Los antiguos textos hablan de un emperador venido de tierras lejanas, de raíz austríaca, alto y galardonado, cuya sola presencia bastaba para doblegar voluntades. Donde llegaba, los territorios se rendían. Donde hablaba, las respuestas parecían brotar solas, como si hubieran estado aguardando su voz.
Su vanidad no era torpe ni ruidosa.
Había sido pulida por los años, por la sabiduría adquirida en la victoria y por la certeza de haber sobrevivido a todo intento de resistencia. No necesitaba alzar la voz para imponer su dominio; le bastaba existir.
Había recorrido mundos enteros en busca de sentido, convencido de que todo misterio podía ser conquistado si se caminaba lo suficiente. Para él, no existían los límites verdaderos, solo fronteras mal comprendidas. Allí donde otros se detenían por temor, él avanzaba por convicción.
Había escuchado hablar de reinos que enloquecían a los hombres.
De territorios donde la razón se deshacía y la voluntad se quebraba.
Siempre le parecieron advertencias creadas por quienes no supieron continuar.
El miedo, pensaba, no era una señal de peligro, sino de frontera.
Y las fronteras existían para ser cruzadas.
Su poder no había nacido de la prisa, sino de la observación. Sabía cuándo avanzar y cuándo esperar. Había aprendido a reconocer el silencio que precede a las grandes conquistas, ese instante en que el mundo parece contener el aliento antes de ceder.
Jamás lo confundía con temor.
Sin embargo, con los años, algo había comenzado a cambiar. No en los territorios que conquistaba, ni en los pueblos que se inclinaban a su paso, sino en él. El triunfo constante había dejado de sorprenderlo. Las victorias ya no colmaban la vastedad de su ambición.
Había empezado a escuchar el silencio de otra forma.
No como vacío.
Sino como promesa.
Como si existiera algo que aún no se dejaba ver, algo que permanecía intacto precisamente porque nadie había osado tocarlo. La idea no lo inquietaba; lo atraía. Le hablaba de una grandeza distinta, no medida en territorios ni en nombres sometidos, sino en aquello que aún resistía.
Creyó que ese pensamiento era suyo.
Nunca lo dudó.
Convencido de que nada podía sorprenderle ya, comenzó a pensar que todo misterio aguardaba únicamente a quien se atreviera a nombrarlo. Que no existían advertencias reales, solo límites aún no explorados por la voluntad correcta.
No sintió temor.
No percibió señal alguna.
Creyó que la idea había nacido en él.
Hasta que un día encontró una puerta.