Segundas oportunidades. El amor que no esperaba

Promesa 2 y un postre con premio...

David..

El sol se iba apagando de a poco y el cuarto de Keyla se llenaba de esos tonos dorados que te dan ganas de quedarte quieto, mirando. La cuna se movía apenas, sacudida por unos pataleos impacientes. Tenía los brazos estirados y balbuceaba como si estuviera reclamando atención urgente. O amor. O las dos cosas.
Entré con la mochila colgando de un hombro y el uniforme del club todavía transpirado. Estaba cansado, sí, pero cuando la vi… se me fue todo.
—¿Y esta terremotito quién es, eh? —le dije bajito, acercándome.
Me reconoció al instante. Pegó un gritito agudo, estiró las manos y se le iluminó la cara como si yo fuera lo mejor que le había pasado en el día. No aguanté. La levanté y la apreté contra el pecho.
—Pará un poco, loca… ¿me vas a derretir el corazón todos los días? —le murmuré.
Se acomodó sola, como si ese fuera su lugar en el mundo. Me senté con ella en el silloncito del rincón, el que mamá armó con tanto amor. Keyla jugaba con el cuello de mi camiseta mientras yo le hablaba en voz baja, como si compartiéramos un secreto.
—¿Sabés qué, enana? Hoy metí un gol —le conté—. Ganamos dos a uno. Partido picante. Pero mientras corría… pensaba en vos.
Me miró con esos ojos enormes, llenos de luz.
—Bueno… en realidad pensé en tres mujeres —seguí—. Tres que me cambian la vida todos los días.
Agarró una de mis cadenas y la mordisqueó como si fuera suya.
—La primera es tu mamá. Se bancó todo sola cuando nadie más podía. Nunca se rindió. Ni siquiera cuando estaba rota.
Le besé la frente.
—La segunda es Abi. Mi hermana, mi compinche. Con ella aprendí que llorar no te hace débil. Que decir lo que sentís es de valiente.
Keyla hizo un ruidito, como aprobando.
—Y la tercera sos vos —le dije—. Aunque seas chiquita. Aunque todavía no hables. Porque vos me recordás todos los días que siempre hay algo lindo por venir. Que no importa lo duro que sea el partido… siempre hay un gol que vale la pena.
Me miraba embobada. Como si entendiera todo. Y capaz entendía.
—Cuando crezcas, cuando quieras usar glitter, salir con amigas o sacar el registro… yo voy a estar —le prometí—. Desde donde sea. Pero voy a estar.
Me tocó la cara con su manito tibia. Cerré los ojos un segundo.
—Las tres mujeres de mi vida —murmuré—. Y yo… el tipo con más suerte del planeta.
Afuera ya era de noche. Pero ahí adentro había una luz que no se apagaba.

Postre con premio

Constanza

La casa estaba en silencio. De ese silencio profundo que solo aparece cuando todos duermen. Keyla en su cuna, Abi abrazada a un peluche gigante y David roncando con la camiseta de Boca de almohada.
Abrí la heladera en patas, con una remera de Gonzalo que me quedaba enorme y el pelo atado como había podido. Tenía un antojo feroz. Y ahí la vi. Escondida atrás del tupper del guiso.
—Ajá… te encontré —susurré, sacando la chocotorta.
—¿Sabés que eso era mío, no? —dijo una voz detrás mío.
Pegué un pequeño salto. Gonzalo estaba apoyado en la puerta, en pijama, con esa sonrisa que nunca trae buenas intenciones.
—No tenía nombre —le dije—. Así que es de quien la encuentra primero.
Me serví una cucharada y comí despacio, provocándolo. Sentí cómo se acercaba.
—Yo hice esa chocotorta —murmuró—. Con mis propias manos.
—Y yo cuidé a tus hijos, tu casa y tu vida entera —le contesté—. Creo que me la gané.
Se rió bajito y me rodeó la cintura, pegándome a la mesada.
—Estás hermosa así… con mi remera, el pelo hecho un desastre y robándome el postre.
Tragué despacio. Sentí el calor subir.
—No me digas eso, Silva… que después me olvido de por qué te tengo que odiar.
—¿Y si compartimos el postre? —dijo, rozándome el cuello.
—¿Y si me das un beso y después vemos?
No lo dudó. Me besó lento, con ganas, con ese beso que no pide permiso. Me abracé a su cuello y dejé caer la cucharita al piso.
—Eso no fue un beso —le dije, apenas separándome.
—¿No?
—No. Eso fue el tráiler —susurré—. ¿Querés ver la película entera?
No respondió. Me alzó en brazos como si no pesara nada y me llevó por el pasillo, riéndose contra mi cuello mientras yo me aferraba a él.
Esa noche…
el postre no fue lo más dulce.

Continuará




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.