Segundas oportunidades. El amor que no esperaba

Promesas

Gonzalo:
🏡👶 Nuestra princesa ya está en casa
Gonzalo
Todavía me acuerdo del olor de esa tarde.
Lavanda, torta casera… hogar.
Idalia había pasado antes, como un hada silenciosa, y dejó una bandeja llena de cosas ricas sobre la mesa. Mi viejo se llevó a David y a Abi al cine “para que los papis descansen un poco”, dijo. Como si dormir fuera posible con una recién nacida en casa y el corazón latiendo tan fuerte.
Vi a Constanza entrar a la habitación en puntitas de pie, con Keyla en brazos. Yo fui atrás, cargando una mantita y el peluche que había comprado semanas antes, imaginando este momento sin animarme a creer que iba a llegar de verdad.
—Acá estamos, princesa chiquita —la escuché susurrar—. Bienvenida a tu reino.
Me quedé quieto mirando el cuarto. Estaba exactamente como lo habíamos soñado: la pared lila con estrellitas blancas, el cartel que Abi había pintado con tanto amor diciendo “Bienvenida Keyla”, la cuna con las sabanitas suaves, el móvil de lunas y nubes girando lento, como si el aire también quisiera cuidarla.
Acomodé el peluche dentro de la cuna y me incliné para besar la cabecita de mi hija. Tan chiquita. Tan frágil. Tan nuestra.
—No puedo creer que ya esté acá —dije en voz baja, más para mí que para ella.
—Yo tampoco —respondió Constanza—. Siento que soñamos con esto tanto… y ahora es real.
La vi acostarla con un cuidado que me partió el alma. Como si fuera de cristal. Keyla se acomodó sola y suspiró dormida, con una muequita en la boca que parecía una sonrisa. Ahí supe que ya estaba perdida. Los dos lo estábamos.
Nos quedamos mirándola en silencio, tomados de la mano. El tiempo se frenó. Éramos solo nosotros tres.
—¿Te acordás cuando te dije que no quería volver a enamorarme? —me dijo Constanza, casi en un murmullo.
Asentí sin dejar de mirar a mi hija.
—Y yo te dije que iba a esperar —le contesté.
—Y ahora miranos. Mirala.
Respiré hondo.
—Nunca imaginé que el amor más grande iba a empezar así —le dije—: con una mirada tuya, una pelea… y una cuna vacía esperando ser llenada.
Ella apoyó la cabeza en mi hombro.
—Hoy no solo nació Keyla. Nacimos nosotros. Como familia. Como esta versión nueva de todo.
La abracé más fuerte.
—Esta es mi vida —le dije, sin dudas—. Vos, ella, David, Abi. No hay nada afuera que me interese más que esto.
Nos quedamos así un rato largo. Escuchando la respiración suave de Keyla, el girar del móvil, el tic-tac del reloj. Nunca el silencio me había parecido tan perfecto.
Antes de salir, Constanza volvió a acercarse a la cuna. Le acomodó una manito debajo de la mantita y le susurró:
—Te estábamos esperando, chiquita. Y valió la pena cada paso para llegar hasta vos.
Apagué la luz principal y dejé solo la lámpara con forma de nube encendida.
Cuando cerramos la puerta, supe que ese cuarto no iba a guardar solo a una bebé. Iba a guardar sueños, primeros pasos, primeras palabras… y todo lo que vendría.

5 MESES DESPUES....

Era domingo. Se sentía en el aire. La tarde caía mansita sobre la casa y el sol entraba por los ventanales del living, tiñéndolo todo de un dorado tibio, como una caricia de otoño.
Keyla estaba sentadita en el centro de la alfombra, rodeada de peluches y sonajeros. Derechita, orgullosa, con los cachetes rosados y los ojos enormes mirando todo como si el mundo fuera una sorpresa constante. A veces se caía de costado, pero volvía a sentarse sola, con esa cara de “¿vieron lo que hice?” que nos derretía a todos.
Abi estaba de rodillas a su lado. En las manos tenía una foto vieja. Una foto de Nicolás, levantándola en brazos cuando ella era apenas una nena. Sonreía como si el mundo entero le entrara en el pecho.
Yo me quedé quieto, detrás de la puerta, sin saber que estaba a punto de escuchar algo que me iba a cambiar para siempre.
—Mirá, Keyla —le dijo Abi con una voz llena de amor—. Él era nuestro primer papá. Se llamaba Nicolás. Era muy bueno, ¿sabés? Me decía que yo era su tesoro.
Keyla la miró fijo, como si entendiera. Se rió y pateó el aire, feliz por esa voz dulce que la nombraba.
—Cuando él se fue, mamá lloraba mucho. Yo también. Todo era más gris —siguió Abi—. Pero un día… apareció alguien.
La vi bajar la mirada, jugar con la mantita.
—Se llama Gonzalo —dijo. Mi nombre en su voz me atravesó—. Al principio no sabía si era bueno. Me daba miedo que viniera y se fuera. O que no nos quisiera como somos.
Sentí un nudo en la garganta.
—Pero no —continuó—. Se quedó. Y me abrazó fuerte. Y me cuidó cuando estaba enferma. Y me enseñó a patear mejor la pelota. Y me leyó cuentos. Y ahora… ahora lo quiero como a un papá. Porque lo es.
Keyla balbuceó algo y estiró su manito, tocándole el brazo, como diciendo yo también.
—A vos también te va a querer siempre. Como a una princesa —le dijo Abi—. Pero yo… yo te prometo algo.
Le apretó la manito chiquita.
—Te voy a cuidar siempre. Te voy a enseñar a dibujar, a decir bien las “R”, y cuando seas grande te voy a ayudar con los deberes. Vos y yo, juntas.
Ahí sentí la mano de Constanza en mi brazo.
—Andá —me susurró.
Entré despacio. Me agaché cerca. Keyla me reconoció al instante y estiró los brazos hacia mí, sonriendo como si su corazón latiera en las manos.
Abi levantó la vista.
—¿Escuchaste todo? —me preguntó, un poco avergonzada.
—Cada palabra, reina —le dije, con la voz rota.
Le tomé la mano y se la besé.
—La primera vez que te vi —le confesé— me rompiste el corazón. Pero no para lastimarme. Me lo rompiste para armarme uno nuevo. Uno que te tiene a vos adentro para siempre.
Me miró con esos ojos enormes, tan parecidos a los de su mamá.
—Keyla va a ser siempre mi princesa —dije, acariciando la cabecita de la beba—. Pero vos, Abi… vos sos mi reina. La reina de todos los días.
No dijo nada. No hacía falta. Se tiró a mis brazos con un abrazo fuerte, largo, de esos que no se olvidan nunca.
Desde la puerta, Constanza se llevó una mano al pecho y sonrió.
Y yo entendí, por fin, que en esa sala —entre una bebé que se reía, una nena que prometía y un hombre que sanaba— estaba todo lo que alguna vez necesité.
Si querés, el próximo paso puede ser Gonzalo escribiéndole una carta a Abi, o una escena con David, también narrada por él 💛




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.