CAPÍTULO 29: EL LEGADO DE LOS GREY Y UNA PROMESA ENTRE VIÑEDOS
PERSPECTIVA DE ZAHORÍ
Nuestro nuevo hogar en la zona de los viñedos es absolutamente perfecto. Cada vez que recorro sus pasillos, siento que el aire es más ligero, como si por fin hubiera logrado purgar los fantasmas que me acecharon durante años. Es un santuario de paz, y me prometí a mí misma que este sería el suelo donde mi hijo echaría raíces. Nuestro pequeño Sebrí —un varón, tal como presentía— estaba programado para llegar en dos semanas, pero los planes de un Grey nunca son los que dictan las circunstancias. El destino decidió que no podíamos esperar.
Estaba organizando unos papeles en la oficina oculta cuando un dolor agudo, como un rayo, me recorrió la espalda baja. Las contracciones no fueron paulatinas; llegaron con la fuerza de un huracán. Mi respiración se cortó mientras me apoyaba en la mesa, sintiendo cómo el mundo se volvía pequeño. Como pude, alcancé el teléfono y marqué el número de Sebastián.
—¿Hola? Mi vida, estaba pensando en ti... —contestó él con esa voz que siempre me devolvía la calma. —Sebastián... el bebé ya viene —dije, tratando de que mi voz no temblara, aunque el dolor era una agonía insoportable. El silencio al otro lado de la línea fue absoluto durante un segundo. —¿Zahorí? ¿Hablas en serio? —¡Sebastián! ¡No es una broma! —el dolor me hizo apretar el teléfono hasta que mis nudillos quedaron blancos—. Ok, está bien, ya voy en camino, solo dame cinco minutos y estaré ahí. —¡No creo que el bebé pueda esperar cinco minutos! ¡AAAAWWWW! —grité, soltando el teléfono y agarrándome el vientre mientras la siguiente contracción me doblaba por la mitad.
El trayecto hacia el carro fue una prueba de resistencia. Cada paso era una batalla. Cuando Sebastián finalmente llegó, su rostro era una máscara de puro pánico, pero sus manos al subirme al auto fueron firmes. En el camino, el dolor me hizo perder los estribos.
—Tranquila, mi amor, respira —dijo él, tratando de maniobrar entre el tráfico rural. —¡NO ME PIDAS QUE ME CALME, OK! ¡ESTOY RESPIRANDO! —le grité, aunque el aire me faltaba—. ¡TODO ESTO ES TU CULPA! ¡AAAAWWWW!
Él aceleró, consciente de que mi ira no era más que un mecanismo de defensa contra el dolor inimaginable. Llegamos al hospital en tiempo récord. Fue un proceso intenso, pero dos horas después, el llanto de nuestro príncipe llenó la habitación, apagando cualquier ruido del mundo exterior. Una hora después, estaba en una habitación privada, con Sebrí en brazos, un pequeño milagro hecho de carne y hueso.
Sebastián entró con una lentitud reverencial. Al ver a su hijo, vi cómo un hombre que había sido entrenado para la frialdad se desmoronaba en lágrimas. —Sebrí Grey... dile hola a tu padre, Sebastián Grey —susurré, con el corazón hinchado. —¿Sebrí? —preguntó, acariciando la pequeña mejilla del bebé. —Es una combinación entre Sebastián y Zahorí. ¿Te gusta? —él asintió, incapaz de articular palabra, antes de cargarlo con una delicadeza que me hizo amarlo aún más. —Es perfecto —dijo él, levantando la mirada hacia mí—. Y tú... tú eres perfecta. Gracias por estar en mi vida y por darme esta increíble familia.
Los días siguientes fueron una borrosa estela de felicidad. Nuestros amigos desfilaron por el hospital, inundando la habitación de flores, risas y buenos deseos. Era surrealista ver a tanta gente que, hace meses, solo conocía el lado oscuro de nuestras vidas, dándole la bienvenida al mundo a Sebrí.
Tres días después, regresamos a casa. Yuma tuvo que traerme, ya que una emergencia corporativa requirió la atención inmediata de Sebastián. Al llegar, dejé a Sebrí en su cuna, asegurándome de que estuviera cómodo. La casa estaba en silencio, un silencio dulce, diferente al vacío que sentía antes. Bajé a la cocina buscando un trago para celebrar —o más bien, para asimilar— mi nueva realidad.
—Necesito un trago —dije, sirviendo un par de copas para Yuma y para mí. Me reí, un sonido genuino—. Jamás pensé que sería madre, ¿sabes? Qué loco suena eso. Yuma me miró con una sonrisa cálida mientras bebía. —Sé que serás una madre increíble, Zahorí. Lo protegerás con la misma ferocidad con la que siempre me protegiste a mí. —Cambiando de tema... —dije, dejándome llevar por un impulso—. ¿Qué pensarías si le pidiera matrimonio a Isabella?
Mis ojos se abrieron como platos. —¿En serio? —chillé, emocionada—. ¡Felicidades, hermano! Ella es la indicada, Yuma. Ambos serán inmensamente felices. Espera aquí. Corrí a mi habitación, rebuscando en el cajón de seguridad hasta encontrar una caja de terciopelo rojo. Regresé y se la puse en la mesa. Yuma la abrió y sus ojos se empañaron. —¿Los anillos de mamá y papá? ¿Cómo es que los tienes? —Eran de las pocas cosas que logramos recuperar del desastre —dije, conteniendo el nudo en mi garganta—. Los guardé para este momento. Sabía que llegaría. Ellos estarían felices de ver que los usas tú.
Pasamos la tarde planeando la pedida de mano, olvidándonos por un momento de las sombras de nuestro pasado. Las semanas volaron, y aunque trabajar desde casa con un bebé era un desafío de malabarismo profesional, la paz del campo era la mejor medicina.
Sin embargo, no todo era tranquilidad. Isabella vino a visitarnos un par de días después. Se veía apagada, con una tristeza que intentaba ocultar tras una sonrisa forzada. Mientras almorzábamos, ella no pudo más. —¿Crees que Jun quiera terminar conmigo? —preguntó de repente, mientras observaba a Sebrí en su cochecito. —¿Por qué preguntas eso? —pregunté, dejando el cuchillo a un lado. —Las últimas semanas ha estado distante, frío... me pregunto si se habrá aburrido de mí. Tal vez soy muy imperativa, o demasiado directa. —Isabella, cállate —dije con suavidad pero con firmeza—. Escúchame: tenemos meses de trabajo acumulado en la oficina. Jun es un perfeccionista y está agotado. No le des vueltas a la cabeza; anímate y come algo conmigo. Mañana es un gran día, ¿recuerdas? Ella asintió, aunque sus ojos seguían cargados de inseguridad. No tenía idea de lo que Yuma le estaba preparando. La fiesta sería a las 7 p.m., y el mundo de Isabella estaba a punto de cambiar para siempre.
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Editado: 10.07.2026