CAPÍTULO 26: CICATRICES Y ESPERANZA
PERSPECTIVA DE ISABELLA
Desde que tengo memoria, mi vida ha sido un ejercicio de resistencia. Crecí viendo a mis padres trabajar hasta el agotamiento, lo que me inculcó una ética de esfuerzo inquebrantable. Me gradué con honores en administración y economía, convencida de que el éxito era solo una cuestión de voluntad. Por eso, cuando recibí una oferta de trabajo en el extranjero, cometí el error de dejar que la ambición nublara mi juicio. Confiar en la persona equivocada me llevó a un abismo del que pensé que nunca saldría: fui engañada, vendida y arrastrada a un infierno de explotación en Europa.
Las primeras semanas fueron de una depresión absoluta, pero al recordar los sacrificios de mis padres, algo en mí cambió. Si iba a morir, lo haría luchando. Fue esa persistencia, esa furia contenida, lo que llamó la atención de quien se convertiría en mi heroína: Zahorí.
Recuerdo nuestra primera conversación en el hospital. Ella me observaba con una frialdad gélida, leyendo mi expediente como quien analiza un informe de mercado. —Isabella Torres, graduada con honores —dijo, cerrando la carpeta—. Aquí no dice que hayas practicado artes marciales, sin embargo, lograste partirle la mandíbula y romperle huesos a tus captores en repetidas ocasiones. ¿Cómo es posible? —Solo quería que sintieran un poco de la tortura que me hacían vivir cada día —respondí, mirando al techo.
Zahorí soltó una carcajada llena de un reconocimiento genuino. —Eres una persona interesante, Isabella. A partir de ahora, nadie volverá a hacerte daño.
Cuando fui dada de alta, me entregó 20,000 dólares para que pudiera regresar a casa, restaurar el restaurante de mis padres y empezar de nuevo. Desapareció sin dejar rastro, dejando en mí una deuda de gratitud que sabía que jamás podría pagar del todo.
Años después, la vida me había dado una segunda oportunidad. Estaba reorganizando el menú de mi restaurante cuando vi a un hombre en la mesa cinco; un tipo apuesto, pero con una mirada cargada de un estrés que me resultaba familiar. Por impulso, decidí enviarle un tazón de golosinas. Fue el inicio de algo que cambió mi existencia. Ese hombre era Jun.
Lo que empezó como un simple intercambio de miradas se convirtió en un amor profundo, uno que logró sanar las inseguridades que mis cicatrices físicas solían provocarme. Con Jun, me sentía segura, completa. Jamás imaginé que el hombre del que me enamoré resultara ser el hermano de la mujer que me salvó la vida.
Hoy, sin embargo, el destino ha sido cruel. Zahorí lleva una semana en coma tras el atentado.
Esa noche, encontré a Jun en la habitación del hospital, sentado frente a su hermana, luciendo como un hombre al que le han arrancado el alma. —Hola, amor —le dije suavemente—. Te traje algo de comer. Deberías descansar, yo me quedaré con ella.
Él asintió con una sonrisa forzada y me dio un beso en la mejilla antes de salir. Me quedé a solas con ella. Decidí limpiar su cuerpo y maquillarla un poco; Zahorí siempre fue sinónimo de elegancia, incluso en las sombras. Una hora después, Jun regresó, visiblemente más descansado.
—Gracias por cuidarla —me dijo, acercándose. Apoyó su barbilla en mi hombro, haciéndome cosquillas con su barba—. ¿Crees que a Zahorí le gustaría? —Estoy segura de que sí —respondí, rodeando su cuello con mis brazos para besarlo.
A pesar del dolor y la incertidumbre, ahí, entre el olor a desinfectante y el silencio del hospital, comprendí algo: no estábamos solos. Mientras Jun estuviera a mi lado y Zahorí siguiera luchando por despertar, no permitiría que la desesperación ganara esta batalla.
#21166 en Novela romántica
#3736 en Chick lit
sacrificios por amor, infancia y presente, amor accion mentiras secretos familia
Editado: 10.07.2026