CAPÍTULO 19: LA VERDAD SALE A LA LUZ
PERSPECTIVA DE ZAHORÍ
Los rayos del sol se colaban por la ventana, golpeándome directamente en la cara. Intenté moverme para escapar de la luz, pero fue inútil; un peso familiar me aprisionaba. Volteé con cuidado y vi a Sebastián durmiendo plácidamente, con una expresión de paz que me hizo sonreír.
Ya no podía seguir negándolo: estaba perdidamente enamorada de mi esposo. Aún no estaba lista para decírselo; necesitaba que él supiera toda la verdad sobre mi pasado antes de considerar un futuro real juntos.
—Si sigues mirándome así, me voy a derretir —dijo Sebastián, sin abrir los ojos. —Yo soy la que se está derritiendo por el sol —reí, tratando de zafarme—. Y no puedo moverme porque me tienes acorralada.
Él sonrió, dio media vuelta conmigo en sus brazos y nos acomodó de tal forma que los rayos le dieran a él. —Así es mejor. —Tenemos que levantarnos, se nos hará tarde —susurré, acurrucándome en su pecho. —No vayamos. Somos los jefes, nadie nos dirá nada. —Precisamente por eso debemos dar el ejemplo.
Él me besó con una intensidad que me cortó el aliento, pero el momento se rompió cuando un mareo repentino me obligó a alejarme. Corrí hacia el baño, sintiendo náuseas incontrolables.
—¿Estás bien? —preguntó Sebastián, preocupado, desde la puerta. —Sí... es solo que no he comido bien estos días. Mi "chef personal" ha estado ocupado —intenté bromear, rodeando su cuello con mis brazos. —Entonces vamos a cambiar eso.
Me llevó en brazos hasta la cocina como si fuera un tesoro. Mientras preparaba el desayuno entre bailes y canciones, no pude dejar de sonreír. Después de desayunar, nos dirigimos a la oficina. Al llegar, Arti me recibió con una sonrisa pícara, pero nuestra conversación se vio interrumpida violentamente cuando la puerta de mi oficina se abrió de golpe.
Katy entró, hecha una furia. —¡Eres una zorra asquerosa! —gritó, clavando sus ojos en mí—. ¿Cómo te atreves a meterte entre Sebastián y yo?
—Llamaré a seguridad —dije, manteniendo la calma. —Tú no te metas donde no te llaman —espetó Katy hacia Arti, quien apenas pudo contener una risa irónica. —Sigues siendo igual de repugnante que siempre, Katy —respondió él, cruzándose de brazos.
Me levanté, caminando hacia ella con paso firme. —Primero: no vuelvas a entrar aquí sin anunciarte. Segundo: respeta a Arti. Tercero: baja el tono. Y cuarto: te recuerdo que Sebastián y tú jamás fueron nada real. —¡Yo lo amaba, pero tú te interpusiste! —gritó ella. —¿Lo amabas? —me reí sin gracia—. Amabas su dinero. Fui yo quien mantuvo tu boca cerrada sobre tus infidelidades con el profesor de química y tu embarazo, además de tus negocios ilegales. ¿Quieres que siga?
—No será necesario —una voz grave resonó en la oficina.
Sebastián estaba en el umbral. Llamó a seguridad de inmediato. —¿Es verdad todo lo que dijo Zahorí? —preguntó él, ignorando los ruegos de Katy. —¡Son mentiras! —chilló ella, intentando tocarlo, pero Sebastián se apartó con asco—. Te amo, Sebastián, ¡ella tiene envidia! —No te creo nada —sentenció él—. Agradezco que Zahorí se interpusiera. Ahora, vete. No quiero volver a verte cerca de mi esposa.
Katy lanzó un grito de pura rabia y corrió hacia mí, pero seguridad llegó justo a tiempo para esposarla y sacarla de allí. Antes de irme, llamé a un contacto de confianza. —Raúl, dile al teniente Jorge que le enviaré un "regalo" a la jefatura en diez minutos —dije, colgando el teléfono. —¿Quién es Raúl? —preguntó Sebastián, mirándome con una mezcla de sorpresa y curiosidad. —Un amigo de confianza.
Cuando los oficiales se llevaron a Katy, Sebastián cerró la puerta de la oficina. Se acercó y, con sus manos sobre mi rostro, me miró con una intensidad que me hizo temblar.
—Todo está bien, Sebastián —susurré. —No —respondió él—, tenemos que hablar.
Asentí, cerrando la puerta con seguro. Era el momento. Tenía que contarle toda la verdad.
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Editado: 10.07.2026