Seductora Experta

CAPÍTULO 14: LAS REGLAS DEL JUEGO

CAPÍTULO 14: LAS REGLAS DEL JUEGO

PERSPECTIVA DE SEBASTIÁN

Los rayos del sol se filtraban por la ventana, acompañados por el canto de los pájaros y una brisa fresca. Abrí los ojos con una sonrisa involuntaria; el recuerdo de lo vivido la noche anterior me invadió con una calidez inmensa. Giré la cabeza hacia el lado vacío de la cama, esperando encontrar a Zahorí, pero el espacio estaba frío. Se había ido hace tiempo. Un suspiro de cansancio escapó de mis labios. ¿Habría sido un error? No, me negué a aceptarlo. Lo de anoche no fue un error; fue, sin duda, una de las experiencias más reales que he vivido.

Me levanté, me duché y me vestí, con la mente divagando sobre qué estaría pensando ella en ese momento. Lo que sí tenía claro era que no pensaba darme por vencido; si Zahorí quería construir muros, yo estaba dispuesto a derrumbarlos piedra por piedra.

Salí en su búsqueda y no tardé en encontrarla desayunando con nuestro socio. Me acerqué lentamente por detrás, posé mis manos en sus hombros y dejé un beso suave en su mejilla. Ella se tensó, pero luego me regaló una sonrisa impecable para los demás.

—Buenos días, cariño —dije, tratando de sonar natural. —Buenos días a todos —respondió Zahorí, ignorando mi contacto y bebiendo de su jugo. —¿Dormiste bien, querida? —le pregunté, acercándome un poco más.

Ella asintió sin mirarme. Bruno, que observaba la escena con satisfacción, comentó: —Veo que la pasaron muy bien anoche. Zahorí se puso roja al instante, y yo no pude evitar sonreír con complicidad. —Estamos muy agradecidos por su hospitalidad —dije, pasando un brazo alrededor de ella. Sentí cómo se tensaba bajo mi tacto, pero no se apartó—. ¿Verdad, cariño?

Tras una breve despedida y la promesa de cerrar el contrato al regresar a la ciudad, quedamos solos en la habitación. Apenas se cerró la puerta, Zahorí se alejó de mí como si le quemara.

—No era necesario actuar tan enamorados —dijo, intentando recuperar la compostura mientras se acomodaba el pelo, un gesto claro de sus nervios. —Yo no estaba actuando —respondí, dándole un paso. Ella se giró para enfrentarme—. Zahorí, no sé qué recuerdes de anoche, pero... —No sé qué pasó anoche, pero será mejor que tú también lo olvides —sentenció, intentando huir de la habitación. Le bloqueé el paso. —Te prometí que ahora era mi turno de protegerte —dije con seriedad—. Y pienso cumplir mi promesa.

Ella me miró en silencio, con los ojos llenos de una tormenta que no supe descifrar, y salió de la habitación. Durante todo el camino de regreso, el silencio fue sepulcral. No me miró, no me dirigió la palabra. El miedo a que se arrepintiera de nuestra entrega me carcomía por dentro.

Al llegar a la ciudad, nos dirigimos directamente al hotel para recoger nuestras pertenencias antes del vuelo. Zahorí me miró de frente, con una frialdad que dolía.

—El avión sale en dos horas. Deberíamos decirle a Yuma lo que pasó. Si Bruno decide hablar con él, no podemos permitir que nos pille desprevenidos —dijo ella, esquivando el tema de nosotros. —¿También vas a comentarle lo que pasó entre nosotros? —pregunté, acercándome a ella con la urgencia que me quemaba el pecho. —Te dije que olvidaras lo que pasó anoche —respondió ella. —Pero yo no quiero olvidar. —Le acaricié la mejilla; su respiración se agitó inmediatamente—. Anoche fue la mejor noche de mi vida. Jamás voy a poder olvidar el tacto de tu piel, tu sabor... —bajé a besar su cuello, escuchando cómo soltaba un gemido de placer—. Ni tus dulces labios.

No pude contenerme. Atrapé su boca en un beso cargado de necesidad. Ella me recibió con el mismo ímpetu, pero después de unos segundos, se separó bruscamente, con el pecho agitado.

—Sebastián, tenemos que parar —dijo con la voz entrecortada. —Yo no quiero parar. No quiero olvidar. Quiero que esto se repita todo el tiempo posible.

Intenté besarla de nuevo, pero se apartó con decisión y se encerró en su habitación, dejándome solo con mi frustración. ¿Qué diablos iba a hacer con ella?

Al llegar al aeropuerto, Yuma nos esperaba con una sonrisa pícara. —¿Cómo estuvo el viaje? Espero que todo haya sido... placentero —soltó él. Zahorí le dio un golpe en el hombro, visiblemente molesta. —Deja de decir estupideces —ordenó ella.

Fuimos a un restaurante cercano para poner las cartas sobre la mesa. Cuando el camarero se retiró, Yuma nos miró fijamente. —Tienen esa cara de quien oculta algo grande. ¿Qué me quieren decir?

Zahorí me cedió el turno con un gesto. —Logramos convencer a Bruno de firmar —dije, y procedí a explicarle todo: el requisito de la empresa familiar, nuestra mentira sobre ser hermanos, y la improvisada boda.

Yuma escuchaba sin parpadear. Cuando terminamos, el silencio fue denso. —¿Y ahora qué? —preguntó Yuma finalmente. —Mientras terminamos el trato, seguiremos casados. Después, nos divorciaremos —respondió Zahorí, suspirando.

Yuma sonrió de una manera que no me gustó nada. —Está bien, pero con una condición: a partir de ahora, ambos vivirán juntos como un matrimonio de verdad. Bruno tiene gente en todos lados, no podemos arriesgarnos a que esto se salga de control. ¿Están de acuerdo?

Zahorí soltó un gruñido de indignación, pero asintió a regañadientes. Yo, sin embargo, no pude evitar sonreír. —Estoy de acuerdo —dije.

—Bien, entonces así quedamos, cuñado —dijo Yuma, soltando una carcajada mientras Zahorí se quejaba por lo bajo. —Me gusta cómo suena eso —murmuré para mis adentros.

La partida apenas comenzaba.




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