Seductora Experta

CAPÍTULO 25: EL PRECIO DE LA LEALTAD

CAPÍTULO 25: EL PRECIO DE LA LEALTAD

PERSPECTIVA DE ZAHORÍ

Todo se sentía bajo control hasta que la normalidad se rompió. Después de conversar con Sebastián y poner a Yuma al tanto de la amenaza de Katy, regresé a mi oficina donde Mirabel me esperaba.

—¿Me puedes explicar cómo terminaste de novia de una sombra? —le pregunté con una sonrisa, tratando de suavizar el ambiente. —Solo sucedió, Zahorí. Nos encontramos por casualidad en las discotecas. Hoy me enteré de que Raúl era tu sombra —hizo una pausa, mirándome con vulnerabilidad—. ¿Sabías que Raúl sentía algo por mí? Y si sabías que yo también estaba enamorada de él, ¿por qué jamás permitiste que nos conociéramos? ¿Acaso no confías en nosotros?

Me acerqué a ella y le tomé las manos, sintiendo un peso enorme en el pecho. —No existe persona en la que confíe más que en ustedes dos. Pero entiéndelo: cuanto más cercanos sean, más peligroso es para su existencia. Si a pesar de mis esfuerzos por mantenerlos alejados, lograron encontrarse... les doy mi bendición.

Mirabel se lanzó a mis brazos, llorando de felicidad. Le pedí solo dos cosas: que se cuidaran mutuamente y que, si Raúl llegaba a lastimarla, yo misma me encargaría de ajustar cuentas. Estábamos en ese momento de paz cuando una empleada entró a la oficina.

—Disculpe, señora. Hay alguien en recepción que dice traerle comida. Fruncí el ceño. No había pedido nada. —Zahorí, espera —dijo Mirabel, poniéndose alerta—. Tal vez deba acompañarte.

Bajamos a recepción. Un hombre con una caja de pizza familiar nos esperaba. Dudé por un segundo; era extraño que alguien enviara una sola caja para un grupo tan grande. Cuando me acerqué, el hombre me sujetó del brazo, colocó un trapo con químicos en mi boca y, al mismo tiempo, disparó contra Mirabel y los presentes. Lo último que vi antes de caer en la oscuridad fue a mi mejor amiga desplomada en el piso. Mirabel, lo siento.

PERSPECTIVA DE YUMA

Cuando Sebastián y Zahorí me contaron lo que la loca de Katy había hecho, el mundo se me vino encima. No podía permitir que Isabella estuviera en riesgo, así que le pedí que viniera a la oficina, el único lugar que considerábamos un búnker.

Le di un recorrido por el edificio, queriendo protegerla, queriendo gritarle al mundo que ella era mía. Sin embargo, estábamos en medio de un momento de pasión en mi oficina cuando una alarma ensordecedora nos obligó a separarnos. Un guardia entró, pálido y agitado.

—¿Qué está pasando, Edgar? —pregunté, colocando a Isabella tras de mí. —¡Hubo un tiroteo en recepción! ¡Secuestraron a la señorita Zahorí y la señora Mirabel está herida!

Corrimos a la oficina de Sebastián. El caos era absoluto. Raúl estaba al borde de la locura al ver a Mirabel perdiendo sangre. Me obligué a mantener la calma, tomando el control de la situación para estabilizarla.

Una vez que logramos extraer la bala y estabilizarla, Sebastián regresó, fuera de sí, gritando que estábamos perdiendo el tiempo. —¡Mira, Sebastián, te entiendo! —le grité, acercándome a él hasta quedar frente a frente—. Mi hermana es brillante, pero aquí tengo a Mirabel desangrándose. Es como mi hermana también. ¡O te calmas ahora mismo o te obligaré a hacerlo!

Sebastián se detuvo, respirando con dificultad. Mirabel comenzó a despertar, su voz apenas era un susurro agónico. —Zahorí... —logró articular. —No te esfuerces, guarda aire —le dije. —Rastreador... cuerpo... mi teléfono... —señaló con debilidad.

Raúl tomó su móvil. Al introducir la contraseña, la pantalla cambió, mostrando un mapa local con un punto rojo brillante. —Vayan por... Zahorí... —susurró Mirabel— y... maten a esos... malnacidos.

Tras decir eso, sus ojos se cerraron de golpe. El silencio en la habitación fue sepulcral. Con las manos temblorosas, le tomé el pulso a Mirabel, rezando para que no fuera lo que temía. Todo se detuvo.




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