Según Mis Cálculos Eres Mío

Capítulo 9: La espera

Las dos semanas siguientes transcurrieron con una lentitud que Helena nunca había experimentado antes, ni siquiera en los períodos más tensos de cierre fiscal o auditorías corporativas. Cada mañana llegaba a la oficina con una sensación extraña en el estómago, revisando su correo con una mezcla de temor y anticipación, esperando la notificación que determinaría el rumbo de su carrera y, en cierta medida, de su relación con Marco.

El proyecto de Marvila, mientras tanto, seguía avanzando, aunque Helena y Marco habían acordado, siguiendo el consejo de Tiago, mantener toda comunicación estrictamente profesional y documentada durante el período de investigación. Las reuniones se llevaban a cabo con la presencia de al menos un tercer miembro del equipo, los correos electrónicos se redactaban con un formalismo casi excesivo, y cualquier decisión importante se registraba con explicaciones detalladas de los criterios técnicos utilizados.

—Esto es agotador —le confesó Helena a Clarys durante su almuerzo semanal, un martes en que había decidido escaparse de la oficina para despejar la mente—. Tener que fingir que no siento nada por él cada vez que estamos en la misma sala. Documentar cada palabra como si fuéramos sospechosos de un crimen.

—¿Y cómo está Marco llevando la espera?

—Mejor que yo, creo. O al menos lo disimula mejor. Sigue con su energía habitual en el trabajo, sigue bromeando con los obreros, sigue defendiendo cada columna como si fuera su misión de vida. Pero anoche lo encontré despierto a las tres de la madrugada, revisando una y otra vez la documentación que enviamos al comité, buscando algún detalle que pudiéramos haber pasado por alto.

—Suena a que ambos están manejando esto de la misma manera, solo que con métodos diferentes: tú te preocupas en silencio, calculando probabilidades; él se preocupa activamente, buscando soluciones. En el fondo, es la misma ansiedad.

Helena sonrió, reconociendo la verdad en la observación de su hermana. Era curioso cómo, a pesar de sus diferencias fundamentales, ella y Marco habían terminado encontrando maneras paralelas de procesar la misma incertidumbre.

—¿Y Val? —preguntó Clarys—. ¿Ha hecho algo más desde que presentaron la queja?

—Nada directo. Sigue en las reuniones del consejo, comportándose como si nada hubiera pasado, con esa sonrisa perfecta que la caracteriza. Pero la he sorprendido un par de veces observándome de una manera que no me da nada de confianza. Como si estuviera esperando algo más.

—¿Crees que tiene otro plan preparado?

—No lo sé con certeza. Pero conociéndola, dudo mucho que una sola queja anónima sea el límite de su estrategia. Val no apuesta todo a una sola jugada.

***

La incertidumbre profesional se combinaba, de manera cruel, con una intimidad emocional cada vez más profunda entre Helena y Marco, precisamente en un momento en que ambos se veían obligados a restringir las manifestaciones públicas de esa cercanía. Sus noches juntos, siempre en el apartamento de uno o del otro, lejos de cualquier mirada corporativa, se habían convertido en un refugio necesario, un espacio donde podían ser completamente ellos mismos sin el peso de la investigación pendiente.

—A veces pienso que esta espera, aunque terrible, nos está enseñando algo —dijo Marco una noche, mientras preparaban la cena juntos en la cocina de Helena, un ritual que se había vuelto habitual entre ambos—. Nos obliga a valorar cada momento que tenemos, en lugar de darlo por sentado.

—Eso suena a una de esas frases que dirías para hacerme sentir mejor sin ninguna base estadística real.

—Tal vez. Pero también es cierto. —Se acercó, rodeándola por la cintura mientras ella removía la salsa en la sartén, apoyando la barbilla en su hombro—. ¿Sabes qué he aprendido de ti en estas semanas de incertidumbre?

—¿Qué?

—Que incluso cuando no tienes un modelo predictivo confiable, sigues adelante. Sigues tomando decisiones, sigues defendiendo lo que crees correcto, sigues siendo tú misma. Eso es mucho más valiente que cualquier certeza estadística que hayas tenido antes.

Helena se giró entre sus brazos, mirándolo con una ternura que todavía, después de todas esas semanas, le resultaba nueva y desconcertante.

—Tú me enseñaste eso, en realidad. Antes de conocerte, hubiera intentado controlar cada variable de esta situación hasta el punto de la parálisis. Ahora... simplemente confío en que vamos a resolver lo que venga, juntos.

—Eso suena sospechosamente a crecimiento personal, Helena Duarte.

—No te acostumbres. Sigo teniendo una hoja de cálculo abierta con escenarios de contingencia para la resolución del comité.

Marco rió, besándola con una suavidad que contrastaba con la tensión acumulada de las últimas semanas.

—No esperaría menos de ti.

***

El viernes de la tercera semana, Helena recibió una llamada inesperada de Ricardo Pinto, solicitando una reunión privada en su oficina. El corazón le dio un vuelco, temiendo que aquello significara que la resolución del comité había llegado antes de lo previsto, y con malas noticias.

Se presentó en la oficina de Ricardo a las cuatro de la tarde, encontrándolo con una expresión seria pero no hostil, algo que le ofreció un pequeño alivio.

—Helena, gracias por venir. Quería hablar contigo de manera informal, antes de que llegue la resolución oficial del comité, porque siento que te debo cierta transparencia después de años de trabajo juntos.

—Te lo agradezco, Ricardo.

—El comité está prácticamente listo para emitir su resolución. Basándose en la documentación que presentaste, y en el testimonio del señor Valdés, la conclusión preliminar es que no hubo ningún conflicto de interés que afectara la integridad de las decisiones tomadas en el proyecto de Marvila.

Helena sintió que el aire volvía a sus pulmones con una facilidad que no había experimentado en semanas.

—Eso es... un alivio enorme, Ricardo. Gracias por decírmelo.




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