teléfono vibró en mi bolso con una llamada de Arti. Me alejé hacia un rincón oscuro de la cabaña para contestar.
—Hola, querida. ¿Cómo ha ido la farsa? —preguntó Arti. —Podría estar mejor. ¿A qué debo tu llamada, Arti? —Estuve investigando lo que me pediste. Sebastián estuvo saliendo mucho, de fiesta en fiesta —suspiró—. Lo interesante es que, en una de esas reuniones, se encontró con Mindy. Ella ahora trabaja para uno de los periódicos más importantes del país.
Mis ojos se abrieron de golpe. —¿Mindy? ¿La soplona de Katy? ¿Qué tiene que ver ella con el comportamiento de Sebastián? —Mindy le contó sobre la amenaza que le hiciste a Katy cuando eran adolescentes. Le dio detalles de cómo protegías a Sebastián de todo el mundo, ocultándote en las sombras. Él ahora lo sabe todo, Zahorí.
La sangre se me heló. —¿Quieres decir que su cambio de actitud... es solo por lástima? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta. —No estoy seguro, pero ahora él conoce la verdad de tu lealtad.
Colgué antes de que pudiera responder. Una furia ciega, fría y punzante, comenzó a recorrer mis venas. ¿Todo este tiempo me estuvo manipulando, sabiendo que yo estaba ahí, dispuesta a darlo todo por él, mientras me humillaba?
Regresé a la mesa y, sin medir las consecuencias, empecé a beber una copa tras otra. —Querida, tal vez debas bajarle al alcohol —me sugirió una de las invitadas. Le sonreí con desdén y me serví otra, bebiéndola de golpe.
Al final de la noche, el señor Bruno nos guio a nuestra habitación, la cual habían decorado como si fuera la luna de miel de una pareja real. Al entrar, cerré la puerta con fuerza. Estaba temblando de rabia. Tomé una botella de champán y le di un trago largo, ignorando la mirada de Sebastián.
—Creo que ya es suficiente —dijo él, acercándose con cautela—. Sé que no te agrada este matrimonio, pero emborracharte no va a solucionar nada. —¿En serio? —solté un hipo, dándome la vuelta para enfrentarlo—. ¿Quieres saber por qué estoy así? Es tu culpa, Sebastián. Sé que hablaste con Mindy.
Sebastián guardó silencio, su expresión transformándose en algo oscuro. —¿De eso se trata todo? —suspiró—. Escucha, Zahorí, si hubiera sabido todo lo que hiciste por mí durante años... yo jamás...
—¿Jamás me hubieras tratado mal? ¿O jamás te hubieras fijado en mí? —lo interrumpí, acercándome con pasos vacilantes—. Crees que con tus encantos puedes tenerme siempre a tus pies, ¿verdad? Pues tengo noticias para ti, Sebastián: ya no soy esa niña que se queda esperando en las sombras.
Él me sostuvo por la cintura para evitar que cayera. —Lo sé —susurró, acercando su mano a mi rostro. Su tacto hizo que mi respiración se cortara—. Ahora eres toda una mujer.
Sus labios se estrellaron contra los míos. Fue un beso voraz, cargado de una frustración que llevábamos acumulando años. La ropa estorbaba, y en un arrebato de deseo puro, comenzamos a deshacernos de ella, prenda tras prenda, perdiendo la noción del tiempo y del contrato.
—Zahorí, ¿estás segura? No quisiera que... —intentó decir, pero lo silencié con otro beso. —No te voy a dejar ir —sentencié, y en ese momento, el placer tomó el control.
Sentí un dolor agudo cuando nos unimos, pero él me besó el cuello, murmurando promesas que no sabía si cumpliría. —Lo convertiré en placer —prometió—. Ahora es mi turno de protegerte... te lo prometo.
Con esas palabras, el mundo se desdibujó, dejando solo el calor de su cuerpo y la promesa de un futuro que ya no podíamos evitar.
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Editado: 10.07.2026