El viernes por la mañana, Helena presentó el cronograma revisado ante el consejo directivo con la misma seguridad de siempre, aunque por dentro sentía algo distinto: una especie de orgullo extraño por un documento que, por primera vez en su carrera, no había construido sola. Cada columna del presupuesto llevaba, entretejida, una nota de Marco sobre valor patrimonial, y cada argumento arquitectónico de él estaba respaldado por una cifra que ella había calculado.
—Impresionante —dijo Ricardo Pinto, revisando el documento en su tablet—. El ayuntamiento va a estar encantado con este equilibrio. Buen trabajo, los dos.
Val Costa, sentada al otro extremo de la mesa, no aplaudió como el resto del consejo. Se limitó a observar a Helena con una sonrisa fina, calculadora, del tipo que Helena había aprendido a interpretar como preludio de problemas.
—Qué bonito verlos trabajar tan... armoniosamente —dijo Val, cuando la reunión terminó y ambas caminaban hacia el ascensor—. Casi parece que disfrutas colaborar con el arquitecto.
—Es mi trabajo, Val. Colaborar es parte de la descripción del puesto.
—Por supuesto. —Val ajustó su blazer con un gesto elegante, calculado—. Solo espero que no se te olvide cuál es tu verdadera prioridad aquí. El proyecto necesita resultados, no... distracciones.
Helena no respondió, pero anotó mentalmente el comentario en su expediente invisible sobre Val: **nivel de amenaza, en ascenso constante.** Algo le decía que Val Costa no se limitaría a comentarios pasivo-agresivos por mucho más tiempo.
***
Esa tarde, mientras revisaba su correo, encontró un mensaje de Marc Ríolis, copiado también a Marco, con el asunto: *Cena de celebración — cronograma aprobado.*
*Helena,*
*Marco me contó que el consejo aprobó el cronograma. Eso merece una celebración como se debe, no una hoja de cálculo festejando en silencio en tu ordenador. Cena esta noche, en Alfama. No aceptamos un no por respuesta, básicamente porque yo ya hice la reservación.*
*Marc*
Helena leyó el mensaje dos veces, sopesando las variables. Una cena informal con Marco y su amigo no estaba en ningún plan de trabajo oficial. Pero también reconoció, con la honestidad brutal que aplicaba a sus propios análisis, que quería ir. Que la curiosidad por observar a Marco fuera del contexto profesional —una variable de control adicional para su expediente, se convenció— era genuina.
Respondió con un simple: *Confirmado. ¿Hora?*
***
El restaurante era pequeño, escondido entre las calles empedradas de Alfama, con mesas de madera desgastada y un mantel a cuadros que contrastaba absolutamente con la estética minimalista del apartamento de Helena. Marco y Marc ya estaban sentados cuando ella llegó, riendo de algo que ella no alcanzó a escuchar.
—¡Llegó la campeona de los porcentajes! —anunció Marc, levantándose para saludarla con dos besos, al estilo portugués—. Siéntate. Marco me contó que discutiste con él durante dos horas sobre una columna. Necesito los detalles completos.
—No discutimos sobre una columna. Discutimos sobre el presupuesto de conservación estructural, que incluía esa columna entre otras cuarenta variables.
—Ven, dije que era brillante —le dijo Marco a su amigo, con una sonrisa que Helena empezaba a reconocer como genuina, no solo provocadora—. Habla de presupuestos como si fueran poesía.
—No es poesía. Es matemática aplicada.
—Para ti es lo mismo —respondió Marco, sirviéndole vino sin preguntar, un gesto que a Helena le resultó tanto irritante como, extrañamente, considerado.
La cena transcurrió entre anécdotas: Marc contando historias vergonzosas de la universidad de Marco, Marco defendiéndose con la misma soltura con la que defendía sus edificios, y Helena, poco a poco, dejándose llevar por una conversación que no seguía ningún guion predecible. Notó, con cierta sorpresa, que se reía más de lo habitual, que sus respuestas eran menos calculadas y más espontáneas.
—Espera, espera —dijo Marc en un momento, señalándola con el tenedor—. ¿Es cierto que tienes un sistema para predecir si alguien se va a enamorar de ti?
Helena sintió que el color le subía a las mejillas. Miró a Marco, quien levantó las manos en gesto de inocencia.
—Yo no le dije nada de eso.
—No necesitaba que me lo dijeras —dijo Marc, riendo—. Se nota en cómo mira todo, calculando ángulos y probabilidades. Es adorable, la verdad.
—No tengo un sistema para predecir el enamoramiento de las personas —mintió Helena, con una precisión tan controlada que casi sonó convincente—. Eso sería absurdo.
—Absurdo pero fascinante —dijo Marco, mirándola con una intensidad que la hizo sentir, por un instante, completamente transparente—. Si lo tuvieras, ¿qué porcentaje me darías a mí?
Ella lo miró, calculando en tiempo real qué tanto revelar. La verdad —el 87.4% que había calculado en su modelo privado tras la segunda reunión, basado en variables de comportamiento, contacto visual prolongado y frecuencia de interacción voluntaria— permanecería, por ahora, en el terreno de lo clasificado.
—Insuficientes datos para un cálculo preciso —respondió finalmente—. Necesitaría más observaciones.
—Entonces tendremos que darte más oportunidades de observación —dijo Marco, con esa sonrisa peligrosa que hacía que el estómago de Helena diera un vuelco extraño, matemáticamente inexplicable.
Marc los miró alternadamente, con una sonrisa cómplice que sugería que él ya sabía exactamente hacia dónde iba todo aquello, mucho antes de que los dos protagonistas se atrevieran a admitirlo.
***
Al final de la cena, mientras Marc se despedía apresuradamente alegando una llamada urgente —una excusa tan obvia que ni Helena ni Marco la creyeron por un segundo—, se quedaron caminando juntos por las calles estrechas de Alfama, iluminadas por faroles amarillentos que le daban a la ciudad una calidez casi cinematográfica.
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Editado: 08.10.2026