Según Mis Cálculos Eres Mío

Capítulo 10 La Furia de Val

Mayo llegó a Lisboa con esa luz particular que parece disolver los contornos de las cosas, y con ella llegó también una época de calma que Helena, desconfiada por naturaleza, no terminaba de creerse del todo. El proyecto de Marvila avanzaba a un ritmo que superaba las expectativas del consejo: la primera fase de restauración estaba prácticamente terminada, las fachadas recuperadas empezaban a atraer la atención de la prensa local, y un periódico de arquitectura incluso había dedicado un reportaje completo al "renacimiento industrial de Marvila", con fotografías de Marco supervisando las obras que, según Marc Ríolis, lo habían convertido en una especie de celebridad menor entre los círculos culturales de la ciudad.

—Vas a tener que empezar a firmar autógrafos —bromeó Helena una tarde, mientras revisaba el artículo en su tablet, sentada sobre una de las vigas restauradas del edificio principal.

—Solo si tú me acompañas a cada firma. Necesito a alguien que traduzca mis discursos sobre "la memoria de los ladrillos" a cifras que la gente entienda.

—Ese es un servicio que cobro caro.

—Acepto pagar en besos.

—Moneda inestable. Prefiero algo con respaldo más sólido.

Marco rió, sentándose junto a ella, y por un momento, mientras el sol de la tarde bañaba el esqueleto restaurado de la vieja fábrica, Helena permitió que la felicidad simple del momento existiera sin necesidad de analizarla, sin buscarle una explicación estadística ni una proyección a futuro. Simplemente la dejó ser.

Su relación, liberada ya del peso de la investigación y del secreto forzado, había florecido con una naturalidad que sorprendía incluso a Helena. Pasaban casi todas las noches juntos, alternando entre el apartamento de ella en Alfama y el estudio caótico de él en Príncipe Real. Clarys, encantada con el cambio evidente en su hermana, había empezado a llamar a Marco "mi cuñado favorito", a pesar de que ningún título formal se hubiera pronunciado todavía entre ellos. Marc Ríolis, por su parte, se atribuía completo el mérito de la relación, insistiendo en que sin su intervención en aquella primera cena, "estos dos seguirían discutiendo sobre columnas hasta el día del juicio final".

Pero la calma, como Helena bien sabía, rara vez era gratuita. Y la factura llegó de una manera que ninguno de los dos había anticipado.

***

Todo comenzó con un mensaje aparentemente inofensivo. Helena estaba en su escritorio, revisando los últimos ajustes presupuestarios de la segunda fase del proyecto, cuando su teléfono vibró con una notificación de un número desconocido.

*¿Sabe Marco que investigaste su vida privada antes de acercarte a él profesionalmente? Pregúntale sobre su ex, Inés Marques. Tal vez debería saber que no eres tan objetiva como pretendes.*

Helena sintió que el estómago se le encogía. No reconocía el número, y el mensaje no incluía ninguna firma, pero el estilo, la precisión quirúrgica con la que apuntaba directamente a su inseguridad más profunda —el miedo de que su naturaleza analítica pudiera interpretarse como manipulación—, llevaba la marca inconfundible de Val Costa.

Investigó el nombre casi por instinto, con la misma minuciosidad con la que investigaba cualquier variable desconocida, y encontró rápidamente el perfil de una arquitecta llamada Inés Marques, con fotografías de hacía apenas dos años donde aparecía junto a Marco en lo que parecía ser la inauguración de un proyecto en Oporto, ambos sonriendo con una familiaridad que a Helena le provocó una punzada de celos que no supo controlar del todo.

No había hablado nunca con Marco sobre relaciones pasadas. No porque le pareciera irrelevante, sino porque, hasta ese momento, no había sentido la necesidad urgente de saberlo. Ahora, sin embargo, la duda sembrada por aquel mensaje anónimo germinaba con una rapidez que la sorprendía.

Esa noche, cuando se encontraron para cenar, Helena no pudo evitar que la pregunta se le escapara, más brusca de lo que hubiera querido.

—¿Quién es Inés Marques?

Marco, que en ese momento servía la pasta, se detuvo con el cucharón en el aire, sorprendido por la pregunta repentina.

—¿Por qué preguntas eso?

—Recibí un mensaje anónimo hoy. Insinuaba que deberías contarme sobre ella.

El rostro de Marco se ensombreció ligeramente, y Helena sintió que el corazón le daba un vuelco desagradable.

—Inés fue mi pareja hace dos años. Trabajamos juntos en un proyecto en Oporto, y la relación... terminó mal. Muy mal, para ser exactos.

—¿Por qué nunca me lo contaste?

—Porque no me pareció relevante para lo nuestro, y honestamente, todavía me cuesta hablar de ello. —Marco dejó el cucharón, su expresión volviéndose seria—. Helena, ¿de dónde salió ese mensaje?

—No tengo pruebas, pero conociendo el estilo, apostaría cualquier cosa a que fue Val.

—¿Y por qué sacaría a relucir algo de mi pasado ahora?

—Porque sabe exactamente dónde presionar. —Helena se pasó una mano por el rostro, sintiendo la familiar sensación de estar calculando variables en tiempo real—. Sabe que la confianza es algo que me cuesta construir, y está usando cualquier grieta posible para sembrar dudas entre nosotros.

—Entonces hablemos de esto abiertamente, ahora mismo, sin dejar que ella gane terreno con su manipulación. —Marco se sentó frente a ella, tomándole las manos—. Inés y yo estuvimos juntos tres años. Al final, ella decidió que mi obsesión con "salvar edificios que nadie más quería" era una pérdida de tiempo comparada con proyectos más lucrativos. Me dejó por un socio de una firma internacional que le ofreció, literalmente, en sus palabras, "un futuro con números que tuvieran sentido".

Helena sintió que algo se le apretaba en el pecho ante la ironía cruel de la situación: la mujer anterior de Marco lo había abandonado, en parte, por las mismas razones que Helena admiraba profundamente en él ahora.

—Eso explica por qué reaccionaste tan bien cuando te ofrecí convertir tu pasión en cifras defendibles, en lugar de descartarla como poco práctica.




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