Con una intención oscura y decidida, los ecos comenzaron a desplazarse.
No caminaban.
No buscaban al azar.
Viajaban.
Eran fragmentos del Reino, desprendidos de su quietud, enviados no para perseguir víctimas, sino para reconocerlas. Atravesaban distancias invisibles, atentos a algo más profundo que el simple paso de los cuerpos.
Porque no todo cruce es una conquista pasajera.
Algunos llamados buscan algo distinto:
aquello que aumenta la grandeza del Reino.
Cada susurro nacido de las piedras entumecidas llevaba consigo la memoria del terror. No para imponerlo, sino para invocarlo. Para despertar la malicia dormida en lo más profundo de las almas y tantear sus grietas, buscando la forma de atravesarlas.
Los ecos no forzaban.
Invitaban.
Localizaban aquello que podía ser alimentado por una promesa que ni siquiera las propias almas alcanzaban a imaginar. Algo antiguo. Algo que se sentía como elección, aunque ya hubiera sido reconocido desde antes.
Fue así como uno de esos ecos se desprendió del Reino.
Viajó en la distancia exacta.
Recorrió tiempo y mundos.
Escuchó en la lejanía.
Y cuando encontró aquello que debía ser llamado, no habló en voz alta.
No se presentó.
No advirtió.
Solo permaneció lo suficiente para ser escuchado.