Selenofilia, luz de luna

Capítulo II.

Esa chica, dramática. 

Tranquilidad y la ligera brisa de verano que entraba de la ventana, era lo que mantenía a Ajaniame en un profundo sueño, hasta que sus ojos fueron abriéndose debido a los rayos del sol. Paseó su vista por el techo y sin pensarlo, se llevó una mano al cuerpo, dándose cuenta con qué era lo que había dormido. Se incorporó de inmediato y pestañeó sin creer que lo había hecho con la misma ropa con la que fue al restaurante. Odiaba eso. ¿Y su pijama? Se levantó de mal humor y empezó a buscarla, segura que estaría bajo su almohada, pero no. Cuando de repente…

—¡AJANIAME! ¡AUXILIO! —Los chillidos en boca de Marta la sobresaltaron. Un ruido proveniente de su cuarto le hizo darse la vuelta— ¡VEN RÁPIDO! ¡HAY UN TIPO SIN ROPA EN MI CAMA! 

La chica salió disparada de su habitación para conducirse a la otra. No lo pensó dos veces y abrió la puerta bruscamente, encontrándose con una Marta aterrorizada que hacía por cubrirse con una sábana, llorando y señalando a un chico completamente desnudo que dormía boca abajo. Ajaniame lanzó una mirada confusa y asqueada hacia su hermana, pero ésta sabiendo a lo que se refería, negó con la cabeza.

—¡No! ¡Sabes que yo no hago estas cosas de traer a alguien!

—¿Estás segura? Porque…

—¡Que sí Ajaniame! Además, ¿qué no lo ves bien? Yo no tengo tan mal gusto como me dices.

—A ver…

—¡No seas estúpida! No te acerques, puede ser malo. 

De puntitas, Marta se alejó de la cama y corrió tras su hermana. Sus miradas fueron a dar al montoncito de ropa que yacía en el piso. Decidieron pues, salir del cuarto y aseguraron la chapa.

—Entonces estás segura que…

—Sí Ajaniame, ya te lo dije. No entiendo nada —Marta lloriqueaba. Luego soltó un suspiró para cambiar de tema, hablando bajito—: Por cierto, no me tienes para nada contenta por lo de ayer, eh. 

—¿Ayer?

—¡Claro! ¿O qué? ¿Vas a negar que te emborrachaste?

Ajaniame tosió.

—¿Qué? ¿Disculpa?

—Ay vamos, si bien que llegaste arrastrándote como muerta viviente, ¿no te dije que me llamaras para ir por ti? ¿Qué pasaba si te sucedía algo? Sólo espera a que se enteren nuestros padres y…

—No, no, no, Martita, no les digas nada que si no me matan. Te lo suplico. 

—Eh… no lo sé —La menor desvió sus ojos al piso, silbando. Pero Ajaniame dejó de pedir que no la acusara cuando cayó en cuenta que en realidad no tendría por qué hacerlo.

—A ver, espera. En primer lugar yo no llegué borracha y en segundo, ¿cómo es que llegué aquí?

—¿En verdad te estás haciendo o así eres?

—¿Sabes una cosa? Yo sí que tengo de qué acusarte —Ajaniame señaló la puerta de su habitación, haciendo referencia a eso que estaba dentro. 

Marta cambió su semblante.

—Bueno ya, es que llegaste en un taxi, tuve que ir a recibirte. Maldita sea, ¡me tenías preocupada!

Ajaniame meneó la cabeza ante tal testimonio. No recordaba haber viajado en ningún taxi luego de su incidente con el perro de su exnovio. Al contrario, su mente la traspasó a aquél momento en que se topó con un tipo estúpido a su parecer. Tanto fue el grado de estupidez con que lo recordó que, no pudo evitar echarse a reír con ganas. Aparte de lo ya mencionado, lo consideró hostil e irrespetuoso. Marta arqueó una ceja. 

—¿De qué te ríes? 

—Marta, dime una cosa —Ajaniame no paraba de carcajear—, ¿qué pensarías si un día cualquiera, un extraño va y te dice que eres una diosa? 

—Uh, creo que depende. Si lo hace de buena manera, acepto su cumplido. 

—No tonta, no me refiero a eso. 

—¿Y bueno? 

—Es que… 

Sus palabras quedaron al aire cuando escucharon que del otro lado de la habitación intentaban abrir la puerta. Giraron en alerta y retrocedieron, tragando saliva. 

—Ajaniame, tengo miedo, ¿qué hacemos? 

—No sé Marta, no sé. Y a todo esto, ¿por qué me preguntas a mí? ¿Que no ves que no pienso? 

—Ajaniame… —Marta se refugió otra vez tras su hermana y juró sentir que las piernas se le adormecían, su corazón aumentaba de ritmo y sus manos sudaban. Entonces sin dudarlo y aceptando que estaba siendo mala onda, la empujó. 

—¡¿Pero qué estás haciendo, Marta?! —exclamó Ajaniame antes de estamparse contra la puerta. A nada de darse la vuelta para regresar con su hermana y soltarle un golpe más fuerte, cayó de sopetón llevándose consigo a alguien. Abrió los ojos cuando de manera inexplicable, se volvió a encontrar con el mismo chico de la noche anterior. Con desagrado y haciendo lo posible por levantarse y apartarse de él, no se percató que accidentalmente, su mano había ido a parar a la zona sensible de tal intruso que, ya ni para qué decir. Fingiendo vomitar y sacudiendo su mano en señal de repulsión, Ajaniame no dejó de llorar—: Ay no, ay no. ¡No puede ser! ¡Mi mano! ¡Mi mano! 

—No seas exagerada —le dijo Marta. 

—¡¿Exagerada?! ¿Exagerada me llamas a mí? 

—Pues sí —Su hermana alzó los hombros. 

—¡Claro! ¡Como tú no tocaste su cosa esa! 

—¿Podrían callarse? —Una voz masculina las interrumpió. Ajaniame tropezó un poco tratando de no acercársele. 

—¡No! —contradijo la rubia, dirigiéndose a su familiar—. Marta. 

—¿Sí? 

—¡Llama a la policía y al zoológico! 

—¿Qué? P-pero, ¿para qué? O sea, a la policía sí por invasión de propiedad privada, pero ¿zoológico? 

—Que sí, hazme caso. 

—Vaya Meztli, pero tú sí que eres una escandalosa, ya ni en el manual que me dio el dios de la sabiduría sobre cómo tratar a los humanos y sobrellevar su mundo, viene cómo soportar a una muchacha tan irritante. 

—¿Disculpa? 

—Ay por favor, no te hagas que no escuchaste. De nuevo como ayer —Naran rodó los ojos, formando una mueca y soltando un típico “já”. 

—Pero… ¿de dónde salió semejante chico? —Ajaniame se extrañó que de repente, su hermana se hallase dando pasos al frente con la finalidad de contemplar mejor al joven que llevaba vestiduras demasiado raras. Marta dejó escapar un suspiro, para después decir—: Pero si es muy apuesto. 




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