—MAMÁ! ¡PAPÁ! —grité con la garganta ardiendo.
Nadie respondió.
El aire estaba cargado de humo y gritos. ¿Qué carajos está pasando? ¿Por qué todo se vino abajo tan rápido?
No, no puedo pensar en eso ahora. Lo único importante es encontrarlos… a ellos y a mi hermano menor.
La ciudad era un infierno.
Edificios en llamas, autos chocados, personas corriendo sin rumbo, algunas gritando, otras riendo como si hubieran perdido la cabeza. Mi pecho dolía con cada respiración por el humo, toda la ciudad estaba en una neblina de humo, necesito encontrar a mi hermano por lo menos.
Mi hermano solo tiene catorce años.
—Por favor… —susurré mientras corría.
Un dolor agudo me atravesó el tobillo.
—Ahg… mierda.
Tropecé, pero no podía detenerme. No ahora.
Entonces sentí una gran presencia atrás de mí.
¿Una sombra?
Me giré lentamente.
Era un hombre… o algo que intentaba parecerlo. Su cuerpo era completamente negro, como si la luz no pudiera.....
—¡Apártate! —gritó alguien detrás de mí.
No tuve tiempo de reaccionar.
Una katana atravesó al hombre oscuro, partiéndolo en dos.
La sangre salpicó el suelo.
Es negra....?
—¿Qué…? —mi voz apenas salió.
¿Por qué lo mató? ¿Qué demonios está pasando en esta ciudad?
Yo solo había venido al festival con mis padres y mi hermano menor…
Dos días antes....
Siempre entreno con música.
Me ayuda a despejarme, a apagar el ruido de mi cabeza.
A veces bajo el volumen solo para escuchar mi respiración, el roce de las vendas contra la piel, el golpe seco del puño chocando con el saco de boxeo. En esos momentos, todo lo demás desaparece.
Uno.
Dos.
Gancho.
Paso atrás.
El saco se balanceaba con normalidad, pero yo no. Hoy algo andaba mal, no estaba de humor. Desde que desperté sentía una incomodidad extraña, un escalofrío que no se iba por más que me moviera.
Fruncí el ceño.
Era esa sensación rara en la que el cuerpo parece saber algo antes que la mente.
Me detuve y tomé mi botella de agua, bebí despacio y miré alrededor, había muy poca gente en el gimnasio.
Eso no era normal, Kael tampoco estaba.
—Qué raro… —murmuré.
El gimnasio llevaba unos cinco meses abierto. Era amplio, con tonos grises, siempre lleno del sonido de máquinas, pasos y golpes. Pero hoy… hoy se sentía distinto.
Silencioso.
Pesado.
El aire se volvió denso de repente, como si me presionara el pecho.
—¿Qué es esto…? —susurré, incómoda.
Miré alrededor.
La gente se había detenido.
Nadie hablaba. Nadie se movía.
—¿Qué mierda…? —dije con dificultad, sintiendo cómo la garganta se me cerraba.
Giré lentamente hacia uno de los espejos.
Y entonces la vi....una sombra detrás de mí.
Parpadeé.
Desapareció.
Un mareo súbito me obligó a apoyarme contra la pared. El mundo pareció inclinarse.
—Todavía no —susurró una voz.
Mi corazón se aceleró.
—¿Q-quién…? —pregunté en voz baja, casi sin aire.
No hubo respuesta.
Mis piernas cedieron y caí de rodillas. Me llevé una mano al pecho; el corazón latía tan rápido como si hubiera corrido kilómetros.
Miré mis manos.
No eran mis manos.
Estaban manchadas de sangre.
Vi un cuerpo en el suelo.
Una sombra saliendo del pecho de alguien.
Escuché a alguien llorar, suplicar, pedir perdón.
—¿Qué es esto…? —susurré, aterrada—. ¿Sangre?
El temblor recorrió todo mi cuerpo y terminé desplomándome por completo.
Entonces sentí unas manos frías sujetándome.
—¡Oye! ¿Estás bien? —preguntó una voz llena de preocupación.
Parpadeé.
La imagen cambió.
Kael estaba frente a mí, sosteniéndome las manos, con el ceño fruncido.
—¿Kael…? —dije con la voz temblorosa—. ¿Eres tú?
—Sí, soy yo —respondió serio—. ¿Qué carajos te pasó? Estás muy pálida.
—Ven, te llevo a tu casa.— sugiere.
—Sí… por favor —murmuré—. Necesito descansar…
Kael me ayudó a levantarme y me sacó del gimnasio.
Llegó justo a tiempo.
Si no hubiera estado ahí, no sé qué habría pasado.
Pero mientras avanzábamos, una sola pregunta no dejaba de golpearme la cabeza;
¿Por qué sentía que alguien había muerto…
y por qué solo yo lo había visto?
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Editado: 26.01.2026