Las semanas siguientes trajeron consigo un ritmo nuevo en la vida de Helena, uno que ningún modelo predictivo hubiera podido anticipar del todo: mañanas que empezaban con mensajes de buenos días de Marco antes incluso de que sonara su alarma, almuerzos improvisados en la fábrica de Marvila entre revisiones de planos, y noches que se alargaban entre trabajo compartido y una cercanía cada vez más difícil de definir solo como "profesional."
El proyecto avanzaba con una fluidez que sorprendía incluso al consejo directivo. Las columnas se conservaban, las fachadas históricas se restauraban con un cuidado casi artesanal, y los primeros espacios culturales empezaban a tomar forma entre los andamios. Helena había aprendido, casi sin darse cuenta, a mirar los edificios no solo como estructuras de riesgo calculable, sino como contenedores de historias que merecían ser contadas.
—Estás cambiando —le dijo Clarys un domingo, durante su almuerzo semanal, observándola con esa mirada clínica que nunca dejaba de analizar a su hermana menor—. Y no me refiero solo a que sonríes más. Hablas distinto. Hasta tu forma de describir el trabajo suena menos a informe financiero y más a... no sé, a algo con alma.
—Marco tiene esa manera de contagiar su perspectiva a todo lo que toca.
—Me alegra mucho, Helena. De verdad. —Clarys le apretó la mano por encima de la mesa—. ¿Y cómo van las cosas con él, más allá del trabajo?
Helena sintió que una calidez genuina le subía al pecho al pensar en la pregunta. Las últimas semanas habían estado marcadas por cenas improvisadas, caminatas nocturnas por Alfama, conversaciones que se extendían hasta la madrugada sobre todo y sobre nada, y una intimidad física que crecía con la misma naturalidad con la que crecía la confianza entre ambos.
—Bien. Sorprendentemente bien, considerando que técnicamente sigo sin tener un modelo predictivo confiable para nada de esto.
—Tal vez esa sea la lección, hermanita. Que hay cosas que no necesitan modelo predictivo. Solo necesitan que te dejes vivirlas.
Helena sonrió, aunque una sombra de preocupación persistía bajo la superficie de su felicidad reciente.
—Val no se ha rendido. Lo sé. Ha estado extrañamente silenciosa desde la votación del consejo, y eso me preocupa más que cualquier ataque directo. Val nunca guarda silencio sin una razón estratégica.
—¿Has hablado con Marco sobre esa preocupación?
—No quiero que piense que estoy obsesionada con Val. O que no puedo disfrutar de un momento bueno sin calcular la próxima amenaza.
—Helena, calcular riesgos no te hace menos capaz de disfrutar la vida. Solo asegúrate de que ese cálculo no te impida estar presente. Ese es el equilibrio que siempre te ha costado encontrar.
Las palabras de su hermana resonaron en Helena durante el resto del día, mezclándose con una inquietud que no lograba nombrar del todo.
***
Esa misma noche, mientras cenaban en el apartamento de Marco —una costumbre que se había vuelto habitual los domingos—, Helena decidió finalmente abordar el tema que llevaba días rondándole la cabeza.
—Val ha estado demasiado callada —dijo, mientras Marco servía la pasta que había preparado con una torpeza encantadora que contrastaba con su seguridad en el trabajo—. Necesito saber qué está planeando.
—Tal vez simplemente aceptó la derrota y sigue adelante con su vida.
—Val Costa no acepta derrotas. Las archiva y espera el momento oportuno para usarlas.
Marco se sentó frente a ella, su expresión volviéndose más seria.
—¿Qué crees que está planeando?
—No lo sé con certeza, y eso es precisamente lo que me inquieta. —Helena removió la pasta en su plato, pensativa—. Pero conozco su patrón de comportamiento. Ella no ataca directamente cuando sabe que puede perder. Espera, recolecta información, y ataca cuando tiene una ventaja clara.
—¿Y crees que nuestra relación podría ser esa ventaja?
La pregunta quedó suspendida en el aire, cargada de una preocupación que ninguno de los dos había verbalizado del todo hasta entonces.
—Es posible —admitió Helena—. Ya insinuó, delante del consejo, que nuestra cercanía personal podría estar afectando mi objetividad profesional. Si encuentra una manera de presentar eso como un conflicto de interés real, con evidencia concreta, podría poner en riesgo no solo mi posición en el proyecto, sino potencialmente mi carrera entera.
Marco guardó silencio un momento, y Helena pudo notar cómo procesaba la información con una seriedad que rara vez mostraba.
—¿Prefieres que seamos más discretos? ¿Que mantengamos esto en privado hasta que el proyecto termine?
—No sé qué prefiero, Marco. Esa es la parte que me frustra. Nunca antes había tenido una situación donde no pudiera calcular claramente la mejor estrategia.
—Entonces tal vez esta vez no se trate de estrategia —dijo él, tomando su mano por encima de la mesa—. Tal vez se trate simplemente de decidir qué es lo que realmente quieres, sin preocuparte tanto por lo que Val Costa pueda o no hacer con esa información.
Helena lo miró, sintiendo la verdad de sus palabras asentarse en algún lugar profundo de su pecho, un lugar que durante años había mantenido cuidadosamente aislado de cualquier decisión importante.
—Quiero esto —dijo finalmente, con una claridad que la sorprendió incluso a ella misma—. Te quiero a ti. Sin importar lo que Val Costa intente hacer al respecto.
Marco sonrió, esa sonrisa que seguía desarmándola cada vez con la misma intensidad que la primera vez que la vio entre los escombros de la fábrica.
—Entonces enfrentaremos lo que venga juntos. Como hicimos con la contrapropuesta.
—¿Y si esta vez no es tan simple como presentar mejores cifras?
—Entonces encontraremos otra manera. —Se levantó, rodeando la mesa para sentarse junto a ella, tomándole el rostro entre las manos con una ternura que contrastaba con la seriedad de la conversación—. Helena, mírame. No voy a dejar que Val Costa, ni nadie más, arruine lo que estamos construyendo. Ni el proyecto, ni nosotros.
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Editado: 08.10.2026