En un reino no muy lejano —aunque pocos recordaban ya su nombre— el frío no llegaba con el invierno. El frío era el reino. La niebla se arrastraba baja, espesa, como si temiera elevarse. Las sombras no se proyectaban: se quedaban pegadas a la tierra, inmóviles. Allí, incluso el silencio parecía entumecido. En el centro de aquel territorio olvidado yacía un árbol antiguo. O lo que quedaba de él. Su tronco estaba roto, despedazado, como si algo lo hubiera partido desde dentro. Las ramas, negras y retorcidas, no sostenían hojas ni frutos. Solo grietas. Solo heridas abiertas al cielo. Durante mucho tiempo se creyó que el árbol había muerto. Pero no fue así. De entre sus restos nació una última flor.
No era blanca. No era roja. No tenía color alguno que perteneciera a la vida. Era negra. Una flor imposible, cerrada sobre sí misma, como si protegiera un secreto. Cuando cayó, no lo hizo con suavidad: la semilla golpeó la tierra helada y se hundió en ella, como si el suelo la hubiera estado esperando. Nadie la vio crecer. Nadie la regó. Y, aun así, brotó. La semilla negra se abrió paso lentamente, absorbiendo el frío del reino, alimentándose de la quietud, de la ausencia de esperanza. Donde echaba raíces, el suelo se endurecía. Donde florecía, la niebla se espesaba. Hasta que, un día, la flor se abrió. De ella no nació una criatura común. Nació una presencia. Alta, silenciosa, envuelta en una quietud que hacía temblar incluso a las piedras. Sus pasos no dejaban huella, pero su paso se sentía. Donde se movía, el aire se volvía más denso. Donde miraba, la vida dudaba de sí misma. Así nació la Reina. No fue coronada. No fue elegida.
El reino la reconoció antes incluso de comprenderla. Las criaturas que la vieron por primera vez no huyeron de inmediato. Primero sintieron algo peor: la esperanza se les retiró del cuerpo, como un aliento que decide no volver. Luego llegó el miedo. Un miedo antiguo, instintivo, sin nombre. Ella no necesitaba palabras. Bastaba con que caminara. Allí donde se detuvo, surgió su castillo. No fue construido por manos visibles. Se levantó como crece una cicatriz: piedra sobre piedra, muros formados por piedras entumecidas, frías por dentro, incapaces de guardar calor alguno. No eran hielo. No brillaban. Eran piedras donde el frío había quedado atrapado para siempre. Desde ese lugar, el corazón del reino comenzó a latir de otro modo.
Todo aquel que se acercaba —animal, criatura o ser humano— sentía primero la oscuridad. No una oscuridad visible, sino una que nacía desde el centro del pecho. Después venía el miedo, espeso, envolvente, imposible de resistir. No huían. Eran hipnotizados. Sus pasos se desviaban sin que lo notaran. Sus pensamientos se vaciaban lentamente. Sus almas eran jaladas, atraídas hacia el núcleo del reino, como si algo invisible las reclamara por derecho.
Y una vez dentro… ya no eran libres. Sus voluntades se quebraban. Sus recuerdos se debilitaban. La esperanza —si alguna vez la habían tenido— se apagaba por completo. Se convertían en sombras obedientes, en cuerpos que caminaban sin luz propia. En esclavos de la Reina. Ella no necesitaba cadenas. El reino mismo se encargaba de retenerlos. Y así, mientras el castillo se alzaba y las piedras entumecidas sellaban su poder, el miedo dejó de ser una emoción pasajera y se convirtió en ley. El terror había encontrado su trono.