Según Mis Cálculos Eres Mío

Capítulo 1: La variable inesperada

Siempre he creído que el mundo funciona como una ecuación.
No lo digo en sentido poético, ni filosófico, ni esas cosas que la gente suele decir cuando quiere sonar profunda. Lo digo literalmente.
Todo tiene un patrón. Todo tiene una causa. Todo tiene un resultado.
Incluso las personas. Helena Duarte.

Helena Duarte creía que los lunes por la mañana eran la prueba más contundente de que el universo, en efecto, seguía un orden matemático. A las 7:02, exactamente dos minutos después de que sonara su alarma, ya estaba de pie. A las 7:15 el café estaba listo, ni un grado más caliente de lo necesario. A las 7:40 salía de su apartamento en el barrio de Alfama, con el cabello castaño recogido en una coleta perfecta y una carpeta bajo el brazo que contenía, como cada semana, el informe de proyecciones financieras que presentaría a las nueve en punto.

No era supersticiosa. No creía en la suerte, ni en el destino, ni en esas frases motivacionales que la gente colgaba en las paredes de sus oficinas sobre "seguir al corazón". Helena creía en los números. Los números no mentían, no se contradecían, no te abandonaban cuando menos lo esperabas. Un número era exactamente lo que decía ser.

—Vas a llegar temprano otra vez —le dijo Rita, la recepcionista del edificio Aurora Tech, cuando la vio cruzar el vestíbulo—. Un día de estos vas a llegar antes que el edificio.

—Estadísticamente, eso es imposible —respondió Helena sin detenerse, aunque una sonrisa breve se le escapó. Rita se había acostumbrado a sus respuestas; después de tres años trabajando en la misma planta, sabía que Helena bromeaba a su manera, con la precisión de quien mide cada palabra como si fuera una variable en una ecuación.

El piso catorce de Aurora Tech era su territorio. Ventanales que daban al Tajo, pantallas curvas repletas de gráficos, el zumbido constante de los servidores en la sala contigua. Helena amaba ese ruido. Para ella era música: el sonido de la certeza, de sistemas funcionando exactamente como debían.

Se sentó en su escritorio, encendió su ordenador y, como cada mañana, revisó los indicadores del mercado antes de que llegara nadie más. Faltaban solo cuarenta minutos para la reunión con el consejo directivo, en la que presentaría el análisis de riesgo del nuevo proyecto de expansión urbana: la renovación del antiguo distrito industrial de Marvila, un plan ambicioso que convertiría viejas fábricas abandonadas en espacios residenciales y culturales.

Fue entonces cuando Val Costa entró en la oficina, con sus tacones repiqueteando sobre el suelo como advertencia sonora de su llegada.

—Helena. Qué madrugadora —dijo, con esa sonrisa que Helena había aprendido a leer como una fórmula de dos variables: cortesía superficial multiplicada por interés personal—. ¿Ya tienes listo el informe para la reunión de las nueve?

—Desde las siete y media.

—Perfecto. Porque el consejo quiere avanzar rápido con Marvila. Y yo quiero ser la que lidere ese proyecto.

Helena levantó la vista de la pantalla. Val Costa, directora de proyectos, tenía la costumbre de anunciar sus ambiciones como si fueran hechos consumados, un rasgo que Helena encontraba tan predecible como fascinante. Si tuviera que graficar el comportamiento de Val en los últimos dos años, la curva sería ascendente, agresiva, con picos de intensidad cada vez que un ascenso estaba en juego.

—El consejo decidirá quién lidera qué, no nosotras —respondió Helena, volviendo a su pantalla.

—Por supuesto. Solo digo que sería una lástima que tu... perfeccionismo se interpusiera en el camino de alguien con visión estratégica.

Val se marchó sin esperar respuesta, dejando tras de sí una estela de perfume caro y una advertencia apenas disfrazada de comentario casual. Helena la observó alejarse y anotó mentalmente el episodio en la carpeta invisible que llevaba sobre su compañera: **Val Costa, nivel de amenaza: en aumento.**

***

La reunión de las nueve transcurrió sin sobresaltos. Helena presentó cifras, proyecciones de retorno de inversión, análisis de riesgo estructural de los edificios de Marvila. Habló durante veinte minutos sin consultar una sola nota, porque los números vivían en su memoria con la misma nitidez que los rostros de las personas que amaba.

—Excelente trabajo, como siempre —dijo Ricardo Pinto, el director general, cerrando su tablet—. Solo falta un detalle: el ayuntamiento exige que el proyecto incluya un componente de preservación patrimonial. Necesitamos un arquitecto especializado en restauración que trabaje codo a codo con el equipo financiero.

—¿Ya tienen a alguien en mente? —preguntó Val, inclinándose hacia adelante con interés repentino.

—De hecho, sí. Un estudio independiente nos lo recomendó ampliamente. Se llama Marco Valdés. Al parecer transformó tres edificios abandonados en Oporto en espacios culturales que hoy generan más turismo que algunos museos. Es... particular, dicen. Pero brillante.

Helena tomó nota del nombre sin darle mayor importancia. Un arquitecto más, otro colaborador con el que tendría que coordinar cronogramas y presupuestos. En su experiencia, los arquitectos eran gente de ideas grandes y números pequeños: soñaban edificios imposibles y luego se sorprendían cuando el presupuesto no alcanzaba para hacerlos realidad. Ya se imaginaba el tipo de reuniones que tendría con él: ella exponiendo cifras, él hablando de "la esencia del espacio" o alguna frase igual de vaga.

No podía estar más equivocada sobre lo que se avecinaba.

***

Lo conoció tres días después, en las ruinas de lo que alguna vez fue una fábrica textil en Marvila. Helena había ido a inspeccionar la estructura junto con el equipo de ingeniería, vestida con un blazer que definitivamente no era la ropa adecuada para caminar entre escombros y polvo de décadas. Llevaba su tablet en una mano y un casco de seguridad ajustado con precisión milimétrica sobre la cabeza.




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