La casa estaba llena. Llena de globos, de risas, de olor a torta recién horneada… y de amor. Mucho amor. Apenas entré al living y vi la pancarta enorme que decía “Falta poquito, Keila”, sentí que se me apretaba el pecho. Flores de papel, estrellitas lilas, moños gigantes… todo parecía salido de un sueño medio exagerado, pero perfecto.
Caminaba despacito entre los sillones, con esta panza que ya no me deja disimular nada y una sonrisa que no había forma de borrarla. Llevaba un vestido suelto, floreado, y un rodete medio improvisado que se me desarmaba cada cinco minutos.
—Che, pará… parezco una vaca disfrazada de primavera —largué, cuando vi a Sole sacándome fotos—. A esta altura, si no me atajan, ruedo.
—Callate, estás hermosa —me dijo, acomodándome un rulo—. Sos la embarazada más linda del país… y la más puteadora cuando se emociona.
—Y bueno… las hormonas y yo somos un cóctel letal —respondí riéndome, porque era reír o largarme a llorar ahí mismo.
La cocina era un caos hermoso. Empanaditas, sándwiches de miga, tortas caseras… y la mesa dulce que había armado Julieta, la hermana de Gonzalo, que se había lucido como siempre.
—Esto parece Pinterest —dijo Gonzalo, mirando todo con culpa—. Ni ganas de tocar nada.
—Comé tranquilo, que ya saqué fotos —le guiñó Juli.
David andaba repartiendo gaseosas como si trabajara ahí desde siempre, serio y responsable, y Abi iba y venía con una coronita de cartulina que decía “Hermana mayor”. Cada vez que la veía, el corazón se me hacía manteca.
Cuando llegaron Luis e Idalia con una caja enorme envuelta en papel brillante, y Horacio y Patricia atrás, con otro paquete y los brazos listos para abrazar, ya no pude contener nada.
—¡A ver esa panza preciosa! —dijo Idalia, y me besó la frente—. Ay, hijita… una nena más… ¡qué felicidad!
Gonzalo no se me despegaba ni medio segundo. Me alcanzaba comida, me ayudaba a sentarme, me abrazaba cada vez que podía.
—Pará un poco, rey —le dije riéndome—. Estoy embarazada, no hecha de cristal.
—¿Y si me gusta mimarte qué? —me contestó, antes de darme un beso delante de todos.
Y claro… aplausos, silbidos, cargadas. Como si estuviéramos en una novela.
Diego organizó los juegos: medir la panza, cambiar pañales con los ojos vendados, escribirle cartitas a Keila. Algunas eran un desastre de dibujos, otras tan profundas que dolían lindo.
—Yo quiero que sepa cuánto la esperábamos —leyó Sole en voz alta—. Que nació en una familia que la va a amar toda la vida.
Ahí ya no pude más. Me tapé la boca, con lágrimas cayendo sin permiso. Abracé fuerte a mis hijos. Abi se me colgó del cuello y David apoyó la cabeza en mi hombro.
—Va a tener los mejores hermanos del mundo —dijo Gonzalo, y lo miré sabiendo que decía la verdad.
Después vinieron los regalos: ropita chiquitita, peluches suaves, una manta tejida por Idalia que parecía hecha con amor punto por punto, libros de cuentos, baberos con frases ridículas que nos hicieron reír a todos.
Cuando el sol empezó a bajar, me senté en la mecedora del cuarto de Keila. Miré los regalos, la casa llena de gente querida, las risas sin pose, las fotos espontáneas… la vida.
Gonzalo se agachó frente a mí y me tomó las manos.
—¿Feliz?
Lo miré, con los ojos brillosos, sin pensarlo.
—Mucho. Me explota el corazón.
Y mientras la panza se movía suave, como si Keila también estuviera sintiendo todo eso desde adentro, supe que ese baby shower no había sido solo una fiesta.
Había sido una bienvenida.
Al amor, en su forma más pura.