CAPÍTULO 23: EL FANTASMA EN MI CORAZÓN
PERSPECTIVA DE MIRABEL
La memoria es un terreno traicionero, un laberinto donde a veces nos perdemos intencionalmente para no enfrentar la cruda realidad de lo que tuvimos que dejar atrás. Cuando tenía quince años, la vida tal como la conocía en Venezuela se desmoronó, no por una tragedia, sino por una ambición: mis padres decidieron que el futuro no estaba entre nuestras calles, sino en una tierra extranjera donde el éxito parecía medirse en dólares y no en la calidez de la gente. Mi madre, una artista cuyas manos podían transformar la arcilla más gris en una pieza de museo, y mi padre, un escritor cuyas palabras siempre parecían flotar en el aire como humo de cigarrillo, hicieron todo lo que estaba en sus manos para inscribirme en el instituto más prestigioso de la zona.
El primer día en aquel lugar fue un choque cultural y social. El aire era pesado, lleno de perfumes caros y miradas que medían cuánto costaba tu ropa. Durante el almuerzo, vi a una chica rubia, Katy, acorralando a un chico contra los casilleros. Su risa era como el chirrido de metal sobre metal; era crueldad pura, refinada y sin motivo alguno. Sentí un fuego en el pecho, ese mismo fuego que me impulsó a intervenir sin pensar en las consecuencias.
—¿Pero tú qué te has creído, "princesa"? ¿Por qué no lo dejas en paz y te buscas a alguien de tu tamaño? —mi voz sonó más firme de lo que me sentía.
Katy se giró, con los ojos entrecerrados, recorriéndome de arriba abajo con un desprecio que habría hecho llorar a alguien menos curtido. —¿Y esta de dónde salió? —dijo, con un tono que denotaba que mi acento no era de su agrado—. Escucha, "extranjerita", ¿por qué no nos haces un favor y te largas de nuestra vista antes de que ocurra una desgracia?
—¿Por qué no mejor te vas tú al infierno? —respondí, con una sonrisa cínica que pareció enfurecerla aún más.
Se lanzó hacia mí como un animal herido, lista para soltar un bofetón que me dejaría la marca del desprecio en la mejilla. Pero no contaba con mis reflejos. En un movimiento rápido, atrapé su muñeca, la giré y la obligué a arrodillarse sobre el pulido suelo. El sonido de su grito fue satisfactorio, pero no duró mucho. Una sombra se proyectó sobre nosotros. Era una chica de cabello azabache, con una elegancia que resultaba casi peligrosa. Era Zahorí.
—Vaya, Katy... por fin alguien te pone en tu lugar. Estaba esperando este momento desde hace meses —dijo Zahorí, observando la escena con un desinterés fingido que me fascinó.
Katy, retorciéndose de dolor, gritó: —¡Zahorí, esto es obra tuya! ¡Dile a esta vulgar que me suelte inmediatamente o juro que me las pagarás!
Zahorí caminó hacia nosotras con una parsimonia que parecía un baile. Sus ojos eran fríos, analíticos. —Me encantaría que le rompieras el brazo, la verdad, sería un espectáculo digno de verse —dijo, mirándome fijamente—. Pero, ¿crees que vale la pena ensuciarte las manos con alguien como ella? Si vienes conmigo, te aseguro que encontrarás cosas mucho más interesantes que perder el tiempo con esta basura.
Ese fue el instante en que mi destino se entrelazó con el suyo. Nos fuimos juntas, ignorando los sollozos de Katy, y pasamos horas hablando sobre negocios, sobre lealtad y sobre un mundo que yo apenas empezaba a comprender. Zahorí no solo buscaba a alguien con fuerza física; buscaba a alguien con la mente fría necesaria para sobrevivir. Por ella, estaría dispuesta a sacrificar cada una de mis células.
Años después, la vida se había convertido en un juego de máscaras. Bajo la luz del sol, era el "Señor Arti", el secretario gris, eficiente y casi invisible. Pero cuando la noche caía y las responsabilidades del despacho se desvanecían, Mirabel resurgía. Era una necesidad vital, una forma de recordar que todavía existía debajo de la piel de aquel hombre ficticio.
Esa noche, el club estaba lleno de humo y luces estroboscópicas. Llevaba un vestido negro, ajustado, de seda que parecía una segunda piel, y mis tacones resonaban con un eco seco contra el suelo del local. Me dirigí a la barra, cansada de fingir que no era una mujer, y pedí el tequila más fuerte que tuvieran.
—Sabes que con ese vestido estás atrayendo toda la atención de este lugar —dijo una voz masculina a mis espaldas.
Me giré, encontrándome con un hombre alto, de hombros anchos y una mirada azul que parecía capaz de atravesar cualquier escudo. Su presencia era magnética, un ancla en medio de la música ensordecedora.
—La belleza no necesita permiso para ser vista —respondí, dándole un trago a mi vaso—. Seas tú quien mire o cualquier otro.
Él rió, una risa grave que resonó en mi pecho. —Si yo fuera tú, tendría mucho cuidado con los lobos que rondan por aquí. —¿Eso te incluye a ti? —pregunté, sintiendo un escalofrío. —Especialmente a mí —contestó, sin apartar la mirada.
Fue una danza silenciosa durante semanas. Aparecía en el lugar más inesperado, como un fantasma bien vestido. Una noche, tras romperse el tacón de mi zapato, él apareció nuevamente, ofreciéndome su ayuda. No quise aceptar, pero mis pies ya no aguantaban más. Me cargó estilo princesa, y el contacto de sus manos en mi espalda hizo que el mundo a nuestro alrededor desapareciera.
Sentí su aliento contra mi rostro, una fragancia a sándalo y lluvia que me hizo perder el control de mis pensamientos. Él me llevó a su coche, un vehículo oscuro que parecía sacado de una película. El trayecto fue un silencio cargado de palabras no dichas, un lenguaje de miradas que pesaban más que cualquier confesión.
—Gracias por traerme —dije cuando finalmente llegamos, aunque mi voz tembló un poco. —¿Quién te dijo que aquí vivo? Tal vez sea la casa de un amigo —respondió, con un brillo divertido en los ojos, mientras se quitaba su reloj de pulsera y me lo entregaba—. Por si algún día nos volvemos a encontrar.
Me bajé, sintiendo el peso del metal frío del reloj en mi mano. Ese hombre era peligroso, no por su fuerza, sino por la forma en que lograba desarmar mis defensas. Sin embargo, mi corazón tenía dueño, aunque fuera un dueño invisible.
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Editado: 10.07.2026