Seductora Experta

CAPÍTULO 30: LA DULCE VIDA Y EL NUEVO DESTINO

CAPÍTULO 30: LA DULCE VIDA Y EL NUEVO DESTINO

PERSPECTIVA DE ZAHORÍ

El atardecer sobre los viñedos tiñó el cielo de tonos violetas y dorados, una paleta de colores que nunca antes había sentido tan mía. Estaba terminando los preparativos de la cena mientras el aroma de las galletas recién horneadas inundaba la cocina de nuestra nueva casa. Por un instante, me detuve, sintiendo la calma absoluta. Ya no había armas ocultas en la mesa, ni planes de contingencia para una posible emboscada; solo la expectativa de una noche donde la única preocupación sería que el postre quedara perfecto.

Salí al jardín para verificar la decoración. Las luces que Yuma y Sebastián habían colgado entre los árboles frutales creaban un ambiente mágico, casi irreal para personas como nosotros, que siempre vivimos bajo el peso del acero.

—Chicos, esto es hermoso —dije, sintiendo un nudo de felicidad en la garganta. Jun, mi hermano, bajó de la escalera con una sonrisa que no le veía desde hacía años. Detrás de él, Sebastián se acercó, rodeando mi cintura con sus brazos fuertes y depositando un beso tierno en mi cuello. —Estoy seguro de que esta noche será perfecta —murmuró al oído. —Estoy nerviosa —confesé, aunque antes de poder explicar mis temores, el sonido agudo de la alarma de la cocina me devolvió a la realidad. —¡LAS GALLETAS! —exclamé, separándome de un salto para correr hacia el interior de la casa.

Los invitados comenzaron a llegar poco después. Verlos a todos ahí, en una misma mesa, fue un recordatorio visual de todo lo que habíamos superado. Yo presidía la mesa; a mi izquierda, Sebastián sostenía a Sebrí con una destreza que me llenaba de ternura, y a su lado, Mirabel irradiaba una luz nueva. A mi derecha, Jun e Isabella parecían inmersos en su propio mundo, y frente a nosotros, Raúl, el hombre que nos había salvado en tantas ocasiones, compartía el momento.

A mitad de la cena, Jun se puso de pie, haciendo que el silencio reinara en el jardín. —Yo quiero decir algo —comenzó, con la voz algo quebrada—. Para mi hermana y para mí, la vida no ha sido un camino fácil. Tuvimos que aprender a valernos por nuestra cuenta en un mundo que siempre nos exigió más de lo que podíamos dar. Para mí, el silencio fue la herramienta principal para proteger a los míos, pero ese silencio también me trajo una soledad profunda. Pero luego... —sus ojos se posaron en Isabella, llenos de un brillo innegable—... tú llegaste a mi vida. La hiciste dulce. Isabella, te amo. No solo quiero darte todo lo que hay de dulce en este mundo, sino que quiero construir una vida contigo, una vida compartida, con hijos si el destino nos bendice con ellos. Se arrodilló frente a ella, sacando el anillo de nuestra madre. —¿Isabella, quisieras casarte conmigo? Ella sollozó, llevándose las manos al rostro, antes de saltar a sus brazos con un grito de alegría. —¡SÍ! ¡Y MIL VECES SÍ! —todos estallamos en risas y aplausos, brindando por un amor que había florecido entre las cenizas de nuestra antigua vida.

Pero la velada no terminó ahí. Raúl, quien había permanecido pensativo toda la cena, se levantó, ganándose la atención de todos. —Ya que todos declaran sus sentimientos, a mí también me gustaría decir algo —dijo, con un tono serio pero sereno—. Toda mi vida ha girado en torno a las prioridades de los demás. Antes, la mía no me importaba. Vivía para servir, para vigilar, para desaparecer. Pero... —tomó la mano de Mirabel, entrelazando sus dedos con los de ella—... hasta que te conocí, no empecé a preocuparme por mi propia existencia. Lo primero que supe, con absoluta certeza, fue que quería estar en la tuya. Pero si quería hacerlo, tenía que renunciar a ser una sombra. Raúl fijó sus ojos oscuros en los míos. —Zahorí, quiero renunciar a ser tu sombra para convertirme en un hombre digno del amor de Mirabel.

Mirabel se levantó, alarmada. —Amor, no tienes que hacer esto por mí. Podemos intentarlo así, sé que podemos... —Eso no será posible —intervine, manteniendo la firmeza en mi voz—. Mirabel, el objetivo de una sombra es jamás dejarse ver por el ojo público. Si Raúl sigue expuesto, no solo su vida corre peligro, sino también la de todos ustedes. Si él continúa siendo mi sombra, no puedo garantizarte que algún día no tengas que verlo morir.

Un silencio pesado se instaló en el jardín, solo interrumpido por el canto de los grillos. —Sin embargo —continué, soltando el aire que tenía retenido—, tengo una solución. Si Raúl deja de ser mi sombra oficial y pasa a ser el niñero y cuidador de Sebrí, las reglas cambian. Raúl me miró atónito, como si no pudiera procesar lo que acababa de escuchar. —¿Es en serio? —preguntó. —No le confiaría a nadie más mi hijo —dije, sintiendo cómo mis ojos se llenaban de lágrimas—. Al ser el cuidador oficial de mi bebé, es normal que lo saques a pasear, que compres cosas para él, que hagas las actividades que la gente normal hace con sus niños. Pero lo más importante es que esto te permitirá tener una relación abierta, real y sin miedos con Mirabel. ¿Qué dices, Raúl? ¿Aceptas?

Raúl se quedó paralizado durante unos segundos, mirando a Mirabel, y luego me miró a mí con gratitud absoluta. —¿Qué qué digo? ¡Sí! Pero... ¿estás segura de que quieres que cuide a tu hijo? ¿No vas a extrañarlo? ¿No vas a sentir que pierdes el control? —No me voy a ir para siempre, Raúl. Solo lo cuidarás los días que yo tenga que ir a la oficina o atender negocios. Además —tomé a Sebrí en brazos, acariciando su pequeña manita—, en todas las vueltas que da la vida, nunca se sabe realmente en quién confiar. Pero hoy lo sé. Confío en ustedes. Y es lo que le voy a enseñar a mi hijo: que a pesar de que el mundo te golpee y te pisotee, siempre podemos encontrar belleza, amor y lealtad. No podría pedir una mejor familia que esta.

Levanté mi copa, invitando a todos a ponerse de pie. —¡Salud por ustedes, mi familia! —¡SALUD! —gritaron todos al unísono, un brindis que resonó entre los viñedos como una promesa de paz.




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