Constanza
👶 El nacimiento de Keyla – Una redención inesperada
Era una tarde pesada, de esas que se pegan a la piel. Domingo eterno, sol inmóvil, aire espeso. Gonzalo estaba en la empresa, atrapado en un problema con proveedores. No quería ir, pero no tuvo opción. Me dejó su celular “por las dudas”.
Igual falta una semana, se había dicho.
Yo estaba tirada en el sillón, con las piernas arriba del puff, abanicándome con una hoja de carpeta porque ya nada alcanzaba. Abi me miraba sentada en el piso, con esa mezcla de ternura y fascinación que solo tienen los chicos cuando saben que algo grande está por pasar. David estaba en la suya, mostrándole a Horacio un juego nuevo en la tele.
Y en medio de ese domingo cualquiera… pasó.
Sentí algo raro. Fruncí el ceño.
—¿Estás bien, ma? —preguntó Abi, dejando el juguito.
—Creo que sí… solo un… —no llegué a terminar.
Un ruido húmedo. Inconfundible.
Miré hacia abajo. El sillón mojado. El piso también.
—Rompí bolsa —dije, con una calma que ni yo sabía de dónde salía.
Abi se quedó dura. David parpadeó. Pero Horacio reaccionó como si toda su vida hubiera esperado ese momento.
—¡Vamos! ¡Tranquila, Connie! Respiramos, ¿sí?
Me ayudó a levantarme. Apoyé la mano en su brazo y le sonreí, agradecida, mientras las contracciones empezaban a doler en serio.
En un suspiro estábamos en el hospital. Yo apretaba los dientes, concentrada, desafiando cada ola de dolor. Abi y David se fueron a una sala aparte. Horacio se quedó cerca, sin saber si su lugar era estar o desaparecer.
Y entonces llegó Gonzalo. Transpirado, agitado, con la cara del que corrió contra el mundo.
—¿Dónde está? ¿Cómo está? —preguntó.
—Ya está en trabajo de parto —le dijeron.
El médico apareció con una sonrisa serena.
—La paciente pidió que entren dos personas. Usted… y el señor —dijo, señalando a Horacio.
El silencio fue absoluto.
—Yo… no quiero molestar —murmuró Horacio.
Gonzalo respiró hondo, con los ojos llenos.
—No vas a molestar.
—Ella te eligió —agregó el médico.
Vi cómo algo se le quebraba por dentro a Horacio. Entraron conmigo.
Estaba en la camilla, cansada, transpirada, rota… y nunca me sentí tan viva.
—Gracias por venir —le dije a Horacio—. Quiero que estés acá. Quiero que veas que el amor verdadero no se divide… se multiplica.
Gonzalo me tomó la mano, pálido, emocionado.
—Ya viene nuestra nena, amor. Ya llega Keyla.
El dolor fue todo. El cuerpo, el alma, el límite. Y entonces…
El llanto.
Fuerte. Claro. Perfecto.
Keyla había llegado.
Lloré. Gonzalo lloró. Y Horacio se tapó la boca, como si no pudiera creerlo.
—Es ella… es nuestra hija —dijo Gonzalo.
Me la apoyaron en el pecho. Temblé. La abracé como si abrazara todo lo que perdí y todo lo que volvía a encontrar.
—Hola, mi amor… hola, hija.
Horacio se acercó.
—Gracias… por dejarme estar.
—Vos también sos parte de esta historia —le dije—. Y recién empieza.
Y ahí, en esa habitación, algo se sanó.
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Cuando Abi y David entraron, el sol ya se estaba escondiendo. Keyla dormía sobre mi pecho.
Abi caminó despacito, con un dibujo en la mano. David venía atrás, serio, emocionado.
—Vengan… —les dije—. Vengan a conocerla.
Abi se acercó primero.
—¿Esa es…?
—Sí, mi amor. Tu hermanita.
Le acarició la manito con un dedo tembloroso.
—Es chiquitita…
David se acercó después.
—Hola, Keyla —dijo—. Soy tu hermano. Y si alguien te molesta… me avisás.
Me reí llorando.
Y ahí entendí todo.
Mis hijos no solo ganaron una hermana. Ganaron un lazo nuevo. Una familia elegida..