CAPÍTULO 15: LA SOMBRA DEL PASADO Y LA PROMESA DEL PRESENTE
PERSPECTIVA DE UN DESCONOCIDO
Me observé en el espejo, analizando mi reflejo; sigo siendo igual de seductora que siempre. Tomé el labial rojo de la repisa y delineé mis labios con precisión quirúrgica, un ritual que precede a cada uno de mis movimientos calculados. El teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje nuevo.
Desconocido: Todo está listo.
Una sonrisa gélida se dibujó en mi rostro.
Respuesta: Perfecto. Manda las invitaciones.
Dejé el dispositivo en su lugar y volví a mirar mi reflejo por décima vez. Mi querido Sebastián, no tienes idea de cuánto tiempo he esperado para volverte a ver. El juego está por comenzar.
PERSPECTIVA DE SEBASTIÁN
La sorpresa que sentí ante la reacción de Yuma aún perduraba. Esperaba cualquier cosa, desde una negativa rotunda hasta una advertencia violenta, pero jamás su aprobación y mucho menos su insistencia en que Zahorí y yo conviviéramos. Me sentía afortunado; durante el tiempo que estuviéramos casados, haría hasta lo imposible por reconquistarla.
Tras la comida, fuimos al departamento de Zahorí para dejar nuestras cosas. Mientras ella se duchaba, Yuma y yo nos quedamos en la sala con una cerveza, disfrutando de un extraño momento de calma.
—¿Crees que puedas vivir con mi hermana sin terminar matándose? —preguntó Yuma con una carcajada—. Ella no es precisamente fácil. —No me cabe la menor duda de que habrá chispas —respondí, dándole un trago a mi bebida. Yuma borró su sonrisa, mirándome con seriedad—. Yuma, ¿tú sabías que Zahorí me protegió en varias oportunidades sin que yo me diera cuenta? Él desvió la mirada. —¿Qué tanto sabes? —preguntó. —Lo sabías —dije, sintiendo una punzada de amargura—. ¿Por qué jamás me lo dijiste? Durante años la odié. Todo pudo ser diferente si hubiera sabido quién era ella en realidad. —¿De verdad crees que hubiera sido diferente? —mi amigo se inclinó hacia adelante—. A pesar de las peleas, ella siempre estuvo cerca. Nunca se alejó. ¿Eso no te dio una pista de lo que sentía?
Pasé las manos por mi rostro, frustrado conmigo mismo. —Soy un idiota. —Éramos unos niños —concedió Yuma—. La pregunta es: ¿qué piensas hacer ahora? Lo miré directamente a los ojos, sin vacilar—. Te digo esto como hermano de Zahorí: me gusta ella y quiero estar con ella. —¿Y si ella no quiere estar contigo? —Haré todo lo posible para que no sea así. —¿Pero si falla? ¿Si a pesar de tu esfuerzo ella decide que no quiere nada contigo? —Si llega ese momento y ella me pide que me aleje, me daré por vencido —admití, aunque el solo pensamiento me causaba dolor—. Pero jamás volveré a dejarla sola. Ahora me toca a mí protegerla.
El silencio se apoderó de la sala. Yuma me observó largamente. —Si me hubieran dicho que terminarías enamorado de mi hermana, me habría reído en tu cara —confesó—. ¿De verdad lo estás? —No sé si es amor absoluto, pero es algo más profundo que todo lo que he sentido antes. —Como hermano, no puedo darte mi bendición porque no conozco sus sentimientos actuales hacia ti. Como amigo... te diré que te gustan los retos, Sebastián. Te deseo lo mejor.
El apoyo de Yuma me dio una esperanza renovada. Cuando Zahorí salió finalmente de su habitación, pasamos el resto de la noche conversando, hasta que Yuma se marchó y nos quedamos solos.
—Este será tu cuarto —dijo Zahorí, mostrándome una habitación cómoda. La suya estaba justo enfrente—. Dormiremos separados mientras estemos solos. Si hay visitas, compartiremos cuarto para mantener la farsa. Buenas noches.
Antes de que pudiera entrar, la sujeté suavemente por la muñeca. —Zahorí, sé que me escuchaste hablar con tu hermano —ella me miró, sorprendida—. Cada palabra que dije sobre querer estar contigo... es verdadera. —Buenas noches, Sebastián —respondió, y se refugió en su cuarto.
A la mañana siguiente, me levanté antes que ella. Preparé un desayuno completo: tostadas con mantequilla, tocino, salchichas, huevos y galletas de chispas de chocolate. El aroma invadió el departamento.
—Huele muy bien —dijo ella al aparecer. —Espero que tengas hambre.
Al servirla, el aroma de su perfume me golpeó, deleitando mis sentidos. Me senté frente a ella, tratando de contener mis impulsos, pero al escuchar un pequeño gemido de placer al probar mi comida, perdí el control.
—Perdóname, pero no aguanto más —dije, levantándome para acortar la distancia entre nosotros. La besé con desespero y deseo, y ella, para mi alivio, me recibió con la misma intensidad. —Te quiero, Zahorí —susurré contra sus labios—. Joder, no sabes cuánto.
Al abrir los ojos, vi que lágrimas rodaban por sus mejillas. —¿Por qué lloras? —pregunté, preocupado. —Porque sé que en algún momento despertaré y todo esto será una realidad de la que querré huir —confesó ella. —Esto no es un sueño, Zahorí. Es nuestra realidad.
Decidimos mantener el matrimonio en secreto durante el horario laboral. Sin embargo, antes de entrar a mi oficina, hice una parada estratégica en la de Yuma.
—Buenos días, Yumita —dije entrando con una sonrisa. Él me miró con cara de pocos amigos. —¿En serio me acabas de llamar "Yumita"? —¿Tan feliz estás por estar con mi hermana? —preguntó. —Nunca pensé que esto sería posible —respondí con sinceridad. —Lo mismo digo. Solo te pediré algo, Sebastián: no quiero que me cuentes detalles de su vida íntima. No quiero tener que elegir entre mi hermana y mi mejor amigo, pero si me toca hacerlo... —me miró fijamente y un escalofrío recorrió mi espalda—. Elegiré a mi hermana sin ninguna duda.
Tragué saliva y asentí. Sabía que Yuma era pacífico, pero cuando se trataba de su familia, era un hombre al que valía la pena temer.
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Editado: 10.07.2026