Según Mis Cálculos Eres Mío

Capítulo 4: Grietas en el sistema

El lunes trajo consigo algo que Helena no había anticipado en ninguno de sus modelos: una sensación de expectativa que le costaba disimular. Llegó a la oficina a las 7:39, un minuto antes de su horario habitual, y se sorprendió revisando su teléfono con más frecuencia de la necesaria, esperando un mensaje que, se recordó a sí misma con firmeza, no tenía por qué llegar antes de la reunión programada con Marco a las once.

—Alguien está de buen humor —comentó Rita desde recepción, notando la expresión que Helena no había logrado borrar del todo de su rostro—. ¿Pasó algo bueno el fin de semana?

—Nada en particular —mintió Helena, aunque la sonrisa que se le escapó la delató por completo.

En su escritorio, encontró un correo de Val Costa marcado como urgente, enviado a las 6:45 de la mañana, un horario que Helena reconocía como típico de alguien que quería proyectar dedicación extrema ante el consejo, aunque en realidad solo estuviera moviendo piezas en su propio tablero de ajedrez corporativo.

Helena,

Necesito que revisemos juntas el presupuesto de Marvila antes de tu reunión con el arquitecto. He detectado algunas inconsistencias en los números que me preocupan. Ven a mi oficina a las 9.

Val

Helena frunció el ceño. No había ninguna inconsistencia en sus números; los había revisado tres veces, como hacía con cada informe que presentaba. Pero conocía a Val lo suficiente como para saber que aquello no era realmente sobre inconsistencias financieras.

Llegó a la oficina de Val a las nueve en punto, encontrándola sentada tras su escritorio de cristal, con una expresión que combinaba preocupación fingida y satisfacción genuina, una mezcla que Helena había aprendido a temer.

—Siéntate —dijo Val, señalando la silla frente a ella—. Quería hablar contigo sobre algo que va más allá de los números, en realidad.

—Pensé que habías detectado inconsistencias.

—Las hay, pero son menores. Lo importante es otra cosa. —Val entrelazó los dedos sobre el escritorio, con la precisión teatral de quien ha ensayado ese gesto en el espejo—. He notado que tu relación con el señor Valdés se ha vuelto... cercana. Más de lo que sería apropiado para un proyecto de esta envergadura.

Helena sintió que se le tensaban los hombros, pero mantuvo su expresión neutral, la misma que usaba en cualquier negociación difícil.

—Nuestra relación es estrictamente profesional, Val. Trabajamos bien juntos, eso es todo.

—Los rumores dicen otra cosa. Alguien los vio cenando el viernes, muy... íntimamente, según me contaron.

—Cenamos con Marc Ríolis también. Fue una cena de celebración por la aprobación del cronograma. Nada extraordinario.

Val sonrió, esa sonrisa fina que Helena ya había catalogado en su mente como "preludio de amenaza directa."

—Mira, Helena, no me malinterpretes. No me importa con quién cenes o con quién no. Lo que sí me importa es la reputación de este proyecto, y la mía, ya que voy a presentar el avance a la junta directiva la próxima semana. Si algo saliera mal entre tú y el arquitecto, cualquier tipo de... complicación personal, eso pondría en riesgo todo el trabajo que hemos hecho.

—No hay ninguna complicación. Y si la hubiera, no afectaría mi desempeño profesional.

—Eso espero. —Val se recostó en su silla, cruzando las piernas con elegancia calculada—. Porque si llegara a haber algún problema, cualquier desliz, tendría que informarlo al consejo. Sería una lástima que algo tan prometedor como tu carrera se viera manchado por un desliz sentimental con un colaborador externo.

La amenaza quedó suspendida en el aire, clara a pesar de su envoltura cortés. Helena la registró con la misma frialdad analítica que aplicaba a cualquier riesgo corporativo, aunque por dentro sintió que algo se endurecía: la determinación de no permitir que Val Costa dictara los términos de su vida personal.

—Gracias por la preocupación, Val. Pero puedo manejar mi carrera y mis relaciones profesionales sin ayuda.

Salió de la oficina con el pulso acelerado, no de miedo, sino de una rabia contenida que rara vez experimentaba con esa intensidad. Actualizó mentalmente su expediente sobre Val: **nivel de amenaza: crítico. Estrategia probable: sabotaje mediante manipulación de reputación.**

***

La reunión con Marco a las once transcurrió en la que sería, a partir de entonces, su oficina de campo permanente en el tercer piso de la vieja fábrica textil, ahora parcialmente restaurada con andamios y lonas que protegían las partes más delicadas de la estructura original.

—Te ves tensa —observó Marco apenas la vio entrar, dejando a un lado los planos que estaba revisando—. ¿Todo bien?

—Conversación desagradable con Val Costa.

—¿La directora de proyectos? ¿Qué quería?

Helena dudó un momento antes de responder, sopesando cuánto revelar. Decidió que la honestidad, en ese caso, era la variable más útil.

—Insinuó que nuestra relación de trabajo se ha vuelto demasiado personal. Y sugirió, veladamente, que podría usar eso en mi contra ante el consejo si le conviniera.

El rostro de Marco se ensombreció, una expresión que Helena no le había visto antes.

—¿Te amenazó?

—No abiertamente. Es más sutil que eso. Pero sí, básicamente.

—Eso es ridículo. Nuestra relación de trabajo ha producido el mejor cronograma que este proyecto ha tenido. Cualquier persona razonable lo vería así.

—Val no es una persona razonable cuando su ambición está en juego. —Helena se sentó sobre una de las cajas de materiales, súbitamente cansada—. Quiere liderar el proyecto de Marvila. Me ve como un obstáculo. Y ahora tiene algo que podría usar en mi contra.

Marco se sentó a su lado, más cerca de lo estrictamente necesario, y por un momento ninguno de los dos dijo nada.

—¿Quieres que mantengamos distancia? —preguntó finalmente él, con una seriedad que contrastaba con su habitual tono despreocupado—. Si eso te protege profesionalmente, lo entendería.




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