CAPÍTULO 27: EL DESPERTAR DE LAS CENIZAS
PERSPECTIVA DE ZAHORÍ
El dolor era mi única certeza. Un pulso sordo en la cabeza y el resto del cuerpo protestando bajo una opresión asfixiante. Al abrir los ojos, la luz amarillenta de una bombilla desnuda iluminó un entorno hostil: un sótano. Estaba atada a una silla con tal maestría que mis años de entrenamiento parecían inútiles.
—Ni siquiera lo intentes —la voz de Katy bajó desde las escaleras, cargada de un veneno triunfal—. Te amarramos tan fuerte que ni tú, con todas tus habilidades, podrías soltarte.
La miré sin parpadear, estudiando sus movimientos, su arrogancia, su punto débil. —¿Qué me ves? —escupió ella. —Analizo cuál es la manera más lenta y dolorosa de matarte —respondí con una calma gélida.
Katy soltó una carcajada histérica antes de abofetearme con fuerza. Quería que grabara un video entregando la fortuna de los Collis a su empresa fachada, "Compañía Devil". Ante mi negativa, clavó una tijera en mi pierna. El grito se me quedó atascado en la garganta. Se marchó, prometiendo volver en dos horas. Mala elección, Katy.
Aproveché el descuido de su arrogancia. Con el filo de la tijera clavada en mi propia carne, logré rasgar la cuerda. El dolor era una descarga eléctrica, pero la adrenalina fue más rápida. Me hice un torniquete, preparé la escalera con la cuerda y esparcí cemento mezclado con aceite negro en el borde.
Cuando regresó, escuché el estruendo de su caída. El cemento y el aceite hicieron su trabajo; estaba pegada al suelo. Forcejeamos, y justo cuando sacó un cuchillo para acabar conmigo, un estruendo seco resonó en el sótano: un disparo. Katy se desplomó a mi lado.
—La mia esperta seduttrice... —escuché la voz de Sebastián—. Ya todo estará bien. Fue lo último que escuché antes de que el mundo se tiñera de negro.
Cuando desperté, el sonido rítmico del monitor cardíaco era lo único que llenaba la habitación. Tres meses. Había estado en coma durante tres meses debido a la pérdida de sangre y la falta de oxígeno cerebral. Sebastián estaba a mi lado, desaliñado, con barba y ojos cansados. Al verme, las lágrimas corrieron por su rostro.
—La mia esperta seduttrice, despertaste... —susurró, besando cada parte de mi rostro.
Tras los exámenes médicos y la noticia de que mi bebé, aunque delicado, seguía conmigo, Yuma entró en la habitación. Tenía barba, al igual que Sebastián, y una mezcla de alivio y tristeza en los ojos.
—Jun, ¿qué pasó con Mirabel? —pregunté, con el corazón acelerado. Él soltó un suspiro, midiendo sus palabras. —Ella está bien, Zahorí. Perdió mucha sangre y colapsó por el agotamiento, pero ya se recuperó.
¿Agotamiento? Conocía a Mirabel; ella podía bailar toda la noche y enfrentar a un ejército al día siguiente. Su colapso no tenía sentido, a menos que... recordé nuestra conversación sobre la identidad de Raúl. ¿Había algo más oculto?
—¿Y Katy? —pregunté. —Sebastián le disparó justo a tiempo. Murió al instante.
Me quedé en silencio, procesando la pérdida. Nadie merece morir, pero en este mundo, hay cosas que simplemente son inevitables. Durante la semana siguiente, Sebastián no se separó de mí. Vi un lado de él —tierno, vulnerable, devoto— que jamás imaginé. Estaba frente a un nuevo comienzo, y aunque el camino hacia la recuperación física sería largo, sabía que, por primera vez, mi futuro no tenía que ser una batalla constante. O al menos, eso quería creer.
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Editado: 10.07.2026